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La novela del “no pago”: el país en 8 años de soledad
La tapa de Ámbito Financiero del 4 de marzo de 2005 con el anuncio del resultado del canje. El 26 de diciembre de 2001 el presidente (por 7 días) Adolfo Rodríguez Saá anunciaba la entrada en default y luego lo festejaba en la CGT con Hugo Moyano y Rodolfo Daer.
Kirchner tuvo que sortear varias manifestaciones de bonistas germanos que querían embestir al entonces presidente argentino pidiendo que reconsiderase su decisión de dejar fuera del canje al 24% del total de los acreedores. La Policía berlinesa incluso debió reforzar la presencia policial ante la puerta del hotel donde se alojaba la pareja presidencial.
«Son todos fondos buitre», bramó Kirchner ante la mirada asombrada de Klaus Wowereit, el alcalde de Berlín que oficiaba de anfitrión en esa improvisada conferencia de prensa con la puerta de Brendemburgo de fondo. Kirchner amenazaba en ese viaje ante sus íntimos, quizá por primera vez, que si continuaban las presiones del G-7, se podrían suspender los pagos al FMI y eventualmente analizar la salida del país de ese organismo. «Con Japón e Italia estamos enfrentados, pero Canadá, Estados Unidos, Alemania y Francia van a jugar bien para nosotros», explicaba así Kirchner su teoría futurista a los más íntimos como Julio De Vido, Daniel Filmus, José María Díaz Bancalari, Miguel Pichetto y dos invitados al evento: Carlos Reutemann y Francisco de Narváez.
Esta fue una de las últimas veces que Néstor Kirchner habló directamente ante las presiones para que se reabra el canje de deuda y atienda a los bonistas que no aceptaron la oferta cerrada un mes antes, el jueves 3 de marzo de 2005. Ese día, en un doble acto (uno en el Ministerio de Economía comandado por Roberto Lavagna y otro en la Casa Rosada con Kirchner como actor principal), el Gobierno anunciaba que la propuesta de canje de deuda había alcanzado al 76% y que los acreedores que ingresaron al proceso habían aceptado tres bonos (Par, Discount y Cuasi Par). La cantidad de dinero que había aceptado el llamado llegaba a los u$s 78.000 millones (u$s 62.000 millones de capital más intereses acumulados) a cambio de nuevos bonos por u$s 35.200 millones). Según Kirchner, el ahorro llegaría a los u$s 67.000 millones, aclarando explícitamente que se incluía en el cálculo a los bonistas que no había entrado en el canje.
Esta operación había sido la consecuencia de la declaración del default total de la deuda externa argentina anunciada el 23 de diciembre de 2001 durante el exiguo Gobierno de Adolfo Rodríguez Saá. Hasta ahora, son casi 8 años del país en soledad financiera. En mayo de 2003 asumió Néstor Kirchner, con la obligación de atender el problema, distinguiendo la situación de la deuda externa en dos grupos: las que debían honrarse plenamente y las que serían liquidadas pero con una quita sustancial. Las primeras alcanzaban a unos u$s 62.000 millones, y correspondían a obligaciones de corto plazo y préstamos de organismos internacionales y países. Las segundas, incluían los títulos y préstamos contraídos por acreedores privados que en conjunto rondaban la suma de los u$s 82.000 millones.
Luego del anuncio de marzo de 2005, y de las declaraciones de Kirchner sobre la decisión de no reabrir el canje para no favorecer a «los buitre», la estrategia se basó en evitar que activos de la Argentina en el exterior pudieran ser embargados por el tribunal de Nueva York del juez Thomas Griesa, que cada tanto debía atender requisitorias de fondos como el Elliot o el de Kenneth Dart. Este peligro continúa hasta estos días, y cada tanto Griesa sorprende con alguna noticia ingrata para el país.
La promesa de blindar por ley la reapertura del canje, quedó sepultada el martes 23 de setiembre de 2008, cuando Cristina de Kirchner visitó por primera vez como presidente Estados Unidos y fue al Nasdaq, donde cerró las operaciones. Desde Wall Street anunció «con entusiasmo y optimismo», que el Gobierno analizaba una renegociación de la deuda con los bonistas que habían quedado fuera (ya no eran únicamente «fondos buitre»), aceptando una propuesta que meses antes le habían llevado tres bancos internacionales: Barclays, Citibank y Deustche Bank. La jefa de Estado habló entonces de la necesidad de «normalizar la relación de la Argentina con el mundo» y de la «ventajosa operación» que le habían acercado las tres entidades, la que «no le costará un peso a la Argentina». La situación era en realidad similar a la actual. Cristina de Kirchner entendía que el país debía volver a los mercados financieros internacionales, acordar antes con el Club de París y, como paso imprescindible, terminar con «la mochila» de los «hold outs», como la definía su jefe de Gabinete de entonces, Sergio Massa.
Esa vez no pudo ser.


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