Aunque la rica gestualidad de los actores de «Comunidad» arranque carcajadas, la comicidad es sólo una vía de escape para encauzar la angustia que destila el lacónico texto de Kafka.
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«Comunidad» inspirada en el cuento homónimo de F. Kafka. Dramaturgia y Dir.: C.Adamovsky. Int.: F.Bril, F.Civit, D.Levín, G.Martínez, J.Rodríguez y A.Zingman. Vest.: C.Zuvialde. Dis.Ilum.: G.Córdova. (Sala «Beckett»)
Seis individuos de impecable traje gris reciben al público ubicados en hilera, hombro con hombro, para luego intercambiar entre ellos miradas furtivas, guiños de complicidad, cuchicheos, risas, señales de alarma, alguna que otra palabra suelta. Son remedos de conversaciones que sugieren un amplio espectro de emociones. No hay necesidad de dilucidar sus contenidos, sólo hay que estar atento a la rica gestualidad de sus intérpretes.
Al principio la acción se demora, pero pasados los primeros diez minutos la energía crece y surgen continuos puntos de tensión.
La elegancia discretamente uniformada de estos personajes lleva a pensar en un grupo de trabajo. Hay cierta camaradería entre ellos y también un alto grado de rivalidad encauzado, según parece, en un apasionado intercambio de ideas.
Mediante acciones mínimas y códigos de comunicación muy básicos, la hilera de hombres empieza a generar múltiples asociaciones en el espectador. Sobre todo cuando uno de ellos lanza una risa a destiempo provocando el desprecio de sus compañeros y la inmediata expulsión del grupo. De allí en más le harán la vida imposible. Aún así, el excluido seguirá empeñado en que lo acepten a riesgo de perder identidad.
No hay que ser muy psicologista para descubrir, en las idas y vueltas de esta historia muda, los conflictos de relación que afectan a cualquier ser humano, ya sea dentro de su familia, en el trabajo, o en cualquier vínculo social que emprenda. Se trata, en definitiva, de experiencias universales, de las que seguramente nadie está exento, salvo que tenga mala memoria.
Por más que buena parte del público ría a carcajadas ante la elocuente mímica de los intérpretes, y que la directora Carolina Adamovsky los haya hecho jugar con pompas de jabón y revólveres en miniatura, la comicidad es apenas un canal para encauzar la angustia que flota en el aire. «Comunidad» muestra, por un lado, lo absurdo y patético que puede resultar nuestro espíritu gregario, y por otro, el terror que sigue provocando, a nivel social, todo aquel que se sale de la raya.
Terminada la función cada espectador recibe con el programa el brevísimo cuento que dio origen a este montaje. El texto de Kafka es magnífico, golpea el doble con su laconismo, y desde ya se agradece como bonus track.
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