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Malabares para negar lo que es evidente
Con el tiempo, y con la introducción de la división de poderes en el Estado, el concepto fue variando, para dar cuenta de los intentos de toma del Gobierno por parte de un sector del propio sistema o de actores externos a él. Puntualmente, esto dio cuenta de la emergencia del factor militar, tan común en América Latina.
Fueron muchas las contribuciones teóricas al concepto de golpe de Estado, pero, a falta de una definición única mundialmente aceptada, podemos decir, en pocas palabras, que hay consenso en que un golpe de Estado implica el reemplazo o la supresión violenta e ilegal de uno o varios poderes del Estado por parte de otros poderes o de diferentes actores políticos.
Apelando a una definición básica, para la Enciclopedia Británica, un golpe de Estado es «el derribo repentino y violento de un Gobierno existente por parte de un pequeño grupo». Para la definición de la Real Academia Española es la «actuación violenta y rápida, generalmente por fuerzas militares o rebeldes, por la que un grupo determinado se apodera o intenta apoderarse de los resortes del Gobierno de un Estado, desplazando a las autoridades existentes».
¿Qué otra cosa fue lo que ocurrió en Honduras? Hay más para decir.
El argumento de que la sucesión «normal» de Zelaya por el titular del Congreso, Roberto Micheletti, garantiza la continuidad constitucional es absurdo. Asumirlo obligaría a hacer un insólito revisionismo histórico, para afirmar, por ejemplo, que el derrocamiento de Arturo Frondizi en 1962 no fue un golpe. ¿No lo reemplazó acaso el titular del Senado, José María Guido, porque había renunciado el vicepresidente, Alejandro Gómez? ¿Eso lo hace legal?
Siguiendo en esa línea, en Uruguay el régimen de Juan María Bordaberry (1973 y 1976) no tuvo nada de reprochable. ¿Acaso no había sido elegido presidente de acuerdo con la Constitución? Es cierto que, como Guido, el oriental cerró el Congreso, y que los tres poderes (aunque con un Ejecutivo ilegítimo) siguen funcionando en Tegucigalpa. ¿Pero por qué una asonada cívico-militar por la que desde el Poder Legislativo se avanza radicalmente sobre el Ejecutivo (Honduras) no es un golpe y otras, en las que el atropello es de sentido inverso (Argentina en 1962, Uruguay en 1973 e incluso el caso de Alberto Fujimori en Perú en 1992), sí lo son?
Los argumentos que intentamos refutar son peligrosos. Cualquier justificación de la asonada hondureña puede ser la base de aventuras futuras en otros países de la región. Un mal mayor que cualquier mal que pueda representar Zelaya.


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