31 de diciembre 2014 - 14:25

Las claves que complicaron 2014 (y amenazan 2015)

Axel Kicillof
Axel Kicillof
 Para la economía argentina, 2014 será un año inolvidable. Y probablemente, para el kirchnerismo, puede ser considerado el peor de los casi once años y medio de gestión. Tres momentos clave determinaron el año, y enturbiaron y complicaron la gestión del equipo económico de Axel Kicillof. Éste, de todas maneras, termina 2015 bastante más fortalecido que lo que se esperaba al arrancar el último trimestre. Esos momentos son la devaluación de enero, el fallo de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos en contra del país en el "juicio del siglo" contra los fondos buitre y la crisis que derivó en la salida de Juan Carlos Fábrega del Banco Central y la llegada de Alejandro Vanoli en su reemplazo. El primero fue una decisión forzada por las circunstancias que tomó Cristina de Kirchner. El segundo, un factor exógeno inesperado tanto por el Gobierno como por el sistema financiero privado nacional e internacional. El tercero fue la consecuencia inevitable de una interna política e ideológica entre los dos hombres fuertes de la economía argentina durante gran parte de este año, que tuvo un triunfador clave. El análisis de cada uno de estos mojones económicos de 2014 determinan además la forma en que el país financiero, fiscal e industrial se manejó durante el último año competo de Gobierno del kirchnerismo en el poder.

Cristina de Kirchner aceptó la sugerencia de quien en ese momento era la voz más sensata y pausada del equipo económico del país. Fue Juan Carlos Fábrega, quien luego de explicarle a la jefa de Estado la situación terminal que veía y analizaba, y sin consultar a Kicillof tomó la decisión de devaluar un 22% el peso argentino entre el miércoles 22 y el jueves 23 de enero pasado. Fue el salto más alto de la moneda local en 12 años y, de alguna manera, determinó una especie de "perdida de virginidad" para el oficialismo. Hacia delante ya no más podría decir el kirchnerismo que se trataba del Gobierno que nunca había dado una sorpresa de este tipo a la economía argentina. Para gran parte del oficialismo se trató de una medida inevitable y generó el aire cambiario y financiero necesario para que luego Kicillof pudiera ejecutar reformas económicas con cierto tiempo que sin una corrección cambiaria hubieran sido catastróficas de aplicar. Para el ministro de Economía y la gran mayoría de las voces económicas clásicas e ideológicamente más radicales del kirchnerismo, fue la peor decisión posible; tanto por el hecho de haber demolido una de las bases más firmes del "modelo" (no aplicar megadevaluaciones), sino porque en los hechos no mejoraba ninguno de los problemas que se le atribuían al retraso cambiario: la inflación, la recesión y la pérdida de competitividad de la industria local. Fábrega llevó el dólar a $ 7,41; nivel que luego fue defendido durante meses en una especie de "pax cambiaria", que duró hasta que a mediados de año el panorama cambió radicalmente para el Gobierno y condicionó, quizá para siempre, al kirchnerismo en el poder.

El 17 de junio la Argentina se conmovió. Sorpresivamente, la Corte Suprema de los Estados Unidos decidió rechazar por ocho votos negativos y una abstención, el pedido que la Argentina había hecho ante ese estrado máximo, para que se revise en apelación el fallo en contra del país de primera instancia de Thomas Griesa y de segunda instancia de tres jueces de la Cámara de Apelaciones de Nueva York. La Argentina, y los abogados que la representaban del estudio Cleary Gotlieb Steen & Hamilton (CGS&H), sabían que era una utopía que la Corte fallara en contra de lo que en primera y segunda instancia se había decidido por unanimidad: que los fondos buitre tenían razón y que el país tenía que reconocer y pagarles la deuda que los acreedores reclamaban. Lo que sorprendió tanto al Gobierno como al mercado financiero en general (al argentino y al mundial) es que el Ejecutivo norteamericano de Barack Obama no haya pedido específicamente que la Corte le pida opinión sobre el caso, y así demorar la ejecución de la sentencia al menos por seis meses más. Así, el juicio se resolvería (obviamente en contra de la Argentina) recién comenzado 015; y ya no habría temores de la aplicación de la ingrata cláusula Rights Upon Future Offers (RUFO). No pudo ser, y la Corte norteamericana demostró absoluta independencia de las cuestiones políticas y diplomáticas del Gobierno de ese país para condicionar sus decisiones. En realidad, tampoco hubo por cierto mucha voluntad desde el Gobierno de Obama para ayudar al país. A partir de este fallo de la Corte de EE.UU. se desmoronó todo el andamiaje argentino para transitar un segundo semestre de 2014 calmo y con alguna que otra posibilidad de emisión de deuda (más teniendo en cuenta que se habían ya cerrado las negociaciones con Repsol y con el Club de París); y al gobierno sólo le quedó la posibilidad de maniobrar y hacer equilibrios peligrosos (además de absolutamente nuevos para el mercado financiero internacional), para no caer en una crisis de deuda nuevamente terminal y extender las negociaciones hasta que la RUFO no pueda aplicarse. En el medio el país llegó a un nuevo default, en este caso "técnico" y a ser declarado en desacato por la Justicia norteamericana.

La crisis se extendió también al mercado cambiario y financiero, y hacia octubre la convivencia entre Axel Kicillof y Juan Carlos Fábrega era insostenible. Fue allí cuando la jefa de Estado optó por favorecer a su ministro de Economía y provocar la salida del Banco Central del hombre fuerte del sistema financiero argentino. No fue un cambio más, sino la finalización de una convicción sobre la manera de enfrentar el alza de la inflación y la presión cambiaria, cambiando cualquier visión templada por una política más radicalizada y con fuerte preeminencia ideológica sobre las causas de la presión sobre el dólar y el alza de los precios. El nuevo presidente del Central se concentró en dos políticas: presionar al mercado cambiario con todas las herramientas y armas disponibles para bajar la brecha entre el dólar "blue" y el oficial, que en algún momento amenazó con superar el 80%, y negociar a destajo la llegada de divisas para fortalecer las reservas. Hay que decir que Vanoli, al menos ante los ojos oficiales, logró su objetivo. Pudo abrir las puertas del BCRA a unos u$s 5.000 millones provenientes del "swap" chino, un plan de ayuda del Central francés, las licitaciones de la telefonía 4-G y un acuerdo con cerealeros para adelantar liquidaciones de soja correspondientes al ejercicio 2015. Para muchos críticos se trató sólo de una mezcla de policía cambiaria, que nunca dio resultados en la historia financiera del país, y el adelantamiento de la llegada de dólares cuya falta se sufrirá el año próximo. Lo cierto es que a los ojos oficiales, 2015 termina mejor que lo esperado. Y la orden de Cristina de Kirchner, ante un año electoral, es no tener que enfrentar en 2015 las mismas tres circunstancias que la complicaron severamente durante este año.

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