20 de octubre 2011 - 00:00

Lo que Moyano no aprendió de Grondona

Julio Humberto Grondona
Julio Humberto Grondona
Hugo Moyano es un experto sobreviviente: atravesó los 70 -etapa que lo persigue judicialmente por sus vínculos-, usó los 80 para expandir su influencia en Camioneros, desafió a Menem en los 90 y trepó, aliado a Néstor Kirchner, a la cima de la CGT en la década pasada.

Su primera aproximación al poder sindical, in crescendo, se remonta a los días en que Julio Humberto Grondona fue coronado en la AFA. Pero la despedida del camionero puede precipitarse antes de que el mandamás del fútbol se retire, como sugieren en Gobierno, o sea expulsado.

En más de 30 años de jefatura ininterrumpida, Grondona se amoldó a los mandos sucesivos, resistió con destreza las conspiraciones para voltearlo y, sobre todo, interpretó la naturaleza esencial de su permanencia: soldó un pacto con los demás dueños del fútbol. Esta última enseñanza es una de las condenas de Moyano. El camionero jamás consiguió enhebrar un esquema de «coparticipación» del poder y de sus beneficios que le sirva para construir un frente interno que lo vuelva inmune a los antojos del afuera.

Es verdad que Moyano tiene pares, que su poderío -aunque monumental- no es el único en el planeta sindical. Pero lo mismo le ocurrió a Lorenzo Miguel y, a pesar de eso, se mantuvo en el centro de la escena del gremialismo durante casi tres décadas.

Sus impulsos, que un ministro calificó de «torpeza», lo empujaron a un sitio indeseado: arrancó, apenas jurada Cristina de Kirchner, con un acto en el que amenazó con llenar la Plaza de Mayo con trabajadores con el objetivo de convertir a un trabajador en presidente.

Fue un pésimo debut en su vínculo con la mandataria que nunca se reparó a pesar de que la relación personal entre Cristina y Moyano fue anterior a la del camionero con Kirchner. Como diputada, había respaldado las denuncias de Moyano por la reforma laboral.

El jefe de la CGT cometió el error de leer la interrelación con la mandataria en clave personal. No dimensionó que la cerrazón en torno a la Presidente tras la muerte de Kirchner no fue sólo para él sino que se extendió a la gran mayoría de los jefes del peronismo.

Un ejemplo. Daniel Scioli, posiblemente el principal socio electoral de la Casa Rosada, tuvo que esperar varios días a cruzarse en un acto con la presidente para invitarla un acto en el Estadio Unico. Ella rechazó el convite y el gobernador volteó el show.

Grondona jamás tuvo esos pruritos. Asumió con naturalidad la intermediación de Carlos Zannini, sin reclamar un diálogo mano a mano con la Presidente, y se esmeró por construir una convivencia pacífica y amable con las otras dos figuras K ligadas al fútbol: Aníbal Fernández y Gabriel Mariotto.

Moyano hizo todo lo contrario. Destrató a Zannini, redujo al mínimo su intermediación a través de Carlos Tomada y consideró el silencio de Cristina de Kirchner como una afrenta y una señal de futuras traiciones, sospecha que retroalimentó con episodios como el sigiloso paso del exhorto suizo por Cancillería.

Pero, en paralelo, rompió todos los puentes con los demás jefes gremiales. La consecuencia de ese aislamiento, producto de su impericia o de una decisión premeditada, es otro diseño de sucederlo al frente de la CGT ante la ostensible tensión entre Moyano y la Casa Rosada.

El camionero se convirtió en el único cacique peronista que en público desafía sistemáticamente a Cristina. En el lenguaje de los Kirchner.

Pablo Ibañez

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