2 de enero 2013 - 00:00

Mal arreglo que no termina con puja

«El abismo fiscal es una montaña rusa de parque de diversiones. Todo el mundo se asusta en las alturas, aunque nadie piensa que, al final del viraje, el vagón descarrilará sin control». Se escribió aquí en noviembre, tras la elección, y así fue. Sumándole emoción, Estados Unidos. «técnicamente» cayó en el abismo. Las luces de neón anunciaban como fecha límite el 31 de diciembre y el acuerdo en el Congreso se demorará, pero no hay salto al vacío. La opción, en rigor, estuvo siempre desactivada. O eso uno imagina.

Así se hace política en la principal potencia económica del globo. La política fiscal, en concreto, se conduce como si fuera el tren fantasma. Una vez al año -en particular, desde 2010- se pacta una demostración de destrezas, a la manera de una kermesse universal con acceso a todo público, y se lanza el convoy a gran velocidad contra algún obstáculo fijo. Si no hay colisión, y así ha sido invariablemente, no es por las leyes de la física, sino las del organizador, la política. ¿Qué en agosto de 2011 crujió Wall Street? De acuerdo. Los nervios no siempre aguantan. Las personas impresionables no deberían participar (¿pero quién puede desentenderse cuando son sus ingresos e impuestos los que se retuercen en el frenesí del recorrido?). Entiéndase bien: el precipicio fiscal fue siempre un telón de escenografía, pero los cambios en la legislación son de verdad y, si se hubiera perdido la calma, también el derrumbe de los mercados sería un hecho real.

¿Qué nos deparó, esta vez, la negociación entre demócratas y republicanos? La solución de último minuto elevó la alícuota del impuesto a las ganancias a todas aquellas familias que ganen más de 450 mil dólares al año (o 400 mil para los individuos). La tasa máxima vuelve a ser la que regía en tiempos de Bill Clinton: el 39,6%. Se trata, pues, de una suba de impuestos. O, como se vende en el campo republicano, de una «gran reducción» si se considera que la totalidad de los tributos estaba destinada a aumentar según la letra fría de la ley a partir del 1 de enero, y ahora se ha dejado a salvo a la «clase media».

Las ganancias de capital y los dividendos serán gravados al 20% (en vez del actual 15%) para la franja de contribuyentes con ingresos que excedan los 450 mil dólares (otra concesión a la «clase media»). Y sólo las herencias que superen los 5 millones de dólares tributarán a la tasa acrecentada del 40 por ciento. Los beneficios del seguro de desempleo serán prorrogados, pero no sucederá lo mismo con la reducción de dos puntos porcentuales del aporte laboral que ingresan los trabajadores. Y convendrá escarbar en el detalle ya que, de seguro, se encontrará alguna que otra perla convenientemente oculta.

Gasto

Desde el punto de vista del gasto, el proceso de embargo y recortes se posterga por un bimestre.

Sencillamente, no hubo tiempo para ponerse de acuerdo. Y ese ramal, que conducía per se a un abismo en paralelo, se levanta en bloque. ¿Cuál es el saldo después de tanta agitación? Lo que el discurso político llama «suba» o, alternativamente, «baja» de impuestos es un aumento efectivo de la tributación, con impacto adverso en el corto plazo, pero irrelevante para corregir la senda fiscal de largo aliento. O sea, lo contrario de lo que sería deseable.

Jugada fuerte

El efecto de corto plazo se absorbería mejor si viniese acompañado por el alivio de una tregua duradera. No es el caso. El presidente Obama jugó fuerte, y se dio el gusto de zarandear a sus opositores y obligarlos a convalidar el aumento de impuestos (una traición a su feligresía incondicional). Sin embargo, no logró la victoria estratégica. Y lo suyo bien puede ser un triunfo pírrico. Los republicanos, derrotados en las urnas y divididos en la negociación, no cedieron la llave que les permitirá bloquear la gestión de Obama. En cambio, el presidente quemó su carta principal (la expiración de la rebaja impositiva de Bush). ¿Quién quedó mejor posicionado? En dos meses no sólo habrá que volver a discutir el espinoso tema de la reducción del gasto público, Obama tendrá que negociar con la soga del techo de la deuda pública alrededor del cuello.

Los mercados pueden ver la solución como un alivio, como un regalo de Año Nuevo, que de todos modos descontaban, y retomar el rally. No obstante, tenían derecho en pensar en un arreglo menos precario. La condición fiscal de Estados Unidos no mejoró en sustancia (no es tampoco que hoy les quite el sueño), pero la incertidumbre y los riesgos artificiales que la política se empeña en dictar, lejos de salir definitivamente de escena, volverán en marzo. ¿Otra vez el tren fantasma? Todo indica que Washington ya nos reservó los asientos con antelación.

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