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“Los pianistas de hoy están perdiendo el sonido personal”
Sergio Tiempo: «Hoy en día todo es intercambiable, los directores no suelen trabajar muchos años con la misma orquesta, y así es imposible que haya un sonido característico».
Periodista: ¿Cómo es su historia personal con este concierto?
Sergio Tiempo: Empieza cuando escuché por primera vez la grabación de Martha Argerich del tercer concierto de Prokofiev, que tenía también el de Ravel. Yo tendría 10 años, y estaba tan enamorado de Prokofiev, de Martha, que escuchaba el disco día y noche, y desde entonces lo tengo metido muy profundamente. Lo empecé a tocar cuando tendría 18 años, creo. Es una obra que amo, tan jazzística y espontánea y al mismo tiempo tan inteligente. También toqué mucho el «Concierto para la mano izquierda», que es una de las que más me gustan de todo el repertorio, donde también hay elementos de Gershwin, del jazz... Aquí hay hasta elementos folklóricos vascos, una mezcla maravillosa. No voy a explicar ahora la obra porque no soy musicólogo: la voy a explicar cuando la toque.
P.: ¿Piensa que un intérprete debe conocer la vida de los autores cuyas obras va a tocar, o las circunstancias en las que nacieron esas partituras?
S.T.: Es importante a posteriori. Creo fundamental que las obras existan incluso independientemente de su creador, porque eso las hace grandes. A veces una creación es tan grande que el mismo autor no puede aprehenderla, y eso hace que uno siempre pueda tocarla y seguir descubriéndola, y que esté vivas. Lo relativo a la vida del compositor es interesantísimo porque permite entender ciertas motivaciones o estados de ánimo al momento de escribirlas, pero eso no modifica en absoluto el valor de la obra ni su contenido. Es más una curiosidad arqueológica que artística.
P.: ¿Cuál es su metodología para abordar una obra nueva?
S.T.: No tengo un método, lo cual a veces me resulta un problema, pero depende de cómo me haya llegado la obra. Si me pidieron tocarla y nunca la escuché antes, me gusta empezar a mirarla sin escucharla, después explorar distintas grabaciones, pero hay otras que tengo tan incorporadas porque las escuché millones de veces por distintas personas, en ese caso intento olvidarme de esas versiones para poder escuchar lo que tengo ganas de decir. Y cada vez que retomo una obra, por mucho que la haya tocado, me gusta hacerlo como si fuera la primera vez, como si la estuviera aprendiendo aún. Eso es hermoso, porque uno se deja sorprender por la música.
P.: ¿Siente que cada pianista debe buscar un sonido personal o el sonido debe adaptarse a cada estilo?
S.T.: Yo quisiera que todos los pianistas tuvieran un sonido personal, y desafortunadamente no es así. Cuando uno escucha grabaciones de Rachmaninov, Hoffmann, Guinsburg, Rubinstein, Gieseking, Cortot, ve que cada uno tenía su propio universo, su forma inconfundible de hacer y encarar la música. Después eso se perdió, cosa que me entristece, tal vez por la proliferación de concursos y cierta estandarización, porque para comparar uno con otro es necesario que sean lo mismo. Hasta ese momento eran todos incomparables, no había uno mejor que el otro. No es que hoy no haya músicos maravillosos que conservan una subjetividad que creo importantísima, pero aquella explosión nunca se volvió a ver. En otras épocas lo que importaba no era lo que se descubría o se encontraba, sino lo que se buscaba; hoy una vez que uno encontró algo no hace falta seguir buscando. Pasa también con las orquestas: antes los directores trabajaban años con cada una y se podía tener un sonido único y propio; hoy en día todo es intercambiable, y así es imposible que haya un sonido característico. Tal vez lo que falta es directores estables dentro de los pianistas.
Entrevista de Margarita Pollini


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