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LA INFLACIÓN DISCURSIVA
Goebbels, Mussolini, Stalin y Astiz ayudan a nuestros políticos y a medios partidizados a aparentar que dicen mucho. Los horrores de la historia son degradados hasta darles la utilidad de un eslogan publicitario. Un discurso inflacionario, propio de la política argentina, que se exacerba en tiempos de peronismo.

Como si los personajes de ambas facciones que llevan la voz cantante en la confrontación que nos entretiene a los argentinos se vieran en la necesidad de acudir a la misma fuente para encontrar adjetivos y referentes que enardezcan a sus tribunas. Goebbels es atractivo para este juego. Las mentiras al estilo del propagandista del nazismo han sido denunciadas una y otra vez tanto en algún programa de una radio muy opositora como en algún zócalo de un programa muy oficialista.
La era iniciada hace nueve años no sólo será recordada por los cambios políticos y culturales, sino también por haber estirado infinitamente los límites de la interpretaciones. Calificar de nazi o fascista a alguien en Alemania, Italia o el resto de Europa tiene, todavía, resonancias muy fuertes. El peso de la memoria se pone en juego, entre otras cosas, porque hay un mayor acuerdo sobre lo pasado. En la Argentina eso no ocurre a veces. Cuando acá se dice dictadura o denuncia el miedo a opinar, parece que se viviera en una espiral de presente eterno, despojada de toda experiencia.
El lenguaje político pierde de inmediato toda pretensión de verosimilitud. Ese plus retórico recuerda a la escena lírica. La ópera es un arte de exceso. No sólo porque siempre se canta, hasta para anunciar la muerte, sino porque esa VOZ es un fenómeno de subjetividad extrema, el cuerpo de una compleja trama de sexualidad, género y deseo, que suspende la diferencia entre normal y anormal. En su libro Opera and Modern culture. Wagner and Strauss, el musicólogo Lawrence Kramer define como punto O a ese lugar del desborde permanente: O de exclamación, grito, éxtasis, sorpresa, horror, boca abierta. ¿No sucede a veces lo mismo en el teatro político? Nos van a terminar sacando hasta el apellido, acaba de advertir Eduardo Buzzi, por la suerte que ha corrido el predio de La Rural. El pueblo argentino expropia la sede nacional de la puta oligarquía, han escrito en uno de sus muros, con un énfasis equivalente.
A veces, una cosa es el pensamiento de ella y otra el de algunos que quieren sobreactuar, dice Daniel Scioli, sobreactuando su punto exacto de moderación.
A lo que se dice restale el IVA, le han sugerido a un amigo extranjero, instalado en esta ciudad. Debía someter los discursos públicos (y también privados, ¿por qué no?) a esa operación. Una vez descontado ese sobrante (emocional, fruto de la picaresca o la manipulación), irrumpiría lo real.
Una genealogía del exceso retórico nos lleva quizá a la fundación de la República. La irrupción del peronismo introduce, sin embargo, un punto de quiebre y no retorno. Los modismos anteriores destilan recato. El 22 de septiembre de 1955, una semana después del derrocamiento de Juan Domingo Perón, el general Eduardo Lonardi habló a los hombres y mujeres que, desde la Plaza de Mayo, saludaron a la llamada Revolución Libertadora. Llevado por las circunstancias a un comando general, que no había buscado, acepté el holocausto de la juventud de Córdoba, dijo. Aquella provincia se había convertido en un brillante faro en la noche de la tiranía y la Argentina dio al mundo el primer ejemplo de derrocar un Gobierno absolutamente totalitario armado de todas las armas de la propaganda y la fuerza, secundado por una poción engañada, pero ponderable de la población. Es cierto que el diccionario acepta a holocausto como sacrificio que hace una persona en beneficio de otras. Pero diez años después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, cuando la definición había quedado fijada a las práticas de exterminio masivo, su recurrencia, en boca de un general golpista, no podría atriburise a un descuido. En rigor, el Estado hacía propio un lugar común de la peor fraseología antiperonista. Ya en 1945, Vitorio Codovila, el secretario general del Partido Comunista Argentino, había llamado a combatir el nazi peronismo, y se quedó casi solo, esperando la revolución.
