19 de abril 2011 - 00:00

La crisis europea ataca nuevamente

No son los mercados, son los propios funcionarios los que colocaron a Grecia en la picota. Los mercados no empujan. Conocen las intenciones oficiales de la eurozona: postergar hasta 2013 todo ensayo de reestructuración de pasivos soberanos. No tiene sentido precipitarse -el dinero de la Unión Europea y el FMI alcanza para mantener en estado vegetativo a Grecia, Irlanda y Portugal- salvo que medie un cambio de planes. Fue el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schauble, quien mentó la cuerda. Dijo que si Grecia no supera la revisión de su programa de ajuste, si la conclusión es que su deuda es «insostenible», entonces, «otras medidas deberán tomarse». Que después afirmara que la reestructuración no está en la mira antes de 2013 no acalló la inquietud. Si no fuese grave, sería gracioso: el viceministro alemán de Relaciones Exteriores, Werner Hoyer, al día siguiente, opinó que la reestructuración griega «no sería un desastre» y que Alemania estaría dispuesta a colaborar con un esfuerzo voluntario de flexibilización de sus condiciones de pago. Imposible luego detener la comedia de enredos. Citando fuentes de la institución, The Wall Street Journal señaló que el FMI cree que la renegociación «debería considerarse de inmediato», a pesar del plan multimillonario de privatizaciones que lanzó el Gobierno de Papandreu. Dominique Strauss-Kahn, su titular, lo negó de manera tajante. «Los mercados pueden especular, pero la posición del FMI no va a cambiar». Sin embargo, los mercados tienen poco que ver. Ni siquiera, después de los traspiés sucesivos de Grecia, Irlanda y Portugal se han apurado por asediar al próximo en la lista. Hasta ayer, pese a la suba de tasas, ni España ni Bélgica ni Italia sufrieron molestias. Los mercados saben lo que las autoridades fingen desconocer -que así, las deudas son insostenibles-, pero son los funcionarios, y no ellos, los que hacen olas.

Ni siquiera Japón, cuya deuda pública bruta ya suma dos PBI completos, vivió una corrida contra sus obligaciones soberanas. Un shock brutal lo estremece -un terremoto grado 9, un tsunami y un accidente nuclear nivel 7- y en ningún momento se altera el mercado de bonos del Gobierno. Los papeles a dos años rinden un 0,21% y los que vencen en 10 años, el 1,29%. Y conste que el Banco de Japón lanzó lo que sería un descomunal QE3 (expansión monetaria cuantitativa), y que el G-7 intervino para impedir la apreciación del yen. Sólo los neófitos supusieron que ocurriría un temblor. ¿Qué tan sostenible es el endeudamiento público? La clave, se aduce, es que son los mismos japoneses quienes lo financian. Es verdad. Sin embargo, ¿es una respuesta convincente? Después de todo, la población se reduce sistemáticamente. Y envejece deprisa. Con una economía estancada, no es una solución viable a mediano plazo. Y aun así, a lo largo de dos décadas, no hubo ni hay corrida. Eso sí, nunca a las autoridades japonesas se les ocurrió incentivarla. ¿Rating de la deuda japonesa? Ya no habita el Olimpo de los AAA. S&P lo redujo a AA en 2002 y, en enero, lo podó otro escalón a AA menos.

El contraste con la crisis europea no podría ser más rotundo. En sólo un año de activismo pro austeridad, Europa ya condenó a tres países al ostracismo. Les destruyó la reputación, los expulsó de los mercados de capitales, y los despachó a la antesala del infierno. Grecia, Irlanda y Portugal yacen en un purgatorio hecho a medida, un corsé asfixiante. La economía no logra crecer, zozobra la confianza, el endeudamiento estalla y se torna cada vez menos estable, aun cuando se atiendan los pagos. De ahí que los mercados sean tolerantes. Traspasan la deuda griega -ayer a tasas del 20% a dos años- como quien comercia los cajones de sardinas de la conocida anécdota («son para negociar, no para consumir»). Tomarán distancia cuando 2013 se arrime y haya que abrirlos. ¿Tiene sentido para los damnificados estirar la agonía? Un ex primer ministro griego, Kostas Simitis, le dice a la prensa de su país: «Una reestructuración bien estudiada mejorará esencialmente nuestra situación. Cuanto más se retrase, la deuda se hará más grande». Si el naufragio es inexorable, entonces Simitis tiene toda la razón. No es a Grecia a quien se ayuda cuando se dilata una solución.

Sin sutilezas, Schauble reinstaló el tema de la reestructuración. ¿Qué busca Alemania? ¿Subrayar que no volcará más dinero en los rescates? Grecia debería retornar a los mercados de capitales el año próximo para no requerir auxilio adicional. Nadie lo cree posible. ¿Es un tiro por elevación al BCE? La puja es conocida. La autoridad monetaria quiere que los gobiernos aumenten los fondos de rescate para así poder cortar su exposición con las deudas problemáticas. Una reestructuración le resultaría letal. No son sólo los 77,5 mil millones de bonos públicos en cartera. La asistencia bruta a las entidades financieras -407 mil millones de euros- también está respaldada por esos ajados papeles. El BCE es el enemigo número uno de una refinanciación anticipada, pero su política la fogonea. No es sólo la suba de tasas de interés. La negativa a embarcarse en el relajamiento cuantitativo es la decisión crucial. Se manca Portugal porque no tiene manera de renovar vencimientos por 9 mil millones de euros entre abril y mayo. El BCE, desde que comenzó el año, compró deuda pública por menos de 4 mil millones. La Fed, en el mismo lapso, sin enfrentar contratiempos crediticios, acumuló más de u$s 250 mil millones. La pregunta sobre si la deuda de los EE.UU. es sostenible o no es irrelevante a los efectos prácticos. Lo que no supone que sea estable, desde ya, pero evita el gasto de tener que demostrarlo en el peor momento, cuando aun se atraviesa una vacilante fase de rehabilitación. El enfoque europeo es más franco. Pero a la hora de coleccionar respuestas negativas, se ocupa de sostener lo insostenible. ¿Hora de ser consistente y proceder a la cirugía? Quizás en 2013, si a esa altura la banca europea es capaz de absorber el quebranto. Hoy por hoy, la crisis resultante sería imposible de gobernar. No se ignora: Irlanda planteó un ajuste muchísimo menor -renegociar las deudas privadas de su banca- y, a la hora de la verdad, Europa no quiso saber nada con el asunto.

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