La Fed preparó terreno para septiembre

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La Fed bajó línea. Un alud de oradores apuntó a septiembre como la fecha marcada en el almanaque para comenzar la poda del QE3. Será una moderación de la inyección de estímulo, no su eliminación, ni mucho menos un cambio de dirección. Sin embargo, el resultado no depende únicamente de la Fed: en mayo y junio, las condiciones financieras se tensaron al máximo cuando el banco central lanzó el primer globo de ensayo. La reacción de los mercados definirá el cariz final de la maniobra.

La Fed usó dos discursos. Uno, inicial, que sonó muy duro y otro, posterior, suavizado y con menos prisa aparente. Lo que ahora se descubre es que ambos conducen a idéntico sitio a la misma hora señalada. Esta semana, una oleada de funcionarios (Fisher, Lockhart, Evans, Pianalto, Plosser) surgió de hasta debajo de las piedras para transmitir un mensaje compacto. Halcones y palomas coincidieron en sugerir que hay que poner barbas en remojo pensando en septiembre. Se relativizó el comunicado de la reunión de fines de julio. Es verdad que la Fed está en deuda con sus objetivos -pleno empleo e inflación del 2%-, pero quedó claro que no se lo juzga un motivo de demora. Sólo se oye una voz en discordia, la de James Bullard, que como en el mitin de junio, rema contra la corriente. Solitario, no podrá torcer el rumbo.

La comunicación es un arma efectiva. Y hay que notar que la Fed se tomó su tiempo. No es lo usual comenzar a arar el terreno en mayo para cosechar recién en septiembre. Tampoco es habitual introducir motu proprio una tregua como la de julio. Se diría que asistimos a un ensayo novedoso de intervención -que combina la técnica del preaviso con una extraordinaria cautela- que, si se resuelve con éxito -y la definición pertinente de éxito es "con trauma moderado"-, llegó para quedarse. La política monetaria no convencional cargó a la Fed con una cartera de bonos de 3,3 billones de dólares. ¿Cómo gestionar la retirada cuando toque regresar a la normalidad? Con paciencia y saliva (y alguna incongruencia deliberada para disuadir el abuso de "arbitrajes"). Se vio en mayo y junio que el solo anuncio de una desaceleración en la provisión de estímulo podía provocar un frenazo en seco.

En la reunión de ministros y banqueros centrales del G-20, Janet Yellen, la número dos de la Fed, escuchó una letanía por los destrozos que sufrieron las economías emergentes gracias al comentario de Bernanke sobre el repliegue del QE3.

Habrá tomado nota de la preocupación universal por los riesgos de desmontar el programa.

Hasta para levantar el pie del acelerador hay que avisar con tiempo. La magnitud de la caída de los bonos del Tesoro entre el 3 de mayo y el 5 de julio no fue menor: el 11,3%; la patinada número trece en el ranking desde 1961. Se entiende por qué Bernanke mudó su discurso en julio: los argumentos que citó, siendo válidos, fueron una cortina de humo para calmar las aguas. No obstante, el zafarrancho empalidece si se lo compara con la célebre maniobra de Alan Greenspan en 1994, cuando los bonos del Tesoro se derrumbaron más del 17%, y su carambola provocó el tequila. Pero entonces la Fed estaba embarcada en un proceso franco de suba de tasas. Esta vez, el estrépito se produjo sólo porque se dijo que el estímulo va a crecer más lento. No hay suba de tasas cortas en el horizonte: si uno se guía por las proyecciones oficiales, no las habrá hasta mediados de 2015. Visto así se entiende la alarma en el G-20: se sabe que los tropiezos de cada uno son un múltiplo del resbalón de los bonos del Tesoro.

Ésta es la prueba de fuego de la estrategia de la Fed. El reacomodamiento comenzó con un mero comentario, con gran antelación a su primer paso concreto. La suba de tasas cortas no se prevé hasta dentro de dos años. Si la Fed aprieta el gatillo en septiembre, será porque confía en que la tasa larga ya incorporó los efectos adversos de la maniobra. Propios y extraños deben cruzar los dedos por la tesis de la "sobrerreacción". La Fed no puede quejarse: la tasa de diez años no corcoveó con el nuevo giro del discurso. Más bien, se descomprimió al 2,58%. Las autoridades de los países emergentes pueden tomarse un respiro. Mientras Wall Street cortó una racha de seis semanas en alza, Bolsas como las de Brasil y México, esta vez treparon y tomaron el liderazgo.

Es temprano para cantar victoria, se sabe que ayudaron los presagios alentadores de China, pero también se comprende mejor la jugada de la Fed. La campaña de vacunación del banco central comenzó con la simulación de un pinchazo que anticipó las molestias. La idea es que cuando se clave la aguja en septiembre nadie se sorprenda. Y que, después de semejante vigilia, hasta pueda expresarse un alivio.

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