El 9 de junio de 1956 se alzaron en armas contra el Gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu, el reemplazante de Lonardi, los generales peronistas Juan José Valle y Raúl Tanco. Se ha perseguido, encarcelado y confinado en verdaderos campos de concentración a miles de argentinos no sometidos a proceso y privados de derecho a la defensa, por razones ideológicas y políticas, se señala en la proclama. Valle y Tanco fueron pasados por las armas. Otros civiles corrieron la misma desgracia. No cabe duda de que la Libertadora fue un hecho trágico, que encuentra en el secuestro, ocultamiento y la vejación del cuerpo de Eva Duarte el ejercicio más oscuro de la venganza social. Pero en la Argentina -entonces, sólo entonces-, no había Stalags o Auschwitz con sus cámaras de gas, tampoco Gulags. Prueba de cierta laxitud represiva ha sido la fuga de John Willian Cooke, Héctor Cámpora, Jorge Antonio y Guillermo Patricio Kelly, de una cárcel de Río Gallegos, en marzo de 1957.
II
Una analogía, quiero una analogía, pide Marge Simpson, en Diatribe of a Mad Housewife, un capítulo de la temporada 15 de la Gran Familia norteamericana. Ella está tratando de escribir una novela romántica. Primero se basa en Moby Dick, pero el modelo la obnubila. El libro será, finalmente, un encubierto retrato de sus miserias familiares -en especial, las de Homero- y de la secreta atracción que a ella le despierta Flanders, el vecino evangelista. Los antikirchneristas deberían hacerle caso a Marge: la tarea de desmitificación reclama otros de materiales y procedimientos.
El Gobierno se parece muchísimo a la Rumania de hace dos décadas. Le corresponde a Carrió haber reactivado, en democracia, las asociaciones de la Argentina con los horrores europeos: La única diferencia con el nazismo es que en la Argentina ya no hay más campos de concentración.
El exdiputado de la Coalición Cívica Fernando Iglesias ha profundizado esa pedagogía oracular: No hay presunción ninguna de que el Gobierno argentino pretenda reeditar un genocidio o meter al país en una guerra. Sin embargo, existe sí una larga evidencia de que prepara el paso previo que los regímenes totalitarios aplicaron siempre: la destrucción de la república democrática.
El columnista de Perfil y crítico de cine Quintin ha trasladado esa exaltación a las redes sociales: ¿No quieren que lo llame fascista? ¿No quieren que lo llame estalinista? ¿Y cómo quieren que llame a esta irresponsable y a su corte de alcahuetes, corruptos y fanáticos?, afirma. Quintin, como un maqui virtual, suele escribir que resiste al régimen. Las categorías y conceptos históricos se utilizan como consignas publicitarias.
Las imágenes de la catástrofe argentina se exhuman con ligereza. Repudiamos a aquellos que hablan de la democracia, pero como en el 55 y el 76, salen como comandos civiles o grupos de tareas a agredir a los que no piensan como ellos, dijo Néstor Kirchner en las vísperas de la votación parlamentaria por la Resolución 125 que Julio Cobos inclinó hacia los intereses agropecuarios. El Gobierno creía enfrentar en ese otoño de 2008 una conjura político-mediática que había apelado, además de los cortes de ruta, al desabastecimiento. Pero no había patotas de la ESMA en las calles ni bombardeos sobre Plaza de Mayo. El discurso de Kirchner podía entenderse como un instante de arrebato y agitación. U otra cosa. ¿Un ejercicio de estilo? Porque, ¿qué es ese programa? Un grupo de tareas. Sí, un GT. Terminan siendo lo de la dictadura, dispuestos a hacer cualquier barrabasada: la que sea necesaria, ha comentado Jorge Lanata sobre los panelistas de 678. La contingencia borra los consensos sobre lo verdaderamente ocurrido. Cómo nombrar lo terrible cuando las palabras se someten a semejante devaluación. La Argentina ya ha pasado por una situación atroz que dejó muda a casi toda la sociedad. El silencio de los políticos, tituló el diario La Opinión, al cumplirse un año del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Poco tiempo después, hasta su director, Jacobo Timerman, sería secuestrado y sometido a lo indecible en las mazmorras del coronel Ramón Camps.
