14 de julio 2009 - 00:33

La crisis ya socava liderazgos políticos

Gordon Brown
Gordon Brown
Contar con un 56% de popularidad en medio de una crisis económica histórica sería un sueño para cualquier presidente. Sin embargo, la caída de la aprobación de Barack Obama por debajo del 60% por primera vez desde su asunción en enero (cuando orillaba el 70%) ha encendido todas las luces de alarma en la Casa Blanca, que teme que los rigores de una recesión que no termina de ceder erosionen cada vez más rápidamente a su Gobierno.

Tal vez sea hora de comenzar a entrever las consecuencias ya solamente no económicas o sociales de la crisis, sino las políticas, que no pueden ser más que paralelas a las anteriores. Situación que empieza a verse en varios de los eslabones más frágiles de la actual coyuntura. Va aquí una breve digresión ilustrativa.

En Gran Bretaña, al colapso de Gordon Brown y el Partido Laborista sólo le faltan día y hora. En España, José Luis Rodríguez Zapatero acaba de perder las elecciones europeas a manos del Partido Popular, y la debacle no fue mayor sólo gracias a los problemas internos (desde casos de corrupción hasta durísimas reyertas políticas) de los conservadores.

En México, uno de los países más golpeados de América Latina por su dependencia de las exportaciones al encogido mercado estadounidense, el conservador PAN acaba de perder el control del congreso a manos del PRI, llamativamente regresado de la muerte política.

En Oriente, puntualmente en Japón, el partido históricamente predominante, el Liberal Demócrata (PLD), sufrió un grave revés en las elecciones locales de Tokio y se vio obligado a adelantar las generales para el 30 de agosto, con perspectivas sombrías.

China ve cómo su ritmo actual de crecimiento de «sólo» el 6% la expone a convulsiones sociales graves en las regiones más alejadas de sus polos de desarrollo, como la reciente con la minoría uigur en Xinjiang.

Desempleo

Pero volvamos a Estados Unidos, centro de la crisis y de esta reflexión. Con el desempleo promedio ya en el 9,5% (el mayor en 26 años), prospectos de una inminente suba a más del 10% y con estados electoralmente clave como Ohio, Florida y Michigan ya bien por encima de la media nacional, influyentes legisladores demócratas que deben buscar su reelección el año que viene ya le manifestaron su inquietud a Obama.

Éste actuó rápidamente. Por un lado, salió el fin de semana personalmente a explicarle a la población que todas las medidas de estímulo han alejado al país de los peores escenarios y que la economía pronto iniciará una recuperación. Por el otro, mandó a su jefe de gabinete, Rahm Emanuel, a calmar a los demócratas díscolos, que presionan de modo cada vez más ostensible por nuevas medidas de estímulo.

Esto lleva a la Casa Blanca a, al menos, tres problemas serios. Dato político central, los norteamericanos comienzan a desconfiar del creciente intervencionismo estatal; el gasto y las medidas de estímulo parecen ya haber llegado al límite de lo prudente; y, para peor, todo lo hecho parece insuficiente para relanzar decididamente la economía. Acecha el fantasma de un período prolongado de relativo estancamiento económico.

Un interesante artículo del columnista de The Washington Post Robert J. Samuelson, publicado ayer, da cuenta de ese estado de ánimo. El autor plantea claramente el problema al preguntarse: «¿Cuán grande queremos que sea nuestro Estado?». Luego, postula que «el Gobierno está a punto de experimentar una expansión permanente, que durará mucho más que la actual crisis». Para ilustrarlo, apela a datos de la Oficina de Presupuesto del Congreso. Veamos:

En los últimos 50 años, el gasto federal fue, en promedio, un 20% del PBI y el déficit fiscal no excedió el 2%.

Como resultado de las medidas recientes, las proyecciones más benignas para 2020 llevan el gasto al 26% del PBI y el déficit al 7%. Así, concluye, se deberían elevar los impuestos en casi un 50% con respecto al promedio del último medio siglo.

Decíamos que el problema es que semejante esfuerzo incluso podría no bastar. Tal como lo hacen los líderes legislativos demócratas, parte de los economistas, con el Premio Nobel Paul Krugman a la cabeza, prevén que la recuperación de la producción y el consumo serán débiles. Al delinear un escenario de estancamiento (que, a la vez, impediría que una mayor recaudación ayude a reducir la brecha fiscal generada), abogan por un creciente esfuerzo fiscal. Pero voces poderosas, como la del titular de la Reserva Federal, Ben Bernanke, vienen advirtiendo que la exuberancia fiscal y el endeudamiento público ya pasaron los límites de la prudencia.

En concreto, Bernanke sostiene que la recuperación de la economía será lenta, que el aumento del gasto llevará a un incremento de las tasas de interés (de por sí recesivo) y que la deuda podría saltar del 40% del PBI previo a la crisis a un impactante 70% en 2011, la peor ratio desde principios de la década del 50. Entonces la salida fue un crecimiento acelerado, algo que dista hoy de estar descontado.

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