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La próxima crisis
Agustín A. Monteverde
El león -salvo algún nuevo percance judicial- podrá salirse con la suya; pero la comida amenaza ser indigesta. El afán depredatorio apura el propio final.
Salvavidas de plomo
Los Kirchner tendrán esa plata que les faltaba para seguir comprando voluntades y doblegando oponentes de cartulina. Los caudillos provinciales salvarán sus deficientes administraciones. Pero esta vez el salvavidas será de plomo.
Examinemos el panorama. A una credibilidad hecha añicos, a un sistema de reglas de juego perverso cuya única norma inmutable es «el Gobierno siempre tiene la razón», se le agrega ahora la nefasta realidad de un Banco Central -y consiguientemente, un sistema financiero- esclavo de las necesidades fiscales del Ejecutivo. Esto ya pasó: ¿acaso en los tiempos de Alfonsín no se había nacionalizado de hecho el íntegro sistema bancario, haciendo que los ahorristas -por supuesto, sin que ellos lo autorizaran ni tan siquiera conocieran- solventaran con sus depósitos el gasto y los sueldos estatales?
Pero también sabemos cómo terminó. Con un sistema quebrado y un inevitable plan Bonex que blanqueó la realidad de bancos vaciados en favor del Tesoro estatal.
Opciones
Veamos las principales opciones con que cuentan los Kirchner en su angurria por más caja. Si logran hacerse de las reservas, su pretensión es por más de u$s 16.000 millones. Así lo dice expresamente el decreto 2010 en su primer artículo. El Fondo del Bicentenario es tan sólo uno de los destinos que han elucubrado para el falaz artilugio de las reservas «de libre disponibilidad», un concepto aceptable exclusivamente en un régimen de convertibilidad (y cuya ley ahora han reciclado). Pero ocurre, como me he cansado de repetir en los dos últimos años, que parte sustantiva de las reservas brutas están afectadas en forma directa por una serie de pasivos (encajes de depósitos en dólares, Lebac, pases, Basilea, ventas a futuro). Una vez que descontamos esos pasivos, nos encontramos que las reservas efectivas netas para respaldar nuestra moneda se reducen a menos de la mitad que las brutas, no más de u$s 23.000 millones. Si los Kirchner quieren gastarse -bajo la excusa de pagar deudas- unos u$s 16.000 millones, esas reservas efectivas quedarían reducidas a u$s 7.000 millones.
No necesitamos explicar qué significación tiene esto respecto al tipo de cambio de equilibrio ex-post. La capacidad del BCRA de apaciguar una corrida sería mínima.
Aún cuando el Ejecutivo usase esas reservas para pagar deuda, quedarían liberadas las partidas previstas en el Presupuesto a ese fin. Tal expansión significaría por sí sola inflación; y mucha (téngase en cuenta que representa algo más de la mitad de la base monetaria).
Con la nueva e impensable conducción del Central, al Gobierno aún le quedarían en la manga toda una batería de medidas «reactivantes» o encaminadas a allegarle recursos so pretexto del «gasto social» y la «obra pública», todas ellas inflacionarias. En estas circunstancias, la posición de los bancos, y en particular de los banqueros, no es de envidiar.
Última caja
Si un raro arrebato de pudor pusiera límites poco prácticos a la arremetida emisionista o si la apropiación de las reservas continuara trastabillando por obra de una Justicia que se atreve -al menos a través de un puñado de jueces- a mostrarse independiente, la última caja con liquidez sobre la cual echar mano serán los bancos.
No hay duda. Nuevamente la moneda y los ahorros de los argentinos serán la presa. Pero esta vez, ninguno de los convidados al banquete -ni el león ni los carroñeros- debieran alegrarse.


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