15 de julio 2009 - 00:54

Lula comienza a repartir el negocio del “Brasil saudita”

• Puja en el gobierno por creación de empresa estatal

¿Liberal?, ¿estatista?, ¿estadista?, ¿de izquierda? Difícil encasillarlo. En la foto, Luiz Inácio Lula da Silva antes de reunirse el lunes con su gabinete en la Granja do Torto, Brasilia.
¿Liberal?, ¿estatista?, ¿estadista?, ¿de izquierda? Difícil encasillarlo. En la foto, Luiz Inácio Lula da Silva antes de reunirse el lunes con su gabinete en la Granja do Torto, Brasilia.
Pese a las polémicas y las quejas de sectores poderosos que se sienten perjudicados, el Gobierno de Brasil ya tomó su decisión: los ricos yacimientos de petróleo ubicados en el lecho profundo del Océano Atlántico no serán explotados por Petrobras, sino por una nueva compañía estatal.

Los yacimientos de petróleo descubiertos se encuentran bajo una gruesa capa de sal en las profundidades del mar, en algunos casos, a 4.000 metros de la superficie. Están constituidos por una franja de 800 kilómetros de largo (entre los estados de Espírito Santo y Santa Catarina) por 200 de ancho, que contendría reservas de unos 50.000 a 70.000 millones de barriles, un aumento impresionante con respecto a los 8.000 millones que se contabilizaban antes del hallazgo. Emerge el «Brasil saudita».

Polémica

Mucho se polemizó sobre la conveniencia de crear una nueva petrolera estatal o mantener los nuevos yacimientos bajo la órbita de la mixta Petrobras, pero, según aseguró el lunes el ministro de Minas y Energía, Edison Lobao, Lula optó por el primer camino. Al hacerlo, sigue el ejemplo de Noruega, que puso en 2001 el petróleo del Mar del Norte en manos de una nueva estatal, Petoro. Como responsable de todos los procesos licitatorios, ésta le generó desde entonces al Estado unos u$s 600.000 millones, dos tercios de los cuales fueron destinados a un fondo soberano que garantiza el desarrollo del país para las futuras generaciones a través de masivas inversiones en infraestructura y educación.

Tanto la captura de la mayor cantidad posible de la renta petrolera por parte del Estado como la generación de un fondo social son lo que ha seducido a Lula da Silva. Pero el modelo afecta intereses privados poderosos, que son socios del Estado en Petrobras.

En la petrolera «vieja», una impactante historia de éxito que la Argentina debería estudiar en detalle, el Estado cuenta con la mayoría de las acciones con derecho de veto, fundamentalmente a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), lo que le da el control del directorio. Pero más de la mitad del capital total de Petrobras está en manos de inversores privados. Ahora, cuando llega la hora de hacer negocios a una escala mucho mayor, éstos se sienten marginados y denuncian inseguridad jurídica.

El propio titular del Petrobras, Sergio Gabrielli, quien fue nombrado por al Gobierno, abogó sin éxito porque Lula da Silva abandonara la idea de una nueva petrolera estatal. El fragor interno fue tal que el ministro Lobao lo cruzó con dureza: «Gabrielli es el presidente de una empresa privada y, por lo tanto, defiende los intereses de ella. Yo defiendo los intereses del pueblo brasileño».

La movida se traducirá en un nuevo marco regulatorio, por el que se pasará del actual régimen de concesiones, que deja en manos privadas el 65% de las utilidades, a uno de «partición», que reservará la propiedad de los yacimientos al Estado, el que a su vez contratará a empresas privadas para que realicen los trabajos de exploración y explotación.

Pragmático

¿Qué nos dice todo esto sobre el carácter del liderazgo de Lula da Silva, alejado, como se ve, de los clichés habituales, que lo presentan como un liberal de manual? Que, en realidad, Lula es un pragmático que resolvió la tradicional división de todos los gabinetes brasileños de las últimas décadas, dada por la puja entre liberales y desarrollistas. A los primeros les entregó el manejo de las finanzas del país; a los segundos, la producción.

Lula impuso masivos planes de ayuda para la población pobre, la que, además, se benefició de la reactivación del crédito y del abaratamiento de los alimentos que generó el dólar débil. A la vez, las dos últimas condiciones fueron producto de una política monetaria y fiscal ortodoxa, que le valió el favor de los mercados y un manejo cada vez más cómodo de la deuda pública. Y los desequilibrios que el superreal produjo en el aparato productivo fueron paliados con reglas de juego estables y, sobre todo, con la acción del Estado. Brasil es un ejemplo de capitalismo altamente subsidiado.

Junto al crecimiento y expansión al exterior de Petrobras, un esquema que ahora se reformulará drásticamente en beneficio del Estado, el mencionado BNDES ha sido la gran herramienta de esa acción estatal. El año pasado, la entidad entregó a grandes empresas (y, en menor medida, a pymes) créditos a baja tasa y largo plazo por casi u$s 40.000 millones, un 43% más que en 2007.

Explicación


La acción del BNDES y el valor del dólar en la Argentina, caro en comparación con el brasileño, explican en buena medida que tantas compañías nacionales hayan pasado a manos de empresas del país vecino: Pérez Companc, Quilmes, Loma Negra, Acindar, Grafa, Swift, y sigue la lista.

Hace poco, y para escándalo de quienes rechazan cualquier contacto de Brasil con Venezuela, el Lula da Silva pragmático le entregó a Hugo Chávez préstamos del BNDES por u$s 4.300 millones, dinero que volverá a Brasil cuando Venezuela les pague a las grandes compañías contratistas las obras de infraestructura que realizarán.

El BNDES también es clave en la política oficial de fomentar el surgimiento de multinacionales brasileñas, cuya última concreción fue la fusión de Sadia y Perdigao en el gigante global Brasil Foods. El éxito suele basarse en algo más complejo que el mero dogmatismo.

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