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“Los viajes valen por las experiencias que nos dejan”
«Llega un momento en que el viajero, cuando ve una capilla, recuerda todas las que vio en su vida», explica O’Donnell.
Pacho O'Donnell: Viví un exilio largo, lo que me ha quitado el placer de irme, más bien tengo placer de estar, de quedarme. Eso cambió bastante mi relación con los viajes. Viajo sólo cuando algo me atrae muy particularmente y, sobre todo, cuando tengo algo que hacer. El viaje ya no es el simple mirar, que lo he hecho mucho. Hay un momento en la vida en que los lugares nos recuerdan otros lugares, acaso porque en esencia se ha visto todo. Una buena iglesia románica trae a la memoria todas las iglesias románicas que se han visto. Además, están mis enfermedades. Tengo una insuficiencia cardíaca severa que me tiene bastante limitado, además de otras enfermedades del alma... del almanaque. Pero hay viajes que son especialmente significativos para mi historia.
P.O'D.: Los viajes a veranear en Mar del Plata, donde íbamos padre y madre y los tres hermanos: Guillermo, Alejandro y yo; por ese tiempo eran de tres meses y se preparaban mucho. Se mandaban libros, muebles, vajilla, ropa en camión de mudanzas. Mi padre no iba a más de 70, consideraba que era la velocidad máxima. Y Mar del Plata era lejísimo. En la adolescencia hice viajes de aventuras, de mochilero, sobre todo hacia el Norte, hacia Bolivia y Perú. Fueron viajes muy constructores para mí. Se parecen en cierto punto a los que hizo el Che. En esa época eran bastante comunes. Eran viajes iniciatorios que hacían pasar de la adolescencia a la adultez. Esos viajes, después, se vieron muy dificultados por la aparición de la guerrilla y de la violencia. El desafío era hacerlos sin dinero. El dedo funcionaba, de inmediato paraba alguien para llevarte. Se dormía en una iglesia, en una comisaría, donde dejaran tirar la bolsa de dormir. Se sumaban experiencias. Pero eran otros tiempos, menos amenazantes.
P.O'D.: Cuando conseguí una beca de la Universidad de Roma, y tuve un año de hippismo absoluto. Atendí muy poco a las exigencias del becario, pero fue una etapa muy libre que me permitió resolver muchas circunstancias personales, entre ellas mi demora sexual; había tenido algunas experiencias previas complicadas. En ese viaje tuve dos romances que me introdujeron en el mundo de la sexualidad. Uno con una francesa, otro con una italiana. Con un amigo norteamericano recorrimos en moto casi toda Europa. Fue una experiencia fantástica. Ahí fui una especie de secretario ad honorem de Miguel Angel Asturias, que estaba exiliado en Roma, y enfermo de los riñones; había tomado esa enfermedad en una cárcel argentina, porque uno de nuestros honores es haber tenido a ese Premio Nobel preso, luego de una redada anticomunista, creo que en la época de Guido. Recuerdo que mientras Castagnino pintaba a Asturias en Roma, yo estaba ahí. Castagnino me dio uno de los bocetos que había hecho, que tengo enmarcado en mi casa de Pilar.
P.O'D.: Cuando termino el colegio secundario tengo una absoluta confusión. Pensé en ser arquitecto. Estudié medicina, desde una interpretación psicologista, porque mi padre era médico, y yo tenía una gran dificultad de comunicación con él. La fantasía era que si estudiaba medicina iba a poder acercarme al campo de mi padre, porque yo aún no había podido salir del campo de mi madre. Pero eso no sirvió, lo que sirvió fue la longevidad. Al final pudimos conversar, estar más cerca. Estudié medicina sin excesiva vocación y con un claro rechazo a las urgencias. Cuando me recibí busqué la especialidad más romántica, menos médica, el psicoanálisis. Además, yo era muy neurótico, y el psicoanálisis aparecía como proyecto de curación personal. Si creo en el psicoanálisis, es porque a mí me hizo bien. A Roma fui inmediatamente después de haberme recibido. La beca fue para estudiar sociología médica.
P.: Después de eso, ¿cuáles tiene como grandes destinos?
