22 de septiembre 2011 - 00:00

Lohengrin viajó en cisne negro

No tuvo suerte Elsa con su Lohengrin. El tenor John Horton-Murray tuvo una inamovible tendencia a la calatura y un cansancio vocal ostensible.
No tuvo suerte Elsa con su Lohengrin. El tenor John Horton-Murray tuvo una inamovible tendencia a la calatura y un cansancio vocal ostensible.
«Lohengrin», ópera romántica en tres actos. Música y libreto: Richard Wagner. Coro y Orquesta del Teatro Colón. Puesta en escena, escenografía e iluminación: R. Oswald. Dirección musical: I. Levin. (Teatro Colón, 20 de septiembre). 

«Lohengrin», título presente en esa sala desde 1909, regresó al Teatro Colón. El gran drama romántico inspirado en leyendas medievales es una de las obras más perfectas y populares de Richard Wagner, y su presencia convoca hoy tanto a las nuevas generaciones como a las que, fieles a la noble tradición wagneriana del primer coliseo, han visto pasar por su escenario a algunos de los más grandes cantantes de esa estirpe, lo que genera comparaciones tan odiosas como inevitables.

Coherente con su credo estético, Roberto Oswald trazó un entorno escenográfico bello y con pocos elementos corpóreos esta vez (columnas ornamentadas, un panel a modo de vitral, un pórtico para la Catedral de Amberes, etcétera). Logró crear los espacios, apoyado en un trabajo de iluminación importante y también en las nuevas tecnologías, que le permitieron una poética imagen lejana del famoso cisne. Con toques futuristas, el vestuario de Aníbal Lápiz fue coherente con la propuesta y completó la prolijidad visual de la versión.

Menos eficaz fue el aspecto dramático, en especial el estatismo de ciertas escenas (difíciles de «remontar» ya de por sí, como los diálogos entre Friedrich y Ortrud, y luego entre Ortrud y Elsa). Desde el podio, Ira Levin coordinó con mano segura las numerosas fuerzas intervinientes y contuvo el sonido del foso. Excepción hecha del maravilloso Preludio inicial, que no tuvo la sutileza sonora esperable, la Orquesta Estable mostró muy buen rendimiento, mientras que la banda interna sobresalió en todas sus intervenciones, al igual que el Coro Estable, preparado por Peter Burian y numerosamente reforzado en las cuerdas masculinas.

El elenco fue sin dudas el aspecto más polémico de esta versión, en especial por dos de las figuras invitadas, que no cumplieron con las expectativas. Gran decepción causó el tenor John Horton-Murray, con una inamovible tendencia a la calatura y un cansancio vocal ostensible en la última escena; no menos sorprendente fue su actitud corporal «nonchalante», alejada del prototipo del héroe wagneriano (que quitó toda credibilidad a su actuación) y la constante -e inexplicable- inclinación de su torso hacia atrás, lo cual haya sido probablemente el origen de gran parte de sus dificultades de emisión. Al final, recibió abucheos. Tampoco fue la mejor noche de la mezzo Janina Baechle, mucho más convincente en la personificación de su Ortrud, pero de agudos ríspidos y tirantes.

Afortunadamente la danesa Ann Petersen, de voz caudalosa y pareja, aportó como Elsa gran musicalidad y una entrega actoral conmovedora, ayudada por un «physique-du-rôle» ideal. Por su parte el barítono James Johnson y el bajo Kurt Rydl completaron los papeles principales con labores notables. Los argentinos, desde el muy solvente Heraldo de Gustavo Feulien hasta las afinadísimas Doncellas, pasando por los cuatro Nobles de gran prestancia vocal y escénica, fueron un puntal de esta producción de enormes méritos que hubiera merecido un caballero del cisne mucho más a la altura de las circunstancias.

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