III
En casi todas las sociedades, las narrativas sacras hablan de un cataclismo mundial y la posterior regeneración de la tierra con su consiguiente paraíso. Otras crencias apocalíticas comenzaron a competir en las últimas décadas con las profecías religiosas. La creación de armas de dedestrucción masiva alteraron el pensamiento apocalíptico en los templos y las culturas seculares. En 1986, casi 85 millones de norteamericanos creían que el final era inevitable. La conclusión de la Guerra Fría no atenuó los temores de aniquilación nuclear, a la vez que otros miedos emergieron. En 1995, una encuesta de Gallup daba cuenta de que el 71% de los adolescentes norteamericanos pensaba que el mundo sería destruido. En el siglo XXI, las ansiedades apocalípticas se han intensificado. Florecen las especulaciones sobre el Juicio Final. Según Daniel Wojcik, autor de The end of the world as we know it faith, fatalism, and apocaypse in America, un dato de estos tiempos es que lo regligioso converge con lo secular. Esta simbiosis prolifera en todas las esferas de la cultura, especialmente el cine, la literatura y los cómics, y es el caldo de cultivo de los profetas y visionarios que conectan todo episodio político, social y económico con la llegada de el día definitivo.
Las metáforas y predicciones fatalistas no son ajenas al discurso político argentino. Carrió ha pagado el costo de su recurrencia profética. Ojala que no pase lo que siento que va a pasar... Estoy tranquila porque la Argentina va a salir, y no estoy preocupada por la dureza de lo que vamos a vivir si lo tomamos como aprendizaje; lo demás no importa, no tengo por qué decirlo... Ojalá que no pase lo que siento que va a pasar. No es la única. Quiere generar el Apocalipsis que había pronosticado y no pasó, le contesto Martín Sabbatella en sus días de diputado por Nuevo Encuentro. Para desesperación de los anunciadores del Apocalipsis, ni el juez Griesa pudo imponer su fallo ni los fondos buitre pudieron retener a la fragata que fue liberada, dijo el escritor Ricardo Forster. Aunque no hay una relación de simetría entre el Gobierno y sus adversarios, no faltan los momentos en que algunos de sus portavoces o exégetas funcionan en espejo y con la misma lógica espectacular de quienes los impugnan.
No existen los hechos, sino las interpretaciones, previno Nietzsche, a fines del siglo XIX. El ensayista español José Luis Brea revisó esa doxa a principios del siglo XXI: sólo existen las malas interpretaciones. Pero hablaba del propósito de la crítica de arte: dispersar el significado, crear una máquina que haga proliferar los sentidos, generar roces, decir siempre lo contrario de la convención asentada. La crítica no debe buscar que el objeto sea más comprensible. La política, en cambio, reclama mayor precisión, para articular acciones o hacer visible la contradicción. Las caracterizaciones erróneas, las apelaciones a otras realidades (esto es chavismo, esto es socialismo, acá están los pibes para la liberación) llevan a la confusión, derrota permanente o al solipsismo vocacional.
El filósofo alemán Jurgen Habermas cree (aún) que el ideal de la razón está inscripto en la interacción lingüística: si no se dialoga, irrumpe la violencia. Es el lenguaje el que ofrece la garantía y la posibilidad de consensuar normas de comportamiento para, de esta manera, contribuir al progreso histórico. Sería bueno recordarlo, de cara a las elecciones parlamentarias, cuando las lenguas se afilan y los procedimientos alcanzan umbrales de lo irrepetible. Ni los conflictos de intereses ni las disputas de orden simbólico deberían ser excusas para semejante desatino.

