4 de marzo 2010 - 00:00

La decadencia de un país que fue serio

Enrique Szewach
Enrique Szewach
Se acaba de estrenar, en la Argentina, una película de mis admirados hermanos Cohen: «Un hombre serio». Es la historia de un judío, profesor de física, sometido a una serie de avatares negativos que van convirtiendo su vida en un creciente drama. Recurre, en su caída, siendo un hombre creyente, a diversos rabinos para que le expliquen las razones que hacen que él, pese a ser «un hombre serio», observante de la ley, obediente, si se quiere, es sometido a semejantes castigos. Quiere una respuesta, una solución, que no encuentra en las inentendibles metáforas rabínicas.

En medio de ese drama, se le presenta un dilema moral, ante un intento de soborno de uno de sus alumnos. El protagonista se resiste. Pese a sus problemas crecientes, mantiene su dignidad. De pronto, las cosas empiezan a cambiar, Dios parece apiadarse de él. Suena justo, estamos frente a alguien que persiste en su fe y, sobre todo, en su integridad moral. Pero sobre el final, impaciente o agobiado, el hombre sucumbe y claudica en ese dilema. La ira de Dios no se hace esperar, es casi instantánea. Después de todo, es una película. El castigo divino es devastador y final. Había dejado de ser un hombre serio.

De pronto, la asociación libre, me llevó a la Argentina. Hace mucho tiempo, enfrentado a los dramas cotidianos, el país prefirió abandonar sus instituciones, su Constitución, sus leyes, en busca de una solución rápida y mágica a sus problemas. El castigo divino no se hizo esperar. Dejar de ser un país serio, nos costó decadencia económica y sobre todo miles de muertos, en el marco de la equivocada idea de que el fin justifica los medios y que «todo vale». La recuperación de la democracia, en 1983, pareció traer alguna esperanza. Con la Constitución debíamos poder crecer, educarnos, desarrollarnos como sociedad. Lamentablemente, ésa era una condición necesaria, pero no suficiente. Había que sumarle a las instituciones contenido profesional y no sólo vocacional. El fracaso del alfonsinismo en el poder nos hizo despreciar, otra vez, las instituciones. El menemismo retomaba, aunque moderada, la idea de que el fin justifica los medios. Sin violencia, sin muertes, pero con el mismo desprecio institucional, nuestra sociedad volvió a equivocar el camino. Respeto sólo formal de las normas, avasalladas en el fondo por quienes debían defenderlas. Allí, hasta el propio alfonsinismo sucumbió al pacto de Olivos, en la miseria egoísta, aunque entendible, de evitar otra derrota electoral. La inversa de los ochenta se hizo presente. Sin instituciones aunque con profesionalidad, tampoco se encontró la solución.

Vale todo

El castigo divino, otra vez, no se hizo esperar. El intento de la Alianza por volver al marco institucional se dejó de lado ni bien surgieron los primeros problemas serios. Los que hoy se rasgan las vestiduras ante los desaforados kirchneristas, y sus trampas, fueron los mismos que protagonizaron un simulacro de institucionalidad entre el 2000 y el 2001 y muchos de ellos no tuvieron dudas en conspirar, otra vez, bajo la idea del vale todo. Del fin justificando los medios.

Néstor Kirchner asumió el Gobierno prometiéndonos volver a un país en serio. Mientras las mayorías legislativas y un Poder Judicial sumiso se lo permitieron, gobernó respetando los marcos legales, y disimulando su autoritarismo y desprecio institucional. En cuanto la situación se tornó adversa, tanto él como su esposa, con la complicidad inaudita de todo un grupo político importante, mostraron su verdadera identidad. Volvieron al mal argentino, vale todo, el fin justifica los medios.

Reemplazar en la cara del Congreso el Fondo del Bicentenario por el Fondo de Desendeudamiento, modificando inclusive, en ese DNU, la Carta Orgánica del Banco Central para intentar evitarle la cárcel a su directorio, es sólo una muestra de lo que está por venir si no se para a tiempo. Estamos ahora, en el peor de los mundos recientes, sin instituciones y sin profesionalidad. No se nota, porque la soja y el entorno global nos ayudan. Pero el castigo divino no se hará esperar.

Desde la micro, usted tiene que tomar decisiones en este contexto: crecimiento moderado, alta inflación, con peligros de espiralización. Conflictos crecientes. Un Banco Central cada vez más «caja» del Gobierno, etc. Pero desde el lugar de ciudadano, no tenga dudas, la decadencia argentina tanto absoluta como relativa es el resultado claro de haber abandonado, hace muchas décadas, la idea de aunar instituciones con profesionalidad política y técnica. Es eso lo que funciona en los países que nos han dejado atrás. Sin recuperar esa mezcla, no volveremos a ser un país serio. Y sin ser un país serio, sólo la buena fortuna transitoria nos permitirá evitar, por un rato, la ira de Dios.

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