5 de diciembre 2022 - 00:00

La madurez de Messi brilla como un sol

Viene de Tapa

Xavi e Iniesta lo hicieron con él en el ya legendario Barcelona de Guardiola.

No es cierto que Messi “no jugaba antes tan bien como ahora en la Selección” y resulta temerario y con un margen de error demasiado amplio decir que “este es el mejor Messi”. No hay manera de establecer una definición tan contundente, ni siquiera cuando todavía el piso del estadio Ahmad Bin Ali está con las marcas de su inacabable fútbol-arte. No se puede porque es injusto, porque siempre hubo un Messi grandioso. Aun cuando fue dolosamente reprobado en Santa Fe, en la olvidable Copa América de 2011, Leo fue la víctima más visible de un proceso que no tenía pies ni cabeza. Y solo eso. Al mismo tiempo, y unos días antes, Messi ganaba la Champions de ese año en Wembley, dando una verdadera exhibición. Quiero decir con esto que no siempre la selección, su organización y el contexto lo acompañaron. Sin embargo, Leo siempre se las ingenió para sacarnos del pozo, para darnos una mano y rescatarnos de situaciones complejas. Esto se vio en 2014: gol a Bosnia, gol a Irán, goles a Nigeria, pase gol a Di María contra Suiza. Incluso en el caos de 2018, le hizo un gol determinante a Nigeria, en un partido terminal.

Ahora, a sus 35, está acompañado por un grupo de futbolistas que, tal vez y por ahora, pierdan en la comparación con la generación anterior. Pero Lionel Scaloni logró seducir a Messi del mejor modo: con una idea y con un estilo. Leo sabe que, si el DT decide cambiar de dos a tres centrales, es porque hubo gente que en el banco hizo una correcta lectura de lo que estaba sucediendo. No hay discusiones, no hay fastidio, no hay opinión interna siquiera. Leo sabe que cada paso que da la Selección tiene un sentido y un argumento sólido que lo explica.

Contra Australia lo hizo de nuevo. Otra vez el equipo estaba en un letargo complicado. El cansancio arrastrado desde el partido contra Polonia estaba alterando el plan inicial y los australianos, con poquito, tenían la pelota. No hubo visitas a Dibu Martínez, pero, si la pelota la tiene el rival y no se la pueden sacar, habrá pocas chances de que Argentina pueda hacer un gol. Entonces, llega el Minuto Messi. Fue, peleó una pelota en el costado, ganó un lateral y dejó enojado a su ocasional adversario, Aziz Behich. Ese enojo generó una falta posterior, un tiro libre, un rebote, un toque de Mac Allister, un control largo de Otamendi y una nueva gestión de Messi que terminó en un estupendo gol, pasando la pelota por entremedio de varias piernas australianas y lejos de Ryan, el arquero tapado que llegó tarde a todo. Ese gol, como el que le hizo a México, sirvió para el reordenamiento, para que las barajas vuelvan al mazo y se distribuyan con más tranquilidad. Pero esa paz, otra vez, se la había dado su líder, el tipo que piensa por él y por todos y que, a sus 35, sigue destapando todos y cada uno de los secretos del fútbol.

Dibu Martínez proviene de otra fábrica, aunque, al igual que Messi hace 20 años, se fue de las inferiores de un club argentino (en este caso, Independiente) a las de un gran club europeo, el Arsenal de Inglaterra. Allí aprendió de punta a punta el manual del arquero moderno, que incluye, a diferencia de los de antes, una obligatoria lectura correcta del juego, valentía en la toma de decisiones, juego virtuoso con los pies, estar en posibles zonas de recepción de alguna devolución de sus compañeros y, por supuesto, tener la fuerza de piernas y la agilidad necesarias para volar hacia el destino requerido. A lo que aprendió en la escuela de Pepé Santoro le fue poniendo páginas nuevas.

El pibe marplatense tiene todo eso. Lo fue recogiendo en su periplo inglés, duro en el comienzo, difícil sin el barrio y los olores conocidos, pero con mucha dedicación y perseverancia. Su llegada a Primera, su decisión de dejar el Arsenal para tener continuidad en el Aston Villa, fueron determinantes. Scaloni y su equipo de scoutins ya lo habían detectado y, pese a que Franco Armani no tenía grandes fallas como para pensar en sacarlo, el DT sabía que debía jugar Dibu. Era cuestión de tiempo. Podrá sonar injusto, pero el covid que afectó a Armani le abrió el hueco a Dibu y todavía está allí.

Justamente, su autoexigencia es la que lo está llevando -como lo llevó antes a Messi- a jugar en niveles que se superan día a día. A diferencia de Leo -los puestos son incomparables, obviamente- a Dibu Martínez se lo requiere de vez en cuando. Hasta antes de jugar contra Australia, Argentina era el equipo que menos remates al arco había recibido (11). Dos de esos remates terminaron en los goles de la derrota contra Arabia Saudita. Dibu no se lo perdonó (“me patearon dos veces y me hicieron dos goles”) y buscó ayuda en su psicólogo. Eso lo calmó, lo repuso. Al ser un jugador de estos tiempos, Dibu sabe que la cabeza juega un papel fundamental en la vida de los deportistas de alto rendimiento. Al no peligrar su lugar, tiene un problema menos, pero eso no resuelve todo. Además, Dibu sabe que está ante una chance única, con un grupo que lo respeta y confía ciegamente en él.

Contra Australia, Dibu había recibido otro gol, ahora en contra después de que Enzo Fernández, involuntariamente, corrigiera un remate de Irvine que se iba a cualquier parte. “Tres tiros, tres goles”, habrá pensado esta bestia competitiva. Imagino que fue ahí cuando decidió bajar la persiana -si es que esto fuera posible en un arquero- y, en el séptimo minuto de los siete que el árbitro adicionó, Dibu Martínez mezcló lo clásico y lo moderno en materia de arqueros y le tapó de manera fenomenal un remate de gol al joven australiano Garang Kuol, evitó una incómoda prórroga de media hora que para nuestro equipo, tal vez, hubiese sido fatal en lo físico y en lo psíquico. Por eso, el abrazo, los besos, los gritos del final, con Otamendi y Lisandro Martínez. Porque Dibu Martínez fue vital para ganar el partido.

Leo Messi y Dibu Martínez, cada uno a su tiempo, cada uno en su zona, cada uno en lo suyo, los guiaron hasta una notable victoria, lograda con un equipo de físicos mermado, pero con el corazón, el alma y el talento bien a tono con la emoción que provocaron en todos nosotros.

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