1 de octubre 2013 - 00:37

La pelea de fondo aún no comenzó

 Es una tormenta furiosa en una taza de té. Justo lo que el Tea Party ordenó. ¿Tiene arreglo? Todavía es posible una tregua entre gatos y medianoche, pero se resolverá en tiempo de descuento. El presidente Obama declara que no se resigna a que haya que cerrar el Gobierno, que todavía obran soluciones posibles -como la iniciativa sin ataduras que pasó el Senado (controlado por su partido) la semana pasada- y dice, cual luchador indómito contra la adversidad, que hablará de nuevo con los legisladores para horadar la intransigencia. O sea, simplemente, le pasa la factura a la oposición y deja constancia verbal ante la opinión pública. Mitch Mc Connell, líder de la minoría republicana en el Senado, no quiere caer en la encerrona y ofrece una extensión también sin condiciones, por una semana, que permita mantener al Gobierno en funciones y otorgue más tiempo para negociar el presupuesto. Pero, al momento de escribir estas líneas, los senadores demócratas anticiparon el rechazo a plazo tan magro. ¿No conocen acaso la voluntad de Obama?

Aquí no hay inocentes. La estrategia opositora de asediar a la administración Obama y no concederle respiro (que los ciudadanos han aceptado de manera tácita al preservar la paridad del voto en noviembre último) tiene un talón de Aquiles: cuando se evalúa un accidente, los sondeos de opinión prejuzgan la culpa de los republicanos. Ello viene de arrastre: Bill Clinton resucitó en 1995/1996 gracias a la misma terquedad llevada al extremo (lo que obligó a cerrar dos veces el Gobierno, pero le concedió el pasaporte popular para un segundo mandato). Ya en 2011, Mc Connell alertó a sus colegas de partido sobre que si no cedían con el "techo" de deuda y se producía un cortocircuito de proporciones, la marca republicana se carbonizaría como sinónimo de "irresponsabilidad fiscal". No es casual que sea Mc Connell quien muestre tanto interés por evitar el cierre del Gobierno. O, ya desde la semana pasada, los gobernadores republicanos (quienes, a diferencia de los legisladores, deben satisfacer a una clientela más amplia de apoyos). En concreto, con la oferta Mc Connell, es Obama el que decide si quiere que esta semana el Gobierno entorne o no las persianas. Elegirá, pues, la variante con la que se sienta más cómodo para negociar. La pelea de fondo -la discusión por el techo de la deuda pública- todavía no comenzó. Y quizá resulte más accesible con la administración a media luz.

Los cierres temporarios de Gobierno no son asunto nuevo. Desde 1976 ha habido 17. Algunos duraron una jornada. Ninguno más de 21 días. No sólo los padecieron presidentes demócratas: en los años de Ronald Reagan fueron condimento repetido. Tener que poner el Gobierno a hibernar denota un fracaso de la política (máxime cuando la dinámica fiscal en curso es convergente: el déficit del ejercicio terminado ayer será del 4% del PBI, tres puntos por debajo del registrado el año anterior y seis puntos inferior al "pico" de 2009). Se debe congelar al Gobierno para que la opinión pública recaliente, ejerza presión y ablande la puja que la torpeza política no consigue desanudar.

Nunca un cierre de Gobierno produjo un derrumbe en Wall Street. Las caídas de la Bolsa suelen ser moderadas, con una nítida tendencia a ahondarse a medida que el bloqueo se prolonga (como en los tiempos de los presidentes Gerald Ford y Jimmy Carter). Y jamás sucedió un default, aunque, en los papeles, siempre su silueta estuvo en danza. Como la medida es tosca, pero efectiva, y le abre el camino a un acuerdo posterior, nadie debería sorprenderse de que se la considere, a la postre, como una generosa oportunidad de compra. En ese sentido, la clave por despejar es la duración de la refriega. La erosión de Wall Street será función del tiempo muerto que insuma la disputa. Conviene saber que el presupuesto es un aperitivo, el techo de la deuda es el plato de fondo y para su fecha límite -el 17- restan un par de semanas.

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