20 de abril 2010 - 00:00

“Los narcos mueren pero el negocio sigue intacto”

Sebastián Marroquín, hijo del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria: «Mi padre es un mito popular, algunos le rezan, otros conservan su foto o un muñequito con su imagen. La película también quiere ser una advertencia a quienes buscan imitarlo».
Sebastián Marroquín, hijo del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria: «Mi padre es un mito popular, algunos le rezan, otros conservan su foto o un muñequito con su imagen. La película también quiere ser una advertencia a quienes buscan imitarlo».
¿Existe el delito de parentesco? Sebastián Marroquín lo dice claramente: «Mi hermanita fue presa cuando apenas tenía un año de vida. No sabía hablar y ya estaba detenida y maltratada por la autoridad. Le llevó años digerir tal indefensión. Nuestra lucha ha sido protegerla de esta historia». La historia de los Marroquín, cuando todavía se llamaban Escobar. La que él mismo cuenta en el film «Pecados de mi padre», vida y muerte del más poderoso narcotraficante colombiano, Pablo Escobar Gaviria, que se estrena pasado mañana.

Periodista: ¿Cómo aceptó protagonizar este documental, que ya ha causado admiración en el Sundance, Mar del Plata, Colombia y media España?

Sebastián Marroquín: Por casualidad la madre del director, Nicolás Entel, era profesora de mi esposa y mi madre. Él fue contactado para hacer algo sobre mi padre, y sugirió hacerlo desde la perspectiva de los hijos, tanto la mía, como la de los hijos de sus mayores víctimas, el ministro de Justicia Luis Carlos Galán y el candidato a presidente Rodrigo Lara Bonilla, a quienes papá mandó matar. Me pareció que sería algo equilibrado. Tardé en aceptar, pero sentí que debía compartir las muchas lecciones que me dio la vida. Entel fue paciente. Fueron cinco años de ir tomando confianza mutua para contar historias de mucho dolor, muchas víctimas. Hasta que decidí escribir una carta a los hijos de Lara y Galán. Primero vino Rodrigo Lara hijo, en un acto de generosidad y mucha valentía, porque en Colombia es estrategia habitual invitar a conferencias que terminan en secuestro. Luego yo me animé a ir, con unos dolores abdominales que no puedo explicar, para encontrarme con él y los tres hijos de Galán.

Encuentro

P.: ¿Cómo fue ese encuentro?

S.M.: Estaban bien dispuestos para el diálogo. No digo que ahora salgamos juntos por los bares, sino que transitamos más tranquilos por la vida. Sigo comunicado, sobre todo con Lara. Volví en diciembre, acompañando el estreno de la película. Para mi sorpresa, a la salida del cine mucha gente me abrazaba, diciéndome «Colombia te quiere», «Colombia te respeta», y luego leí columnas de derecha e izquierda elogiando nuestra decisión de buscar un camino alternativo a la violencia hereditaria, de decir «hasta acá llegamos, no debemos seguir el legado funesto de generaciones anteriores». Porque nunca nadie nos conoció realmente, nos metían a todos en la misma bolsa.

P.: Sólo fuera del país usted pudo mostrar que era otro.

S.M.: Quería ser otro. Pero allá no podía ni estudiar. Libertad de andar nunca la había tenido. Siempre aislado de la realidad, primero con miles de aduladores y protectores entre mi persona y el mundo, luego oculto con mamá y mi hermanita. Tras la muerte de papá, queríamos irnos y no nos dejaban. Luego de muchas negociaciones con la Fiscalía decidimos cambiar nuestros nombres y perdernos en Mozambique, para evitar que nos mataran sólo por el delito de parentesco. Pero en Mozambique no podíamos hacer nada. Y como en la escala que hicimos en Ezeiza nos habían dado visa por tres meses, nos dijimos «al menos allá tendremos tres meses para pensar qué hacer con nuestras vidas». Así nos quedamos, hace ya 16 años. Aproveché a estudiar desenfrenadamente, me recibí de arquitecto, hice mi vida.

P.: Junto a su esposa.

S.M.: Un regalo de Dios, una mujer con corazón de oro y nervios de acero, que dejó todo para subirse conmigo a un avión en llamas, porque cuando nos pusimos de novios el imperio de mi padre ya estaba siendo carcomido por sus amigos y bombardeado por un poder superior al suyo.

P.: ¿A qué edad se pusieron de novios?

S.M.: Yo tenía 13, pero parecía mucho más grande. Para sobrevivir debí crecer aceleradamente. La edad del ganso la tiro para más adelante.

P.: ¿Qué extraña de todo aquello?

S.M.: Los desayunos con mucha variedad de frutas, las arepas, la familia.

Contrastes

P.: Toda persona tiene su parte buena y su parte mala. ¿Cuál es la parte buena que heredó de su padre?

S.M.: Ese amor a la familia, que le causó la muerte, porque le rastrearon las llamadas. Y creo que la sensibilidad hacia los olvidados, los obligados a vivir en la ignorancia, manipulados por los gobiernos. Él quería ser presidente, y quizás hubiera sido bueno para los pobres. Lo hacía feliz ayudarlos, con su «fábrica de millonarios», sin advertir el error de esa fábrica, que también era de muerte. Papá salió literalmente del fango. «Aprovecha que tienes desodorante y crema dental, yo a tu edad no los tenía». A su entierro asistieron espontáneamente más de 10.000 personas. Hoy es un mito popular, algunos le rezan, otros conservan su foto, o un muñequito con su imagen. La película también quiere ser una advertencia a quienes buscan imitarlo, y ambicionan un futuro a través del delito.

P.: ¿Qué se hace contra el narcotráfico?

S.M.: Mi padre dominaba el 80% del negocio. Una vez muerto, nada se modificó. Ninguna nariz norteamericana se quedó sin polvo. Pero los gobiernos tienen obligación de educar. Este es un problema de Educación y Salud Pública, y estamos llevando misiles donde debería haber médicos y educadores, para erradicar el consumo. Sin consumo no hay tráfico. Pero sin tráfico, no habría otro negocio: la venta de armas. Podemos inferir quiénes las fabrican. Y podemos entender que una fábrica de EE.UU. pierda una pistola, pero no 50.000 fusiles. Es un círculo de hipocresía, muy lucrativo. ¿Lo soluciona la legalización? No lo sé. Mi única certeza es que ya perdimos la cuenta de organizaciones desbaratadas y capos muertos, pero el narcotráfico sigue creciendo exponencialmente. Y tengo otra certeza: la droga y la supuesta lucha contra la droga dejan muchos huérfanos, y muchas viudas. Los Lara plantean debatir el consumo, pero el negocio de la guerra contra los narcos es demasiado lucrativo.

P.: Última pregunta, más liviana. ¿Por qué eligió el nombre de Sebastián Marroquín?

S.M.: Un día la Fiscalía Nacional de Colombia propuso autorizarnos a salir con otra identidad, y nos dio sólo diez minutos para cambiar nuestros nombres. Buscamos en la guía telefónica el que tuviera menos connotaciones mafiosas. Y Juan Valdez ya estaba ocu

Entrevista de Paraná Sendrós

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