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Los astros se alinean para la Fed
Se puede discutir si la situación califica como una "mejoría sustancial de las condiciones laborales" que es el propósito original que se enunció para justificar el QE3, pero lo cierto es que no se observan las señales de debilidad que tanto se temían. No hay atasco en el mercado de trabajo. Desde marzo de 2012, la economía crea ocupación a una tasa anualizada que fluctúa entre el 1,5% y el 1,8%. La contribución del sector privado corre uniforme a un ritmo del 2%. Las oscilaciones de la serie deben cargarse a la cuenta del sector público, que desde 2010 sistemáticamente destruye posiciones, pero lo hace de modo errático. Si la Fed da por bueno el parte laboral de junio (con sus revisiones), hay que admitir que ya obra en su poder la evidencia básica que necesitaba para levantar el pie del acelerador del QE3. Ausente el fantasma de la fragilidad laboral, la hipótesis que planteó Ben Bernanke -comenzar a quitarle potencia al QE3 "hacia fines de año"- está lista para ser ejecutada. Se favorecería así la estrategia de aumentar la volatilidad de los mercados ahora y evitar una turbulencia mayor el año próximo cuando también haya que digerir el probable retiro de Bernanke a fines de enero y la incertidumbre asociada a un nuevo comando.
La Fed hizo los deberes. Ya nos avisó sus intenciones. Con el globo de ensayo que instaló puede calibrar los efectos del anuncio y probar la solidez del terreno a rastrillar. Y ahora puso sobre la mesa la evidencia de una economía que -sin deslumbrar- luce capaz de soportar un eventual cimbronazo. El próximo paso es elegir la fecha para su intervención. ¿Tocará a fin de mes? ¿O en la reunión de septiembre? Urgencias no hay. Como lo dijo Bill Dudley, de la Fed de Nueva York, el banco central se está anticipando. De hecho, no satisface aún sus objetivos de empleo e inflación. La desocupación es muy alta; la inflación es muy baja. Pero pese a ello quiere reducirle los decibeles al QE3. Y si bien ya se hizo el grueso de la inversión para mentalizar a los mercados sobre el cambio de sintonía, ejecutarlo en 20 días luce demasiado inminente. La Fed no quiere sorpresas: las expectativas confluyen sobre septiembre, y no ha tratado de corregirlas. La gran ventaja de estirarse un par de meses es que dicho cónclave remata en la tribuna de una conferencia de prensa en la que Bernanke explicaría la movida con lujo de detalles. Y no hay que olvidar que, días antes, la conferencia de Jackson Hole puede servir para lanzar una virtual avant premier, como se hizo con el QE2 en 2010. Sólo que esta vez Bernanke no asistirá. ¿Casualidad o calculado golpe de efecto? Hablará Janet Yellen, la número dos de la Fed, y la favorita a reemplazarlo. Si dos papas escriben una encíclica a cuatro manos, la operación ocaso del QE3 bien puede llevar un sello compartido.
¿Cómo sería el QE3 rectificado? No rebajará las compras de títulos hipotecarios; sí las de bonos del Tesoro. La reducción no excederá los 20 mil millones de dólares (probablemente sea inferior) y durará hasta, al menos, la siguiente reunión. ¿Cuán grave sería su efecto impacto? Mucho menor que el vendaval que estamos enfrentando. Dado el anuncio, los mercados también se anticipan. Y las consecuencias de la revisión se sienten con creces mucho antes que se concrete la decisión. La exageración cunde: la idea no es cancelar el estímulo, sino recortarlo en el margen y, hoy en día, lo que rige es una contracción brusca de las condiciones financieras. La Fed compra bonos, pero los mercados mundiales venden muchos más. De ahí la suba de las tasas largas y la caída de cotizaciones. En el corto plazo, la Fed no puede -o no desea- interferir con el rápido cambio de portafolios. Cuando Bernanke mueva el alfil, el reacomodamiento debería estar consumado.


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