La Costa Azul sigue siendo de película

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Un escenario de película. Eso es lo que cualquiera siente andando por la Costa Azul. Más ahora, con el verano pleno y muchedumbres en sus playas. Y más aún si se entró por Cannes, sede del famoso festival. Hay quienes sostienen que la Costa Azul estableció su prestigio a fines del siglo XIX, cuando la eligieron como lugar de refugio los aristócratas europeos y la poblaron de mansiones desde donde podían contemplar el Mediterráneo. Como buenos mecenas invitaron a artistas. Y tras ellos llegó gente sin títulos nobiliarios, pero con enormes fortunas, gente acaudalada que no se quedó sin competir con sus castillos.

La Costa Azul alcanza su más intenso glamour a partir de la segunda década del siglo XX. El mundo que se vive allí, que inspira a pintores, escultores, escritores, es aquél en que se sentiría cómodo el Gran Gatsby, donde Scott Fitzgerald le susurró a Zelda Sayre que allí tierna es la noche como en ninguna otra parte. Es donde Isadora Duncan se despide con un «adiós amigos, me voy a la gloria» y parte en un Amilcar, la Bugatti francesa, a toda carrera por calles serpenteantes y su larguísimo foulard queda atrapado en una rueda y la ahorca.

La fascinación tendrá un extenso álbum de hitos, por caso cuando el príncipe Rainiero se casa con Grace Kelly. Y cambiará totalmente cuando en 1956 Brigitte Bardot filme en Saint Tropez, hasta entonces una rada de pescadores, «Y Dios creó a la mujer», adelantando el topless, el destape, los veranos calientes de los primeros Club Med.

La Bocca

El argentino que en la puerta del histórico hotel Majestic, donde cada cuarto guarda el recuerdo de la intimidad de una estrella de cine, siente la propuesta de un guía turístico: ¿Lo llevo a La Bocca?, puede pensar que el tipo lo está cargando, hasta que descubre que La Bocca es el encantador antiguo suburbio de la ciudad, el casco viejo pleno de historias. En ese lugar se comienza a descubrir que «lo más bello de la Costa Azul se construyó en las laderas de los montes, para que nadie se quedara sin mirar el mar». En Cannes se descubre que se tienen dos posibilidades: pasarse caminando o ir a la playa, que en Cannes es de fina arena y en Niza de grandes cantos rodados. Y que arte, cultura y una imperdible gastronomía mediterránea están por todas partes. Por caso, en la playa Macé el municipio ha puesto una biblioteca que presta libros por 48 horas.

En la Costa Azul no se puede estar sin hacer excursiones, en lo posible de St. Tropez a Menton, es decir, recorrerla toda, pero para eso se necesita tiempo, más que ganas.

Imperdibles

Los primeros turistas fueron los antiguos invasores griegos y romanos, y en Antibes dejaron registro de su paso. No se equivocaron, esa rocosa península ha seducido luego a magnates y a artistas. Lo confirma el complejo turístico Juan-les-Pins, que reúne a la high society internacional. Y el castillo de los Grimaldi, que fue residencia de la familia real monegasca y hoy es el imperdible Museo Picasso, porque en 1946 le dejaron poner allí su atelier, y el malagueño les regaló 150 obras, entre cuadros, dibujos, cerámicas y esculturas.

Todas son aldeas con un toque de rancio abolengo, hasta que se llega a Niza, que es la capital de la zona de vacaciones más popular de Francia. Antes es preciso pasar por Saint-Paul-de-Vence, aldea amurallada que parece llevar al viajero hacia el medievo, donde está La Colombe dOr el mítico albergue de ricos y famosos del siglo XX. Los pintores pagaban su estadía con cuadros y hoy su comedor es un museo que vale miles de millones. Cerca de allí se han desarrollado hoteles boutique, como Le Mas de Pierre, que proponen disfrutar «las luces, los colores y los aromas de la Provence, lejos del mundanal ruido».

Al llegar a Niza, hoy esa enorme ciudad, hay que comenzar a fijarse en cartelitos que tienen las casas junto a su puerta, que pueden decir: aquí vivió Chéjov o Dalí, Ava Gardner o la reina Victoria, Marc Chagall o Hitchcock, o aquí nació Le Clezio, el reciente Premio Nobel de Literatura. Y dentro de un tiempo estará: aquí estuvo Penélope Cruz con Javier Bardem. Hoy Niza, la quinta ciudad más poblada de Francia, es una rutilante urbe que se vuelca sobre una larguísima playa de azul resplandeciente, que sigue cuidando la dicha que ofrece al turista recorrer la Promenade des Anglais y visitar uno de sus magníficos 15 museos.

Quien pase entre el 8 y el 16 de agosto por Niza se encontrará con el 2o Cote dAzur Tango Festival en el Casino Terrazur de Cagnes-Sur-Mer.

Filosófico y gourmet

Desde Niza no hay que dejar de peregrinar por Eze, un admirable pueblo colgado en lo alto de una colina. Hay que recorrerlo por un escarpado laberinto. Se sostiene que Friederich Nietzsche ascendiendo por esas tortuosas callejuelas se inspiró para escribir «Así hablaba Zaratustra».

En ese lugar está el Château de la Chèvre dOr, un hotel boutique, que desde su altura ofrece una maravillosa vista de St. Jean-Cap-Ferrat, del Mediterráneo, desde Monte Carlo hasta St. Tropez. La gastronomía que ofrecen es tan exquisita que ha recibido dos estrellas de la Guía Michelin. Se puede degustar un «menú experiencia» a partir de los 130 euros, que contiene desde 5 tipos de caviar, una deliciosa bouillabaisse, diversos foie gras y trufas, a langosta rose grillée, coco curry et herbes Tahaï para concluir con un intense chocolat de la maison.

De regreso desde Eze a Niza o a Cannes, es posible alejarse apenas un poco para pasar por Mónaco, principado que después del Vaticano es el país más pequeño del mundo y más densamente poblado, cuyo centímetro cuadrado vale miles de euros. Allí se disputan uno de los grandes premios más antiguos de la Fórmula 1, el Masters de tenis, y se puede ir a la Ópera o esperar a que le canten el número al que ha apostado en ese famoso casino donde James Bond enfrentó a mafiosos, espías y jeques árabes.

Datos

La visita anual de más de 10 millones de personas ha hecho de la Costa Azul uno de los centros mundiales de turismo. Los turistas compran 3 millones de entradas a los museos (y en varios de ellos se entra gratis o tienen días de entrada libre).

En cifras de hace tres años el turismo dejó en la zona de Provence-Alpes-Côte dAzur más de 8 mil millones de euros.

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