2 de octubre 2009 - 00:00

Manejo político

Las finales suelen ser salvajemente intensas. Como las que transitan en estas horas las cuatro preseleccionadas para ser la sede de los Juegos Olímpicos de 2016: Madrid, Tokio, Chicago y Río de Janeiro. Eso, hasta hoy a las 6 de la tarde de Copenhague cuando se expida el Comité Olímpico Internacional (COI) y anuncie cuál resultó elegida.

Mientras tanto, las ciudades finalistas vienen sudando su propia competencia en la carrera final para llevarse el trofeo de, justamente, «sede olímpica. No es para menos: entre inversiones en infraestructura, turismo, derechos por televisación de los juegos y creación de empleo, ser la ciudad huésped para 2016 significa la mayor de las bendiciones. De acuerdo con un estudio de la Universidad de San Pablo, si Río fuera la tocada con la varita mágica, se generarían 20 millones de nuevos empleos de aquí a 2027.

Los presupuestos que maneja el COI son siderales: u$s 4.800 millones para una «puesta a punto» de Chicago, u$s 5.950 millones para el caso de Tokio, u$s 6.110 millones para Madrid y -¡saravá!- u$s 13.920 millones para Río.

Aunque no es en los números sino en la cancha donde se ven los pingos. Sobre todo a la hora de formar equipo. Es que las cuatro ciudades sacaron sus mejores cracks para marcar cuerpo a cuerpo a cada uno de los 105 miembros del COI e influenciarlos en su dictamen. El motivo es simple: los 105 tienen prohibido visitar las ciudades preseleccionadas y sólo desde Copenhague pueden tomar su decisión. Eso explica que desde el miércoles estén en la capital danesa los reyes de España y el matrimonio Rodríguez Zapatero, y también el flamante primer ministro de Japón, Yukio Hatoyama.

Río de Janeiro y Chicago no se quedaron atrás y enviaron sus propias formaciones de primera, a las que más de un director técnico envidiaría. Así, el martes se embarcó rumbo a Dinamarca Michelle Obama, acompañada de la estrella de TV Oprah Winfrey (tanto la primera dama como la artista son oriundas de Chicago), y Nadia Comaneci, la rumana naturalizada estadounidense, después de haber ganado varios oros olímpicos en gimnasia artística en 1976. Michelle llegó con la lección bien aprendida: antes de pisar tierra danesa envió a Valerie Jarret, asesora especial de la Casa Blanca, a verlo a Tony Blair. El ex primer ministro británico es un baqueano en esto de convencer a los olímpicos: su frenético lobby ante el COI reunido en su momento en Singapur logró para Londres la sede de las Olimpíadas 2012.

El team por Chicago se completa con la llegada a último momento del presidente Barack Obama, quien pasó de un match a otro: dejó por 24 horas el partido que libra en el Congreso por la reforma de salud, para sumarse al que hasta ahora lideraba su esposa.

Maravillosa, como la ciudad de Río de Janeiro, es la comitiva de Luiz Inácio Lula da Silva. Con doña Marisa, la primera dama, y Pelé, el rey del fútbol. Con el agregado, todavía, de un fondista todo terreno y carioca de pura cepa: Paulo Coelho. ¿Cuál es el rol del autor de «El Alquimista»? Simple: ser el anfitrión en un almuerzo para las mujeres de los 105 miembros del comité, y regalarles «filosofía y autoayuda», además de sus éxitos editoriales, traducidos a varios idiomas. A la hora de convencer al COI, se ve que todo vale.

Se dice que la final está peleada cabeza a cabeza entre Río y Chicago. Los brasileños argumentan que si la elección recae en la «citado maravilhosa», será la primera vez que le toque a una sede en Sudamérica. Agregan que con los Panamericanos de 2007 y el Mundial de Fútbol de 2014, los cariocas estarán más que entrenados para lidiar con las Olimpíadas. Los detractores, en cambio, ponen sobre el tapete el abultado presupuesto, la falta de infraestructura y la delincuencia reinante en la ciudad.

Como era de esperar, el promotor principal por la elección de la sede olímpica para 2016 es Lula. «Yo lo invité a Obama para que viniera a Copenhague», dijo. El brasilero ya instaló que un triunfo de Río seria una victoria propia. Y, a la vez, una victoria de la «reafirmación de Brasil como actor fundamental en un nuevo orden internacional». Quizás, también, esa contienda le allanaría el camino para acceder al cargo que aspira una vez deje la Presidencia: el de secretario general de las Naciones Unidas.

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