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Malba celebra sus diez años con un notable patrimonio
La icónica caja de jugo de Marcelo Pombo, uno de los 60 artistas que incluye la muestra «Arte argentino en la Colección de Malba. Obras 1989-2010», a través de la cual el museo ejerce su poder orientador sobre público y coleccionistas.
Dueño de la Mona Lisa de Latinoamérica que es «Abaporú» de Tarsila do Amaral, poseedor de obras maestras de todos los monstruos sagrados (Diego Rivera, Frida Kahlo, Emiliano Di Cavalcanti, Cándido Portinari, Wifredo Lam, Xul Solar, Emilio Pettoruti y Antonio Berni, entre otros) y también de los intocables constructivistas o abstractos como Torres García y su extensa prole de cinéticos y minimalistas que se extiende a la actualidad, el Malba sumó alrededor de 240 obras en los últimos años hasta totalizar las 470 que constituyen su patrimonio.
No se trata de un esfuerzo menor. Durante más de cinco años, mientras fortalecía su colección permanente dedicada a la vanguardia latinoamericana, el Museo se preparaba para pronunciar un nuevo discurso y celebrar su primera década de existencia hablando de la contemporaneidad.
La muestra «Arte argentino actual en la Colección de Malba. Obras 1989-2010», presenta más de 100 trabajos de 60 artistas que sólo esporádicamente se exhiben en los museos argentinos. En el presente y con su autoridad institucional, el Malba viene a convalidar una estética que, en alguna medida, se separa de las tendencias predominantes de los años 90 en la Argentina y, sobre todo, en el mundo. Es decir, el Museo muestra su colección y ejerce su poder orientador sobre el público en general y sobre los coleccionistas.
No es un hecho casual que la exhibición comience con la obra de una estrella de los desbordantes años 80, con un cartel de Liliana Maresca, artista de culto y precursora de algunas vertientes que afloran en los 90. La obra ostenta un número telefónico, la fecha de apertura y cierre de la muestra y su mensaje lapidario: «Espacio disponible. Apto todo destino. Liliana Maresca, 23- 5457. Del 3 del 12 al 24 -12- 1992». Tan conceptual como provocativa, aunque similar a cualquier anuncio comercial, la obra puede verse como una crítica al mercado o el consumismo, pero a la vez transmite la urgencia desesperada que recorre la producción de una artista que moriría de sida dos años después.
La exhibición prosigue con las llamativas obras realizadas en la misma época por Feliciano Centurión y Omar Schiliro, dos artistas que trabajaron en la frontera difusa donde el arte se confunde con las manualidades y el ornamento. Ambos murieron de sida y compartieron los conceptos de Jorge Gumier Maier, director e ideólogo del Centro Cultural Rojas en la década de los 90, cuya escultórica obra ocupa un lugar preponderante en la muestra.
Tampoco resulta casual que para realizar la primera visita guiada a la exhibición, el curador Marcelo Pacheco convocara al mentor de la Galería de Arte del Rojas, el crítico Daniel Molina que, luego de padecer el secuestro y la tortura, allí se afincó hasta hoy. Molina tiene un agujero negro en su nutrido currículum -desde 1974 hasta 1984- y, sin embargo, lejos de cualquier rencor, comparte el deseo de embellecer el mundo que fue la consigna de los artistas del Rojas. Desde esta perspectiva histórica, la caja de jugo engalanada con cotillón de Marcelo Pombo, es un ícono que cobra una intensa significación. Con una inesperada vuelta de tuerca, Pombo incorpora la ternura, un plus afectivo que había estado ausente hasta entonces en el arte Pop.
En los objetos pobretones de Pombo hay un inefable capital sentimental que adopta la forma caprichosa de un chispazo de brillantina o de una guirnalda florida, elementos que nunca tuvieron las latas seriadas de sopa Campbell y que aportan una dosis de dulzura al estricto rigor de la vida.
Como destaca el teórico argentino José Fernández Vega, si esa promesa de felicidad que según Stendhal anunciaba la belleza resultara excesiva, «el arte podría intentar, al menos, convertirse en lo contrario de la infelicidad». En esta línea de pensamiento se alinearon Sergio Avello, Fernanda Laguna, Sebastián Gordín, Pablo Siquier, Cristina Schiavi, Alejandra Seeber, Fabio Kacero, Elba Bairon, Román Vitali, Fabián Burgos, Marina de Caro, Gachi Hasper o Leo Battistelli. Entre estos artistas se advierten faltas, como Miguel Harte o Luis Lindner, ausencias que el Malba con su Programa de Adquisiciones, donaciones y comodatos, trata de subsanar.
La exposición exhibe imágenes de Marcos López y de Alberto Goldenstein, quien dirige hasta hoy la Fotogalería del Rojas; las obras de Nicola Costantino, que conjugan la estetización y la violencia; el conceptualismo poético de Jorge Macchi de sus (acaso no tan poéticos seguidores), además de las más variadas expresiones de la generación surgida a partir de este nuevo siglo.
Entretanto, otro paisaje posible lo configuran las Becas del Taller de Barracas y Kuitca que, desde 1991 hasta hoy ofrecen una perspectiva de análisis de la diversidad argentina. Con sus distintas vertientes están las obras de Daniel Ontiveros, Mónica Girón, Magdalena Jitrik, Daniel Joglar, Guillermo Ueno, Manuel Esnoz, Catalina León, Flavia Da Rin, Ruy Krieger, Diego Bianchi, Guillermo Faivovich, Leopoldo Estol y Matías Duville. La pertenencia a la colección contribuye, sin duda, a la consagración o legitimación de un arte que en ocasiones se aleja del que circula con éxito en los circuitos internacionales (el ejemplo más claro en este sentido es el del espacio U-Turn que presentó arteBA este año). No obstante, si bien el catálogo bilingüe es un documento que reproduce todas las obras y trae las biografías de los artistas, el problema que conspira en contra de dicha legitimación es la brevedad de la muestra que, cierra el 9 de agosto y no se exhibe de modo permanente por falta de espacio. Después del 9 de agosto: ¿dónde se podrá ver el arte argentino contemporáneo?


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