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Liddell: feroz puja cuerpo y espíritu
Desconcertó y hasta enojó a parte del público, el espectáculo que trajo al FIBA Angélica Liddell, una actriz que se quema, se corta y flirtea con un caballo en escena para protestar contra el machismo y la misoginia.
Su paso por el Festival Internacional de Teatro, con el unipersonal «Yo no soy bonita», no dejó a nadie indiferente. Algunos reprobaron su feminismo salvaje y «victimizado» o creyeron descubrir en su rabia y su dolor un «regodeo» casi perverso.
Otros vieron en ella una variante femenina de Fernando Peña (Liddell también muestra sus nalgas y genitales como acto de protesta) y hasta hubo quienes abandonaron la Sala Casacuberta indignados ante su flirteo con un caballo (presente en escena) al que ella misma definió como el único ser digno de ser amado, a falta de hombres puros.
Los insultos contra el género masculino alternaron con textos poéticos y dolientes, acompañados de tragos de cerveza, rotura de botellas, proyecciones y videos (una constante de este festival, junto con los micrófonos de mano).
El tono entre autorreferencial y narcisista que cultiva la intérprete tiende a debilitar la dimensión social de su denuncia. Pero hay algo en su accionar que conmueve y desconcierta. Y no es por quemarse la mano con leche recién hervida o por rasgarse la piel con una hojita de afeitar; se trata de algo más profundo, una feroz puja entre el cuerpo y el espíritu que la actriz monta en escena con absoluta honestidad (y verosimilitud).
Liddell es fiel a sus convicciones dentro y fuera del escenario. Así lo pudieron comprobar quienes asistieron, el lunes pasado, por la mañana, al reportaje público que coordinó Emilio García Wehbi (ex Periférico de Objetos y reconocido director teatral, régisseur, performer, artista visual y docente).
La entrevista fue una suma de desencuentros. El aporte erudito de García Wehbi, con citas a Deleuze, alusiones al teatro de la crueldad de Artaud, y la clara intención de ubicar el trabajo de Liddell en determinada corriente escénica o performática chocaron contra las convicciones de la artista española, quien ha basado su carrera en «una dramaturgia del dolor». Según explicó, su objetivo es provocar al público con un gesto político, mostrando los aspectos más enfermos de la realidad contemporánea (sexo, muerte, locura, los horrores de la guerra, los niños-soldados) y transformando sus vivencias más íntimas en algo artístico. «Yo trabajo generando conflictos inmorales para que el espectador llegue a conclusiones morales; pero eso muchas veces genera rechazo porque lo toman literalmente. Para mí la trasgresión no está asociada con el escándalo sino con las profundas conmociones del espíritu».
Finalmente el público pidió a gritos que lo dejaran intervenir y Liddell pudo responder con mayor soltura a panegiristas y detractores. Varias mujeres se declararon conmovidas por su obra, entre ellas la dramaturga y directora Susana Torres Molina quien manifestó que hacía tiempo que no sentía esa dimensión de peligro en un escenario.
«No tengo una relación masoquista con el dolor o con el sufrimiento» -aclaró la artista. «Hablar del dolor y sufrimiento me parece revolucionario porque nos permite reflexionar sobre muchas cosas, para mí es una batalla contra la banalidad y vulgaridad del mundo».
Otras mujeres bravas subirán a escena en las próximas funciones del FIBA. Entre ellas, «La amante fascista» (Teatro Margarita Xirgu) hace foco en la dictadura chilena a través del testimonio de una mujer trastornada (rol a cargo de la actriz Paulina Urrutia) convertida en amante de un oficial de alto rango. El doble programa «Villa + Discurso», del talentoso director chileno Guillermo Calderón, incluirá un supuesto monólogo de la ex presidenta Michelle Bachelet a cargo de tres actrices (Ex Centro Clandestino de Detención Virrey Ceballos) y el sábado próximo debutará una Medea africana con elenco de Burkina Fasso.


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