“La ficción no da respuestas, debe abrir interrogantes”

Edición Impresa

«En los últimos años, mucha de nuestra literatura se ha vaciado de emoción. A mí no me avergüenza decir que lloro con un libro, que me conmueve o que estoy desesperada por seguir leyendo», comenta Graciela Gliemmo. Esa frase puede sorprender en una universitaria egresada en Letras, pero no tanto en una editora free lance de grandes editoriales. Gliemmo ejerció docencia en la UBA, en la cátedra de Noé Jitrik de Literatura Latinoamericana, luego en Metodología de la Investigación. Ha sido becaria del CONICET, e investigadora en la Universidad Autónoma de México. Cuando regresaba de presentar en Colombia su libro «El tiempo que quieras», que publicó Libros del Zorzal, nos reunimos a dialogar sobre su obra.

Periodista: Eligió profesionalmente la literatura, y va pasando por todos los géneros.

Graciela Gliemmo: Empecé con ensayos, textos de periodismo cultural y crítica literaria. Luego apreció el tema histórico. La relación entre Urquiza y su esposa Dolores. La biografía de Alfonsina, otro ensayo pero más literario y sociológico. Luego pasé a la ficción. Me moví con mucha libertad por la escritura. Todo es escritura, ficción, ensayo, crítica. Si se trabaja con calidad no importa el género o el formato todo es escritura, todo puede ser literatura.

P.: ¿Cómo elige aquello sobre lo que va a escribir?

G.G.: Para escribir ensayos, crítica, se tiene que partir de conocimientos y de ideas. Cuando tengo algo para decir y lo tengo muy seguro, lo rumié, busco esas formas. Pero cuando tengo que interrogar la vida, mi vida, las cosas que vivo, lo que observo, el formato es la ficción. La ficción no tiene que dar respuestas, tiene que abrir interrogantes. Elijo las formas de acuerdo a lo que tengo ganas de decir. Por más que me haya dedicado últimamente a la ficción, no abandoné el ensayo. Y me encanta el género entrevista. Siempre ando con mi grabador encima y si se abre la oportunidad, entrevisto. La crónica es otro género que me gusta, ahora estoy escribiendo una novela y había cosas en las que se tenía que percibir lo instantáneo, el momento. Armé escenas con esa percepción. Olores de lugares, fragmentos de voces que hacen sentir que ahí está pasando algo distinto. Esos textos los escribo como una instantánea, sin reflexionar. Después veo si con eso puedo hacer algo. Así, por ejemplo, nació el cuento «Tocale la cola a la novia, nena» de «El tiempo que quieras», que ocurre en Campo de la Cruz, un polvoriento pueblo de la costa.

P.: ¿La ficción aparece por sorpresa luego de investigaciones, ensayos, dictar cursos y su labor de editora?

G.G.: Ya escribía ficción cuando entré en la facultad, pero un poco por catarsis, como podría haber escrito poesía. Después, los trabajos en el mundo editorial me hicieron entrar en la ficción desde otra perspectiva. Empecé armando antologías, con «La Venus de papel», con Mempo Giardinelli. Mi primer libro fue «Las huellas de la memoria», entrevistas sobe la memoria y la historia a escritores latinoamericanos, y cómo lo encaraban en su literatura. Entrevisté en México a Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Carlos Monsivais, Elena Poniatowska, en Colombia a Juan Zapata Oliveira, en Chile a Jorge Edwards, acá a Andrés Rivera.

P.: ¿Cómo pasa al relato histórico?

G.G.: Planeta estaba con una serie de «Biografías apasionadas», y querían que las hicieran personas que tuvieran experiencia en investigación pero que no fueran historiadores, querían obras más narrativas. Me presentaron una lista, y elegí el prócer del que no sabía absolutamente nada. Pensé: si Urquiza tuvo que ver con el dictado de la Constitución del 53 con Alberdi, si la gente piensa que fue tan irregular en su vida privada, tiene que ser interesante. Se casó tres veces con la misma mujer, Dolores Costa. Hice año y medio de investigación, y después lo escribí en tres meses. Había cartas de Dolores a Rosas que muestran el poder que ella tuvo. Cuando matan a Urquiza, ella le sigue mandando dinero a Rosas. Como esas cartas fueron a las notas me quedé con ganas de armar ese libro con otro formato donde entraran esas cartas.

P.: Entonces escribe «La otra Alfonsina».

