7 de mayo 2014 - 00:00

La mitología sobre el comercio exterior

Aldo Abram, Director de Libertad y Progreso
Aldo Abram, Director de Libertad y Progreso
En una reciente reunión de los equipos económicos de Brasil y la Argentina, nuestros representantes les demandaron a los de la nación vecina que equilibrara el balance comercial entre ambos países, que es deficitario para nosotros desde 2003. Esto supone que obtener dicho resultado sería lo óptimo; lo cual se da de patadas con el permanente objetivo de nuestro Poder Ejecutivo de incrementar el superávit comercial local.

De hecho, la Argentina tiene un resultado positivo en su comercio exterior con el mundo desde 2000. Esto implica que el saldo negativo con Brasil ha sido más que compensado por superávits con otros países. ¿Qué pasaría si estos nos reclamaran equilibrarlo como nosotros lo hacemos con nuestro vecino? Dudo que al Ministerio de Economía local le parezca tan buena idea; porque, efectivamente, ese planteo es absurdo.

Para entenderlo veamos un ejemplo. Una economía, es la sumatoria de decisiones económicas de las personas que forman parte de ella. Por lo tanto, podemos compararla con lo que le sucede en cualquier familia, que es el núcleo de una sociedad. En un hogar, sus miembros trabajan en aquello que saben hacer mejor (obrero, profesional, oficinista, empresario, secretaria, etc.) y venden sus servicios a quien se los paga mejor. Luego, para gastar esos ingresos, busca quiénes son los que le pueden vender lo que necesitan, a mejor precio y calidad. A nadie se le ocurriría exigirles a estas personas que gasten sus ingresos en comprar lo que ofrecen quienes los emplean.

Un país cuyo comercio exterior funciona eficientemente es aquel en el que sus productores pueden salir a ofrecer sus bienes a quien mejor los pague y cuyos consumidores y empresarios pueden comprar lo que necesitan a aquellos proveedores del mundo que ofrecen la mejor relación precio-calidad. ¿A quién se le puede ocurrir que coincidirá que los paises que nos compran sean los mismos que nos pueden vender lo mejor y más barato? Absurdo, ¿no?

Un plomero tendrá enormes "superávits" con quienes lo contrataron y "déficits" con el supermercado, la farmacia, carnicería estación de servicio, el mecánico, etc. De la misma forma, la Argentina tenderá a tener resultados comerciales positivos con aquellos que paguen mejor y demanden más nuestros productos; mientras que es esperable que le compre más de lo que le vende a aquellas naciones que producen más barato y mejor aquello que necesitamos.

Ahora, ¿qué determina que una economía tenga cierto resultado comercial? No, como algunos dicen, las exportaciones o las importaciones. En términos de una familia, las primeras serían su sueldo y, las segundas, sus consumos. Si tienen saldo positivo o negativo dependerá de su decisión de endeudarse (lo que le permitirá gastar más de lo que le ingresa) o ahorrar o desendeudarse (lo que implicará gastar menos de lo que ganan). Nadie puede consumir más de lo que le ingresa, a menos que alguien le haya prestado previamente o tenga algún ahorro al que recurrir. Un país tampoco. Solamente puede tener déficit en la medida que haya contado con financiamiento previo (inversiones o créditos) o esté desahorrando (ej. Pérdida de reservas internacionales). Como vemos, el resultado comercial es consecuencia de decisiones financieras previas tomadas por residentes o extranjeros.

En tanto, los países que tienen fugas de capitales suelen ser esencialmente superavitarios; ya que sus ciudadanos tienden a ahorrar, mermando sus consumos e inversiones domésticas para protegerse del riesgo local con activos externos. Por lo tanto, la demanda interna tiende a ser menor que su producción y, por ende, se exporta más de lo que se importa. Conclusión: tendrá un resultado positivo, a menos que esté financiando la salida de ahorros al exterior con las divisas acumuladas por el Banco Central.

De lo anteriormente dicho se desprende que no siempre es bueno tener superávit, ya que no lo es si es resultado de una fuga de capitales. En general, se puede decir que no es bueno; ya que implica que se exporta más de lo que se importa y, por ende, la disponibilidad de bienes y servicios (bienestar económico) para la población es menor a la que habría en equilibrio o con déficit. Sin embargo, tampoco sería correcto decir que siempre va a ser así. Los miembros de una sociedad podrían sentirse mejor si tienen ahorros (por ejemplo, un fondo de estabilización gubernamental) para contar con recursos ante una emergencia y, para ello, ahorrarían generando un superávit o, con el mismo resultado, podrían estar repagando inversiones o deudas anteriores.

Algunos dirán que en el caso de la Argentina es necesario garantizar un resultado comercial positivo; ya que tenemos que pagar deuda pública externa. En primer lugar, esto no es estrictamente cierto; ya que un Gobierno creíble podría tener crédito en el exterior y refinanciar sus vencimientos de intereses y capital. Por otro lado, si el objetivo es desendeudarse, el sólo hecho de que el Gobierno ahorre lo que necesita para realizar dichos pagos garantizará que las divisas estén. Si el sector público está gastando menos de lo que le ingresa, eso implicará que la demanda interna será menor a la producción local; por lo que se exportará más de lo que se importa, generándose las divisas necesarias. El problema de la Argentina es que el Gobierno no suele ahorrar (es más, últimamente, desahorra) sin contar con acceso al crédito voluntario y pretende tener superávits comerciales; por lo que termina restringiéndole el acceso a divisas a otros. Por ejemplo, con el cepo o las limitaciones a las importaciones.

Es más, un déficit comercial o en cuenta corriente puede ser una buena noticia. Por ejemplo, si la Argentina se volviera un país confiable, con buena calidad institucional, con seguridad jurídica y respeto de los derechos (entre ellos los de propiedad y libertad de empresa) seguramente veremos un intenso fluir de inversiones extranjeras, repatriación de capitales fugados y llegada de financiamiento externo. Todo este financiamiento nos permitirá consumir e invertir por encima de nuestra producción; lo que redundaría en un saldo negativo que, realmente, sería muy positivo, ya que nos pondría en la senda del desarrollo. Aunque desde hace décadas que nuestro país no ha podido mantenerse en una senda de libertad y progreso como la descripta, no cuesta nada soñar; pero, recordemos, que mejor es hacer, para que algún día sea realidad. Depende de cada uno de nosotros.

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