29 de diciembre 2014 - 00:00

La OTAN abandona Afganistán: temen que los talibanes retomen el poder

El general estadounidense John Campbell, jefe de las fuerzas de la OTAN en Afganistán, enrolla la bandera de la misión internacional durante la ceremonia que puso fin a su presencia en el país. Culmina así una operación de trece años, la más extensa en la historia de Estados Unidos.
El general estadounidense John Campbell, jefe de las fuerzas de la OTAN en Afganistán, enrolla la bandera de la misión internacional durante la ceremonia que puso fin a su presencia en el país. Culmina así una operación de trece años, la más extensa en la historia de Estados Unidos.
 Kabul - Las fuerzas de la OTAN en Afganistán (ISAF) celebraron ayer con una ceremonia oficial su salida del país tras 13 años de combates, días antes del final efectivo de su operación previsto para este jueves y en momentos que el conflicto atraviesa su etapa más violenta.

"Juntos hemos sacado al pueblo afgano de las tinieblas de la desesperación y le hemos dado esperanza en el futuro", dijo el general John Campbell ante los soldados de la OTAN en una ceremonia solemne. "Han hecho más fuerte a Afganistán y más seguros a nuestros países", añadió. La Alianza Atlántica comunicó los detalles de esta ceremonia en el último momento para evitar eventuales atentados por parte de los talibanes, quienes han tomado de blanco a la capital afgana en varias oportunidades a lo largo de los últimos años.

Desde Washington, el presidente de EE.UU., Barack Obama, saludó el fin del operativo: "Ahora, gracias al extraordinario sacrificio de nuestros hombres y mujeres uniformados, nuestra misión de combate en Afganistán llega a su fin, y la más larga guerra en la historia de Estados Unidos se acaba de manera responsable", escribió en un comunicado difundido por la Casa Blanca. "Nosotros estamos más seguros y nuestro país está más seguro por su servicio", continuó Obama, y señaló que la presencia militar norteamericana había permitido "a los afganos reconstruir su país, celebrar sus primeras elecciones y finalizar su primera transición democrática en la historia del país". Sin embargo, advirtió: "Afganistán sigue siendo un lugar peligroso", por lo que "a solicitud del Gobierno afgano, Estados Unidos y sus aliados mantendrán una presencia militar limitada".

La fuerza de la OTAN en Afganistán (ISAF), que contó con más de 140.000 efectivos en el momento más fuerte de su presencia, debe ser reemplazada en 2015 por 12.500 soldados extranjeros, en su mayoría norteamericanos, destinados en teoría a un papel secundario.

Según Naciones Unidas, las víctimas civiles aumentaron un 19% en 2014, con 3.188 muertos hasta finales de noviembre. Asimismo, más de 4.600 miembros de la Policía y del Ejército afganos perdieron la vida en los 10 primeros meses de 2014, es decir, un balance de fallecidos mayor que el de la OTAN desde 2001 (3.485).

Públicamente, el Estado Mayor asegura a viva voz que las fuerzas de seguridad afganas entrenadas por Estados Unidos son capaces de mantenerse firmes contra los talibanes. Pero en privado, algunos funcionarios expresan su temor de un colapso similar al que se vivió en Irak, cuyo ejército se mostró incapaz de contener el avance de la organización yihadista Estado Islámico (EI) (ver nota aparte).

En EE.UU. la cobertura mediática de la retirada de los soldados es casi inexistente, probablemente por temor a escaldar una opinión pública mayoritariamente escéptica sobre el éxito del conflicto. En filas del ejército, sólo un 23% piensa que la misión fue cumplida, según una encuesta reciente.

Pero eso sería olvidar que en el comienzo de la guerra, los estadounidenses vieron con muy buen ojo el inicio de la ofensiva, diseñada de acuerdo con el entonces presidente George W. Bush para "cortar el uso de Afganistán como una base terrorista".

El Ejército estadounidense logró alcanzar rápidamente resultados deslumbrantes, a la par que la ofensiva de la Alianza del Norte, apoyada por bombardeos estadounidenses y fuerzas especiales, logró derrocar al régimen talibán en un mes. La guerra parecía ganada, pero se trató de una impresión falsa: los talibanes primero se refugiaron en Pakistán y luego pasaron a acosar al ejército con ataques y golpes sorpresa.

Washington apostó por la disuasión armada para derrotar a la insurgencia, pero otra parte de su presencia, y no menos importante, era tratar de construir un país "democrático y estable", luchando contra la corrupción, promoviendo el desarrollo económico y la defensa de los derechos humanos. La ayuda internacional permitió construir rutas y escuelas, pero también la inundación de dólares sirvió para alimentar la corrupción y, por medio de desvíos, financiar a la insurgencia.

Los talibanes ya no están en el poder en Kabul, pero todavía no hay indicios de que hayan renunciado a la batalla. Por lo pronto, la atención se centra en las deserciones en cascada del ejército afgano y la dificultad de responder a los terroristas.

Agencias EFE, AFP, Reuters, ANSA y DPA, y Ámbito Financiero

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