P.O'D.: Más que viajes, fueron dos experiencias que guardo como las más interesantes. Una fue el periplo que hice entre 2001 y 2003 para escribir el libro sobre el Che. Recorrí Cuba, Francia, Ecuador, Argentina y Bolivia. La parte boliviana fue la más impactante porque estaba inexplorada por los biógrafos de Guevara, que hicieron biografías muy centradas en la etapa cubana. Yo busqué el comienzo y el final de la vida del Che. El viaje me llevó a la iglesita donde lo mataron, a conversar con gente que estuvo en ese momento, que lo conoció, la maestra que conversó con él. Soy el único biógrafo que estuvo con el sargento Terán, el asesino de Guevara. Los militares, que recordaban cuando yo había sido embajador en Bolivia, pensaban que mi visión no iba a ser crítica de ellos, y me trajeron a Terán, que vive en la clandestinidad, que no se deja ver. La condición era: un apretón de manos, no hablar del tema y no sacar fotos. Para mí fue comprobar que ese pobre hombre había sido un instrumento del destino. Fue un viaje muy fascinante.
P.: ¿Cuál fue el otro gran viaje?
P.O'D.: Podría hablar de mi viaje por Japón, pero otra gran experiencia la tuve cerca. Un día estaba leyendo el suplemento literario de un diario y vi un aviso muy chiquitito de la Universidad del Comahue sobre incorporaciones a la división paleontológica. Resulta que como no tienen fondos para desenterrar dinosaurios, habían decidido incorporar diez personas que pagaran un fee muy básico por vivir la experiencia del desenterramiento de un dinosaurio, con una participación real, activa. Yo fui con mi hijo mayor, Juan Manuel, a Rincón de los Sauces (que ahora es un lugar turístico), en Chubut, a sacar uno que estaba medio desenterrado. Trabajábamos con los técnicos, que nos enseñaban cómo hacerlo. Emociona ver salir a la luz esos restos que tienen millones de años, y que alguna vez habitaron esa zona.
P.: Cómo ministro de Cultura, secretario de Cultura, embajador, senador nacional, ¿tuvo viajes que aún recuerda?
P.O'D.: En España fui ministro plenipotenciario, y en gran medida llevé la conducción de la embajada con bastante relieve. Madrid es un lugar poblado de gente de afuera y eso le da un especial atractivo, además sus alrededores la hacen muy bella. España ha tenido un desarrollo fenomenal. Tiene una buena clase política, un buen rey. Es un país bastante honesto, bien organizado, riguroso, jerarquizado (eso le viene de la época de Franco), muy alemán en eso. Ahora dicen que están en crisis, crisis son las nuestras. Bueno, después fui embajador en Panamá y en Bolivia. Panamá me dio el trópico, el Caribe, fue placentero para pensar. Y la de Bolivia fue una embajada muy importante. Es un país limítrofe, complicado por la inmigración, el narcotráfico, el Mercosur. Estuve, además, en el momento de las privatizaciones en nuestro país, que hizo que Sánchez Losada pasara a tener que negociar el gas con Pérez Companc. Para mí Bolivia siempre ha sido un país importante, atrayente; mi primer libro histórico es sobre Juana Azurduy, lo planeo y lo escribo siendo embajador allí. Cuando la intelectualidad argentina miraba a París, yo miraba a Bolivia, ir allí en la adolescencia fue moldeador.
Interesante
P.: Estuvo en Japón, ¿cómo fue?
P.O'D.: Me incluyeron, eran tiempos de De la Rúa, en una Delegación de Wisemans (sabios), que era un intercambio entre la Argentina y Japón. Conocimos representantes de la industria, la ciencia y la cultura. Fue un viaje interesante, pero no de los conmovedores. Y entre los interesantes está el de la India.
P.: ¿Fue a ver a algún gurú?
P.O'D.: No (ríe), fui a la India real con un guía y salí de todo circuito turístico. Me llevó a una casa muy derruida donde había dos santones jainistas, despojados, desnudos. Una parte de la religión hindú trata del desapego, es la idea de que uno es feliz porque no siente ni odio ni amor, ni frío ni calor, porque el sufrimiento está ligado al sentir, y la santidad nirvánica es estar conectado con uno mismo y no amar ni odiar a nadie. Comen apenas un puñado de cereales y se pasan leyendo. Uno de ellos decía que levitaba, yo no lo vi. Están felices porque al no ser pecadores, ya no se reencarnan más. Fue curioso ver a gente pobre con barbijo, para no matar bacterias porque es alguien reencarnado. Están esas cosas y que al pasar por una puertita chiquita y enfrentarme al Taj Mahal se me llenaran los ojos de lágrimas; es la belleza con mayúscula.
Entrevista de Máximo Soto

