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Laiseca: “Si quiero ser clásico, puedo”
Laiseca, de sus tiempos televisivos: “Fue una de las mejores épocas de mi vida. Ganaba bien, las mujeres venían a visitarme (...). Pero apenas alguien tiene éxito surgen los envidiosos con un serrucho”.
Laiseca tiene una elogiada obra de una veintena de libros donde hay novelas, cuentos, poemas y ensayos. Sobre su obra más famosa y el conjunto de sus libros dialogamos con el siempre creativo, irónico y malicioso destacado autor argentino.
Periodista: Su novela "Los Sorias" le ha dado fama aún cuando ha llegado a muy pocos lectores.
Alberto Laiseca: Soy famoso en el underground. Fue gracias a César Aira que se publicó. Un día que Gastón Gallo, dueño de la editorial Sigmur, estaba charlando con Aira le preguntó ¿quién tiene un libro que pueda editar? Laiseca, "Los Sorias" de Laiseca, dijo Aira de modo contundente. Si bien yo venía publicando bastante seguido novelas, cuentos, poemas, los editores se resistían a las más de 1.400 páginas que tiene "Los Sorias".
P.: Se dice que es "la más larga de la literatura argentina".
A.L.: De la literatura argentina supongo que sí. Pero en la literatura mundial hay muchas, "Las mil y una noches", "En busca del tiempo perdido" de Proust, "El hombre sin atributos" de Musil, y esas sagas de diversos géneros, pero que pertenecen poco a la literatura y que no podría citar porque, querido amigo, salgo tan poco. Yo tengo una doctrina sobre que las obras deben tener el tamaño que deben tener, ni más ni menos. Por eso las cosas que tenía que decir en "Los Sorias" me llevó a decirlo en más de 1.400 páginas.
P.: ¿Cómo ve a "Los Sorias" a 16 años de la primera edición?
A.L.: Es mi obra maestra por excelencia, lo cual no impide que el resto de mis obras también sean obras maestras. En realidad no puedo decir con precisión cuántos años me llevó porque hubo tres pre "Los Sorias" que tiré a la basura porque no me gustaban. Así que empecé de cero la cuarta vez, y ésa es la que se ha publicado.
P.: ¿Cómo se le ocurre contar de unas dictaduras que se repartieron el mundo?
A.L.: Fabriqué esos mundos porque siempre me interesó el poder y cómo usarlo. También el amor, y sus cosas. En "Los Sorias" partí de esa base, el mundo dividido en tres: Sorias, Tecnocracia y la Unión Soviética. Después de eso, la caída de la unión Soviética se debió a mí. Aunque en realidad en mi novela ganan los soviéticos.
P.: Se le adjudica ser el creador del "realismo delirante".
A.L.: Tengo un gran respeto por el realismo. Escribía Oscar Wilde: dicen que mi novela, refiriéndose a "El retrato de Dorian Gray", es excesivamente paradojal, lo admito, es muy paradojal, pero creo que a las ideas hay que verlas en la cuerda floja para ver cómo funcionan, y yo mediante paradojas lo hago. En mi caso las veo mediante el delirio, el delirio creador, no patológico, un realismo delirante que es poner la realidad en la cuerda floja. La novela "Los Sorias" está llena de delirios, pero siempre se respeta la realidad. Ya en mi primera novela, "Su turno para morir", hay numerosos delirios, una pausa fueron mis "Poemas chinos" de un absoluto clasicismo; si quiero ser clásico puedo. Un caso donde está a pleno el "realismo delirante" es en "El jardín de las máquinas parlantes", que es un poco más gordo que la mitad de "Los Sorias", donde hay máquinas que hablan, joden, atacan, defienden.
P.: ¿Cuáles considera sus mayores influencias?
A.L.: Si tengo influencias no las conozco. En su momento a Oscar Wilde lo acusaron nada menos que de plagio. James Whistler, el paisajista inglés, lo acusó de haberle copiado sus ideas. Wilde se enojó muchísimo. Y en uno de esos ensayos que escribía en forma de diálogos, dice: en los tiempos de los antiguos atenienses mucho me temo que los espíritus artísticos debían estar cansados de las acusaciones de plagio, que eran innumerables, y esas acusaciones vienen siempre de los finos y descoloridos labios de la impotencia, o bien de las grotescas bocas de quienes sin tener nada propio vociferan que han sido robados. Bueno entre quienes me influenciaron deben de estar los autores de las lecturas que me marcaron en la adolescencia, como Edgard Allan Poe. Muchas veces me pregunté qué hubiera pensado Poe de mi obra, y sé la respuesta: no le hubiera gustado. No hubiéramos podido ser amigos.
