- ámbito
- Edición Impresa
La hora del trigo
Con dudas por el comportamiento del mercado interno, los agricultores argentinos no se vuelcan con confianza a la producción de trigo. El privilegio de otros cultivos de invierno podría generar cosechas menores que lo esperado y pérdidas en el negocio molinero y la exportación.

De hecho, como nunca, los productores se inclinaron por arvejas, trigo candeal, cebada y hasta algunos por colza (que tiene retenciones mucho menores, del 10%), con tal de evitar caer nuevamente en un cultivo que en los últimos años sólo acarreó problemas a los productores.
Ahora tampoco aparecen entusiastas, a pesar del arranque con bastante buena humedad en el perfil de algunos suelos (a diferencia del año pasado), y de los precios internacionales sensiblemente mejorados debido a los problemas de varias cosechas. Es que los agricultores siguen desconfiando del comportamiento del mercado interno. No sería la primera vez que se arranca con valores atractivos y, a la hora de la cosecha, los precios no aparecen, al menos, para los chacareros.
Esta vez, además, el problema se trasladaría a otros eslabones de la cadena, especialmente a la molinería de muy buena performance exportadora en los últimos años y que, a pesar de la significativa caída de la producción triguera, logró aumentar su participación en el mercado internacional. La situación se revertiría a partir de ahora, ya que queda muy poco trigo de la campaña pasada, su calidad es regular, y ese escaso volumen no parece que alcance para «empalmar» con la cosecha que comienza en noviembre en el Norte.
De tal forma, si además, la nueva producción tampoco se incrementa en forma sensible (en algunas zonas ya terminó abruptamente la siembra por falta de lluvias), entonces el quebranto que venían sufriendo los productores (y que los llevó a ir abandonando paulatinamente el cultivo), se trasladará a la industria que pareciera que recién ahora comienza a ver el problema de déficit estructural que enfrenta.
Para los productores, especialmente los que por zona no pueden apelar a otras alternativas, la disyuntiva técnica y empresarial tampoco es menor.
Por un lado, desde el punto de vista climático, aunque ahora hay algunas reservas de humedad, los climatólogos coinciden en que se está nuevamente en un proceso de La Niña (seca) que se puede ir agudizando en la primavera, por lo que aconsejan «cuidar» el agua del suelo, ya que podría faltar para la gruesa.
Desde el punto de vista económico, el trigo en campos arrendados no es rentable y, en campo propio, va a depender de los rendimientos, aunque en ningún caso se presenta demasiado atractivo, ni siquiera para los que hacen trigo-soja.
De ahí que no sorprenda que, al margen de las estimaciones oficiales, y de algún aumento que se prevé en Córdoba, ya se hable de una reducción de la siembra del 20% en Entre Ríos, también baja el área en el NOA, y los datos hasta ahora en Buenos Aires, la principal provincia productora (casi el 60%), son muy irregulares, aunque en cualquiera de los escenarios no se llegan a superar los 5 millones de hectáreas que podrían permitir acercarse a los 16 millones de toneladas de los que habla Agricultura.
Así, el cultivo aparece como demasiado riesgoso para, en el mejor de los casos, ganar muy poco (debido, en gran parte, a las intervenciones oficiales al mercado) y, para colmo, consumir humedad que podría hacer falta para la cosecha gruesa, económicamente mucho más atractiva.
Semejante panorama terminó por alarmar a la molinería que, vale decirlo, recién parece darse cuenta del escenario, y hasta hace muy poco, seguía manteniendo inversiones y ampliación de capacidad operativa, aunque concentrada en productos básicos, commodities, con muy poca diversificación y agregado de valor.
De tal forma, un total de casi 160 molinos enfrenta, ahora y por los próximos meses, déficits de materia prima que, aunque su demanda anual no supera los 4 millones de toneladas (con un consumo estable, cercano al equivalente de 100 kilos por habitante y por año), y las restricciones que se impusieron a la exportación del grano, igual parece no alcanzar, aunque lo más grave es que si la producción primaria no crece, quedará una mayor capacidad industrial ociosa y se deberán achicar los atractivos negocios de exportación que venían haciendo algunas de estas empresas, incluyendo las voluminosas ventas a Brasil, que absorbe casi el 50% del tonelaje total.
Pero esta situación, además, viene generando creciente malestar en el país vecino, en parte, porque desde la Argentina no se viene cumpliendo con el abastecimiento de trigo previsto, lo que los obligó a comprar de otros orígenes (más flete, cambio de logística, etc.), pero, además, porque los industriales brasileños protestan por los ingresos crecientes de harina argentina, según ellos, «subsidiada», ya que la industria local compra el grano con una retención del 23%, mientras que ellos lo hacen en el mercado internacional sin este beneficio.
A pesar de los esfuerzos para aumentar la producción brasileña del cereal, que los llevó a superar ya el 50% de su demanda, el principal socio del Mercosur compró el año pasado alrededor de u$s 2.000 millones en trigo y sus derivados, con creciente participación de harinas argentinas. Sin duda, un equilibrio más que inestable.
Es que, además de las protestas internas, la precariedad de la Argentina como proveedor, determina otros tipos de cobertura entre los que eran clientes tradicionales y, en el caso de Brasil, pareciera que la estrategia va aún más allá, y no sólo por el objetivo de tender al autoabastecimiento triguero, o al contralor de los esquemas comerciales dentro de la región, sino también, porque ya plantearon a sus autoridades la fijación de una «tarifa compensatoria» a la entrada de harina argentina «que tienda a compensar las diferencias de tributación entre la harina y el trigo» (léase, retenciones del 23% para el grano y del 13% para la harina y las premezclas).
Por eso también fue tan significativa la reciente reunión en San Pablo, Brasil, de dirigentes de CARBAP, la confederada de Buenos Aires y La Pampa (donde más trigo se produce), con AAprotrigo, la entidad que agrupa a los agricultores de este cultivo y su par brasileña, la poderosa Abitrigo. Es que al margen de los acuerdos para fijar «estándares comunes» para el cereal, y otra serie de temas técnicos, las entidades participantes decidieron actuar como «denunciantes de prácticas de intervención gubernamental distorsivas que perjudiquen el comercio, en los respectivos países».
Lo grave es que de no revertirse rápidamente la tendencia a la declinación del cultivo, el país habrá perdido no sólo el mercado casi cautivo de Brasil, que garantizaba compras de alrededor de 7 millones de toneladas anuales, sino también uno de sus principales alimentos, y una de las patas de la «mesa de los argentinos».


Dejá tu comentario