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La vida secreta del paisaje según Josefina Robirosa
Más allá de las formas y colores que adoptan las visiones de la naturaleza de Josefina Robirosa, lo que relatan sus pinturas, son las tensiones, los ritmos, el dinamismo y la energía que palpitan en el paisaje.
La exposición de Robirosa ofrece varias lecturas. El gesto de las pinceladas, más o menos intenso, más o menos libre o acotado, es el elemento en el cual se afianza la artista para definir las características de sus obras. El tema es la naturaleza y, en especial, el bosque, pero más allá de las formas y colores que adoptan sus visiones, lo que en verdad relatan estas pinturas, son las tensiones, los ritmos, el dinamismo y la energía que palpitan en el paisaje.
El punto de vista elegido por la artista para retratar sus bosques varía desde una altura distanciada hasta una cercanía que envuelve al espectador. Hay en algunas obras marcados contrastes y una abstracción que torna ambiguas sus imágenes. Robirosa elude abiertamente la narración. Al contemplar el paisaje, no sabemos si hay sol, si es verano o si cae la nieve, aunque todas estas cuestiones vagamente se intuyen. En la agitada danza de pinceladas que predomina en casi toda la muestra, se reconoce el pulso, el nervio, incluso hasta el erotismo de Robirosa. No obstante, frente a la fuerza que emana de todas estas obras, se contrapone una imagen quieta, nítida y a la vez extraña.
Realizada en este último año, la obra en cuestión muestra con la mayor claridad el paisaje de un bosque en un monocromático gris azulado, con sus ríos y sus montes en distintos niveles. El paisaje ocupa el centro de la tela, se percibe como si lo miráramos a través de una lente y acabáramos de ajustar el foco para observarlo con la mayor claridad. La lente es un dispositivo ausente, imaginario, se intuye su presencia por el efecto, porque parece traer a un primer plano una imagen que adivinamos lejana. Es un enigma que invita a preguntarse: ¿qué es y dónde se encuentra el paisaje que estamos mirando?
El formato del paisaje es redondo y los bordes que lo rodean están esfumados, contrastan con la objetividad y el evidente realismo de la imagen central. Así, el sentido de la pintura se vuelve inasible y difuso, resiste la interpretación.
Robirosa expuso en 1957 su primera muestra en la ya mítica galería Bonino y formó parte del grupo de artistas del Instituto Di Tella. Durante los ocho años que integró el directorio del Fondo Nacional de las Artes, se ocupó como nunca lo hizo nadie del bienestar de los artistas. Hoy es miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes.


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