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La resistencia peronista con aciertos y olvidos
Siempre se menciona la resistencia peronista, disperso y emblemático accionar de pequeños grupos contra la Libertadora y el frondicismo, un accionar que tuvo sus héroes, sus mártires, sus grandes ingenuidades de tipos improvisados, y sus momentos de memorable y épico fracaso. Pero no parece tener arrepentidos. Al menos ante la cámara del documentalista Alejandro Fernández Mouján nadie lamenta lo que hizo. Más bien ironiza sobre lo que no hicieron los otros, y bromea sobre los cambios que aún tardan en llegar.
Por supuesto, la Resistencia incluyó desde volanteadas y pintadas callejeras gratuitas hasta bombazos surtidos que a veces también causaron víctimas (detalle que la «memoria popular» escatima), pero no fue mucho más allá. Sólo descargaba su bronca y se ilusionaba con el prometido regreso del General. Otros, en cambio, ejecutaron cargas de fusilamiento. Hoy, en esta película, que se exhibe sólo los domingos en el Malba, algunos veteranos se recargan en vanas discusiones que suponen de utilidad para los jóvenes, y otros simplemente recuerdan los tiempos de juventud, que no fueron buenos, pero ellos eran jóvenes, y capaces de cualquier aventura. Esa es la parte linda.
Así aparecen, por ejemplo, Lindor Bustos, coloradote de rostro aindiado que regala flores y evoca su participación en los robos de dinamita, Avelino Rodríguez, mostrando la moto Puma en cuyo manubrio llevaba los mensajes, Ciriaco Zárate, dueño y obrero de una fábrica de mosaicos a la vieja usanza, su mujer María Camus, Julio Monesi, que el 17 de octubre del 45 vio pasar una manifestación, se coló, y así conoció la Plaza de Mayo y la emoción peronista de la primera hora, Matilde Di Leo, a quien Perón nombró delegada de la Rama Femenina el mismo día que asumió el general Onganía, y otros cuantos que resulta interesante escuchar. Hay anécdotas novelescas, como la de una mujer celosa que mató al marido porque no le creía la «excusa» de la militancia nocturna, historias hoy olvidadas, como el fallido levantamiento del capitán César Philipeaux en apoyo del general Valle, o la cantidad de jóvenes de Vicente López que partieron a las sierras cordobesas tras la fantasía de los guerrilleros Uturuncos, varias historias de personas que una noche se salvaron gracias a los ruegos de esposa e hijos, un desvío que demoró la llegada al lugar de la cita (donde los esperaba la policía), o la buena voluntad de los desconocidos que ocultaron un herido, etcétera.
Esos relatos pintan muy bien a las personas, la época, y el sentimiento. El registro es desparejo, y por ahí se demora atendiendo debates ya escuchados, pero los testimonios resultan de valor para historiadores, escritores, ciudadanos en busca de información, amigos de viejas emociones, y militantes a sueldo, subsidio, o regalías, a ver si aprenden. Impulsor, Jorge Vázquez, resistente que fue también impulsor de «La hora de los hornos»


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