10 de febrero 2011 - 00:00

La Salada, todo un mundo apabullante

«Hacerme feriante» (Argentina, 2010, habl. en español). Guión y dir.: J. DAngiolillo; documental.

Era sólo una laguna barrosa de La Matanza cerca del Riachuelo. Porteños locos le atribuían propiedades curativas y allá iban, a darse baños de lodo. En los 40, don Miguel Machinandiarena, dueño de Estudios San Miguel (graciosamente, el de «Las aguas bajan turbias») convirtió todo en un hermoso parque con laguna, pileta, bosque, estatuas, restaurantes, gimnasio, puestos de tiro al blanco, canchas de fútbol, estacionamiento y zoológico. Enfrente, ya Lomas de Zamora, surgieron otras dos piletas: Ocean y Punta Mogotes. Aquello hizo época, hasta promediar los 60, cuando Salud Pública advirtió filtraciones de napas y empezaron los cierres. En 1979 nació Parque Norte, en 1981 murió Machinandiarena hijo (un tren arrolló su Lancia justo frente al parque) y aquello ya quedó abandonado, aunque dicen que en los 90 un programa ómnibus, «Picnic tropical», aún aprovechaba sus instalaciones.

También por entonces comenzó la venta de ropa en Ocean y luego Punta Mogotes. ¿Quién puso los primeros stands? Dicen que la comunidad boliviana devota de la Virgen de Urkupiña, por eso la fiesta que allí se hace. ¿Pero de quién eran los terrenos, quién empezó a administrar todo eso que se convirtió en feria gigante con el nombre genérico de La Salada? No se sabe, y el documental que ahora vemos tampoco lo aclara, para no confundirnos más de la cuenta. Se restringe a poner unas imágenes del balneario, tomadas de viejos noticieros, y a seguir la labor cotidiana que allí se cumple, sin entrometerse demasiado, ni hacer preguntas, ni poner el menor comentario.

De ese modo registra el momento en que se abren los portones y entra como una turbamulta épica la gente de trabajo en plena noche, seguida de los enormes colectivos con los clientes mayoristas del interior, el tránsito de vehículos y hasta del tren casi pegados a los stands, la lucha por la vida, la vigilancia, que abarca el viaje de los compradores más grandes, las discusiones muy ilustrativas con funcionarios de la zona, una asamblea donde puede entenderse la razón del curioso horario que se emplea, una actuación de Argentino Luna el Día del Feriante (de un canto suyo sale, precisamente, el título del film), una especie de mangrullo donde campea el mensaje «Respete la ley de marcas», sin comentarios, y también, como hilvanadas por simple parentesco, algunas escenas de trabajo en pequeños talleres textiles y en una isla de copiado de dvds y cds.

Ilustración

Para darnos una idea general del lugar, hubiera convenido alguna toma aérea, o aunque sea desde arriba de un techo, y aun así quizá fuera insuficiente. Julián DAngioli-llo, el autor, prefirió dejarnos con la sensación de lo inabarcable y lo abigarrado, manteniendo variedad de planos cortos sobre la gente en sus quehaceres. También él parece haber quedado envuelto en todo ese apabullante enredo que es la feria. Y aun así, o quizá por ello mismo, el resultado es bien ilustrativo. Único reproche: falta Barbie (la feriante más famosa, que sale siempre en TV).

P.S.

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