10 de mayo 2011 - 00:00

La pintura y sus ficciones por siete artistas rosarinos

Arriba, «Catalunya» de Pedro Iacomuzzi, quien a partir de fotografías que él mismo toma, divide los matices de luz y sombra para luego destacarlos con la pintura. Abajo, un paisaje suburbano de Mario Godoy, quien recupera un realismo que recuerda algunas obras de Berni.
Arriba, «Catalunya» de Pedro Iacomuzzi, quien a partir de fotografías que él mismo toma, divide los matices de luz y sombra para luego destacarlos con la pintura. Abajo, un paisaje suburbano de Mario Godoy, quien recupera un realismo que recuerda algunas obras de Berni.
Rosario - En estos días la Fundación OSDE de Rosario exhibe la muestra «Pic-fic: programas y herramientas para una pintura ficción» de los pintores Juan Balaguer, Javier Carricajo, Mario Godoy, Paula Grazzini, Pedro Iacomuzzi, Fernando Rossia y Jorgelina Toya. La curaduría de la muestra está a cargo de la crítica de arte rosarina Beatriz Vignoli, una escritora de culto que recurre a un episodio crucial de la fotografía contemporánea para presentar a siete pintores también rosarinos.

El texto del catálogo se inicia con el siguiente relato: «A mediados de la década del 70, en pleno auge del conceptualismo, una estudiante de Bellas Artes de la Universidad de Buffalo se dio cuenta de que podía usar una cámara y -en vez de al oficio de pintar- dedicar su tiempo a una idea. La idea era que cada foto pareciera el fotograma de una película que nunca se hubiera filmado. La artista era Cindy Sherman».

No deja de ser una paradoja que Sherman, la figura que contribuyó a elevar la fotografía al estatus de «obra de arte», sea el punto de partida de una exposición de pinturas. Pero en los tiempos que corren, la pintura figurativa suele ser el género obligado a rendir examen, para que otras disciplinas de moda no la desplacen del altar de las bellas artes.

El fenómeno ha sido siempre temporario, aunque para reforzar esta realidad, basta mencionar la conocida foto del santafesino Marcos López, «Asado en Mendiolaza», donde un grupo de pintores cordobeses parodian -con vino tetra brik- «La última cena» de Leonardo. La imagen, tomada en los principios del nuevo siglo, plantó una evidencia visual sobre la caída de la pintura ante el avance de la tecnología.

Lo cierto es que en la década del 60 la anunciada muerte de la pintura nunca aconteció y que, en la actualidad, a pesar de los vaivenes de su gloriosa y larga historia, asistimos a un nuevo renacimiento.

«Pic-fic», término que proviene de pintura y ficción es una muestra que además de confirmar el lugar privilegiado de la pintura en el escenario del arte, exhibe las múltiples y actuales derivas del realismo. La exposición explora géneros y disciplinas, algunos son nuevos, como la fotografía, el collage, el comic, la instalación, el cine o la manipulación digital, y también hay viejos, como el modelo vivo y las depuradas técnicas del arte flamenco o barroco, entre otros recursos. Los artilugios que alimentan las ficciones contemporáneas son variados y muy sofisticados. Desde sus inicios la pintura supo poner a su servicio los medios provenientes de la técnica, y nuestro tiempo no es la excepción. Pero para subordinar la técnica hay que dominarla, y el trabajo se vuelve día a día más complejo.

Refiriéndose a los siete pintores, Vignoli sostiene: «Pintan con oficio, y hasta con virtuosismo del oficio; le dedican mucho tiempo a pintar, pero antes le dedican tiempo a una idea. [.]La imagen se pone en escena, el espectador es previsto, el espacio es repensado. Las estrategias de estas pinturas son conceptuales».

El Falcon verde pintado por Mario Godoy abre la exposición y se divisa desde lejos. El auto parece estar fuera de circulación, es un cascajo decrépito y, no obstante, guarda intocada su ominosa iconicidad. Godoy es restaurador profesional de edificios y objetos de arte, además de pintor, y en la excelencia de la pintura se advierte el gusto por los materiales. Junto al Falcon hay un paisaje que reúne su sabiduría y el encanto de los barrios suburbanos. El artista recupera un realismo que recuerda algunas obras de Berni, con la emoción incluida.

Pedro Iacomuzzi indaga la noche y las playas rosarinas en busca de imágenes y personajes inspiradores para fotografiar. Al proyectar esas imágenes divide los matices de luz y sombra, como si fueran las regiones de un mapa, para luego destacarlos con la pintura. «Catalunya», una escena de dos mujeres y dos niños en las aguas del Paraná, desnuda, bajo el sol pleno de la tarde, la condición sociocultural y económica de esos personajes glamorosos. Lo mismo ocurre con casi todos sus personajes.

La producción densamente elaborada de las pinturas de Javier Carricajo, comienza por el montaje de escenas teatralizadas y en ocasiones, exasperadas, violentas o eróticas. Pero la violencia es un juego, al igual que el erotismo, un juego que intenta romper los límites. Carricajo capturó en su taller el espíritu experimental de la Factory de Warhol, de esa antesala de la fama donde desfilaban, provocativos, sus amigos y conocidos. Es el reino de un pintor que rompe así con la calma provinciana y cuya labor se confunde con la de un director de cine. Cada secuencia demanda una sesión de fotografías que luego el artista manipula digitalmente. El proceso culmina al trasladar las imágenes a la tela, respetando el estatuto de la pintura clásica y disfrutando de la densa materialidad del óleo.

Las pinturas de Juan Balaguer, sus vísceras de gran formato y las comidas hiperrealistas, más reales que la realidad, muestran un lejano aire de familia que lo emparenta con una rosarina exitosa, Nicola Costantino y, a la vez, con la imaginación del británico Damien Hirst.

Entretanto, el texto de Vignoli descubre la trama de influencias que tejen los artistas de Rosario y que sustenta a estos siete herederos de una sólida tradición local. De este modo, revela, no hubiera existido Juan Pablo Renzi sin el modernismo de Juan Grela, Gustavo Cochet, César Caggiano, Antonio Berni, Manuel Musto o Augusto y María Laura Schiavoni. Luego, Balaguer fue discípulo de Noemí Escandell; Paula Grazzini de Julián Usandizaga, Mario Godoy de Rubén Baldemar y así, el registro documental continúa. En suma, la muestra es un abanico, un simulacro de lo real; al abrirse, las pinturas cobran sentido y recuperan su filiación histórica.

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