G.G.: Lo hice con Ana Silvia Galán, fue mi primera y última experiencia en escritura compartida. Creo que la escritura no se puede compartir, por lo menos yo no puedo negociar ciertas cosas. Es una biografía de tipo ensayo, que quedó muy bien. Después vino una serie de antologías, ahora estoy armando la número trece; pero las antologías no son mis libros. Mientras tanto iba cocinando los cuentos de «El tiempo que quieras», que iban saliendo en diversas publicaciones. El trabajo de editora free lance, para grandes editoriales, me lleva mucho tiempo y eso me hacía no terminar de cerrar las obras que yo escribía.

P.: Y ahora reunió sus cuentos de «El tiempo que quieras».

G.G.: Acaso por el tipo de armado de programas para la universidad, o trabajar en ediciones y antologías, pienso libros, no compilaciones. Dejé muchos cuentos afuera. Hay uno, «Algo para recordar», sobre la apropiación de niños durante la dictadura, que sé que desentona, pero quería que circulara, porque sólo había aparecido en «Letras femeninas», una revista de Estados Unidos.

P.: ¿Por qué ese cuento desentona?

G.G.: Es distinto por los ejes del libro. Uno es el desamor y los destiempos. ¿Qué hace que una relación se rompa? ¿Cómo se produce la química y cómo desaparece?. El amor es un tema para interrogar porque a uno lo atraviesa. Y esta muy ligado a la temporalidad, a lo efímero de lo que hacemos, y la tonta ilusión de que somos eternos. Y no hay nada menos eterno que el amor. Es una de las manifestaciones donde está claramente presente la temporalidad, lo efímero. Y adquiere visos hasta dramáticos en la vida de las personas. Cada uno de mis relatos es un intento de interrogar, pero ese interrogar queda siempre abierto. ¿Qué hace que el deseo de una persona coincida con el de otra? ¿Qué pasa cuando uno cree estar en sintonía con otra persona y no se lo está? Y si uno se abandona al deseo del otro, el otro puede hacer con uno lo que quiera. Está ese me entrego al otro en cuerpo y alma que aparece como recurrente en la pasión amorosa. Y eso se ve a pleno en los adolescentes, porque cuanto más joven se es más loco es el amor. Después se vuelve más sensato, más aburrido, mas prevenido. Dado que esos temas están en muchos de mis cuentos, el libro tendría que haberse llamado «Deseos paralelos», pero eso era muy explícito.

P.: ¿Con qué escritores siente que tiene vínculos?

G.G.: Me cuesta ver los que hay en mi escritura. Podría decir a qué escritores vuelvo. Primero, Cortázar. Le dedico el cuento «Sueños paralelos». Soy profundamente cortazariana, hay en él un lenguaje que me conmueve. Cuando mi libro estaba contratado, tengo un sueño con Cortázar que me llevó a escribir el cuento «Nada de besos en la boca». Otros autores me gustan porque siento que se unen en una forma expresiva: Clarice Lispector, Felisberto Hernández, Silvina Ocampo, Haruki Murakami. Es literatura de climas, de psicología de los personajes sin que falte historia. El presentador de mi libro en Colombia dijo que en nuestra literatura hay un trabajo sobre la psicología del personaje que no se ve en otras literaturas latinoamericanas.

P.: ¿Cómo ve la literatura reciente?

G.G.: En los últimos años, mucha de nuestra literatura se ha vaciado de emoción. A mí no me avergüenza decir que lloro con un libro, que me conmueve, que me gusta estar desesperada por seguir leyendo. La literatura aséptica, mental, técnica, que está, para no hablar de autores cercanos, en «La muerte de Artemio Cruz» de Fuentes, o «La ciudad y los perros» de Vargas Llosa, con todo lo buena que es esa novela, a mí no me interesa. Por eso me gusta Monterroso, que decía: «yo trabajo para que el lector no trabaje». Es necesario que la literatura conmueva, que es lo que nos pasa con la música.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

G.G.: Me encanta escribir cuentos, pero estoy con una novela porque no me alcanzaba con el cuento para contar la historia. La forma tiene que ver con lo que se quiere contar. El cuento tiene que ser algo cerrado, de impacto. La novela trabaja con la duración, y la historia que tengo no la podía capturar en un instante que fuera bisagra en la vida del personaje. En lo que escribo partí de un instante para indagar cómo el personaje llega a ese instante.

Entrevista de Máximo Soto

Dejá tu comentario