P.: En la época en que ejerció la crítica literaria solía mencionar elogiosamente a escritores que están olvidados, como S.S. Van Dine, Henry Rider Haggard o Ayn Rand.
A.L.: "La serie sangrienta o El Crimen de Greene" es una obra maestra. La primera vez que lo leí tenía unos 12 años. No hay ningún suceso fantástico o extraño, es un asesino que va matando a todos los miembros de una familia. Se sabe quién es el criminal en la última página. Los miedos que me comí con ese libro fueron tremendos. Lo opuesto sucede con "La minas del Rey Salomón" o "Ella" de Rider Haggard, dan ganas de salir a descubrir mundos. Son autores que se lanzan por el camino de las aventuras, de la imaginación en estado puro, que son el fundamento mismo de la creación.
P.: ¿Qué elige de nuestra literatura?
A.L.: Coincido con Ricardo Piglia que "El matadero" es el texto fundacional de la literatura argentina. A pesar de que lo que cuenta Echeverría desde un punto de vista histórico es falso, pero no importa, es lindo igual. Borges era demasiado frío para mi gusto, debido a su mala relación con las mujeres, y eso te quita obra. Me alegra que haya conocido a María Kodama. Muchos no la quieren, yo la quiero. Es una mujer muy agradable, muy japonesa. De Cortázar a diferencia de sus cuentos, no me gustan sus novelas. De los más cercanos los ineludibles son Aíra, Piglia, Fogwill, con el que tenía elementos narrativos en común.
P.: En sus cursos tiene de alumnos a jóvenes escritores, ¿cómo ve lo que están produciendo?
A.L.: Me interesa mucho. Muchos de los que se acercaron a mí son muy buenos. No son laisequitas. Selva Almada ha publicado cuentos maravillosos, y son cosas absolutamente de ella. Leonardo Oyola es muy bueno, empezó con policiales de grueso calibre que van más allá del policial. Sebastián Pandolfeli no entiendo cómo no se mueve para que lo publiquen, y tiene unas historias de Villa Diamante que son alucinantes. En mis clases busco estimular la creatividad proponiendo cosas que ellos nunca hubieran pensado escribir.
P.: ¿Cómo evalúa su experiencia en televisión, contando "Cuentos de terror" por I-Sat?
A.L.: Fue una de las mejores épocas de mi vida. Ganaba bien, las mujeres venían a visitarme. Estudiaba los textos, la forma de actuación para lograr el clima exacto, era un gran laburo en todo sentido. Pero apenas alguien tiene éxito surgen los envidiosos con un serrucho.
P.: Después de su "Manual sadomasoporno", ¿tiene ya un nuevo libro?
A.L.: Terminé hace poco "La puerta del viento", un proyecto que tenía desde hacía muchos años, siempre lo iba demorando, finalmente me lancé a escribirlo y lo terminé. Es sobre la Guerra de Vietnam. Un discípulo mío los está tipeando, y ya tengo editor, Mansalva. Sobre la guerra de Vietnam vengo escribiendo hace mucho, aun sin escribir. Yo me ofrecí como voluntario para esa guerra. Tuve la suerte de que no me llevaran. Era un período muy duro mío. Toda la vida he tenido miedo, y quería hacer un curso ontológico rápido: o me liquidan y vuelvo dentro de una saca verde, o me purifico. Sí, pero me iba a ir mal, sospecho. Sufrí tanto cuando no me llevaron. Hasta le mandé una carta al presidente Johnson, que nunca me contestó. Hoy digo, menos mal. Sólo a mí se me podía ocurrir ofrecerme de voluntario para la Guerra de Vietnam. Yo siempre marché a contramano.
P.: ¿Está pensando en una nueva obra?
A.L.: Tengo un tema para escribir, a sugerencia de uno de mis discípulos, la novela de Camilo Aldao, el pueblo donde pasé mi infancia, una novela delirante, por supuesto. Los camilenses si la llegan a leer me la tiran por la cabeza. El fundador del pueblo se llamaba José María Aldao, y le puso al pueblo Camilo Aldao, que era un hermano suyo, como un homenaje. Eran masones, pero medio tontos. Los masones son inteligentes, pero éstos eran masones pavotes. Cuando se funda un pueblo lo primero es poner la iglesia, el cementerio, la municipalidad, el hospital, la plaza. Los pobladores eran todos católicos, y él decía que los masones estaban peleados con la iglesia, y por eso no iba a haber iglesia. Los echaron a patadas. Y no aprendían porque fundaron varios pueblos, y en todos insistían en no poner la iglesia, y entonces los echaban, los volvían a echar, no paraban de echarlos.
Entrevista de Máximo Soto


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