Manual de la ortodoxia kirchnerista

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Dos pilares caracterizaron el modelo económico K: el tipo de cambio alto y el superávit fiscal holgado. Desde un principio cumplí en advertir que el primero, vendido como la pieza productivista del modelo, era en realidad el atajo elegido por Kirchner para asegurarse en forma rápida una abundante masa de fondos por la vía de exorbitantes impuestos al comercio exterior, en el marco de circunstancias internacionales absolutamente extraordinarias.

La política de dólar alto fue sólo un medio para lograr la holgura fiscal. Eran los años de la abundancia y la popularidad, cuando un auténtico tropel de economistas considerados serios se esmeraban en alabar las dotes de «responsable y eficaz administrador» de Néstor Kirchner, a la vez que preferían omitir las múltiples violaciones a los derechos de propiedad y los mecanismos de mercado que desde temprano signaron su gestión.

Un puñado de díscolos insistíamos en afirmar que aquella solvencia poco tenía que ver con cualquier ideal de ortodoxia fiscal, sino que pertenecía al plano tanto más realista y pragmático de las efectividades conducentes, con las cuales docilizar y ganar el favor de un variopinto abanico de gobernadores, intendentes, sindicatos, empresarios y ONG. La solvencia fiscal, en el léxico patagónico, era tan sólo un eufemismo para referir a la necesidad crucial de una caja amplia y generosa, verdadera espina dorsal del poder kirchnerista.

Pero por su propia naturaleza, el modelo económico era intrínsecamente expansivo en el gasto; este desequilibrio, además de poner un plazo fijo a su supervivencia, afectaba la médula misma del esquema de poder.

Hoy aquellas previsiones se cumplieron y poco queda de aquel modelo K. Sin viento de cola internacional, desapareció la posibilidad de hacer plata fácil gravando hasta el infinito la exportación de commodities agrícolas.

El drástico derrumbe del resultado primario y el muy abultado déficit financiero ($ 1.640,8 MM) -es decir, computados los servicios de la deuda- de junio, que se contrapone al superávit de $ 1.258,5 MM obtenido un año atrás, sintetizan la angustiante realidad de franco deterioro fiscal.

De no haber mediado el giro de utilidades -devengadas, pero no realizadas- del BCRA, el déficit financiero habría cuadruplicado el superávit de un año atrás.

Mientras los ingresos por tributos del Estado nacional crecen nominalmente un 9,9% -en términos reales, caen-, el gasto de operación, precisamente el más inflexible a la baja, salta a un ritmo de casi un 47%. Sin incorporar aún el aumento concedido en pleno período preelectoral, las remuneraciones trepan un 37% interanual -lo que evidencia un nuevo incremento en la planta estatal- y los gastos en bienes y servicios vuelan un 80,3%.

Los subsidios al sector privado aumentaron un 26%, sin computar el reciente incremento dirigido a abonar los aumentos salariales para el gremio de los Moyano.

Nuevamente, los ciudadanos deben cargar con el déficit operativo de empresas públicas vaciadas, que ya supera los $ 15 MM por cada día que abren sus puertas y sigue en ascenso.

Salta a la vista, asimismo, que la campaña electoral del oficialismo la pagamos todos: la inversión en infraestructura se duplicó frente a junio de 2008 y las transferencias de capital a las provincias crecieron un 138% y las corrientes aumentaron un 145%.

La primera mitad del año también marcó el retorno al déficit financiero, con $ 1.738 MM acumulados -sin el aporte compulsivo de aquellos que libremente habían optado por el sistema de capitalización, superaría los $ 6.200 MM-, frente a un superávit de $ 12.829 MM en el mismo semestre del año anterior. Pese al auxilio artificial que prestaron los fondos apropiados al sistema de jubilación privada y la distribución de ganancias sobreestimadas del BCRA, el resultado primario cayó más de $ 13.000 millones (65%) contra el mismo semestre del año anterior y se ubicó en $ 7.167,8 MM.

En seis años, el Gobierno kirchnerista se devoró los más de u$s 70.000 millones de ingresos extraordinarios que significaron la conjunción del viento de cola y los impuestos distorsivos. No contento con ello, ha echado mano en otras cajas -desde la ANSES hasta el BCRA, pasando por el PAMI y la «rescatada» empresa de aguas metropolitana- que ya le resultan insuficientes y amenaza llevarlas consigo «al bombo».

Pese a los ingresos excepcionales que significó la megaconfiscación de los ahorros previsionales particulares -otra apropiación marketineada como «salvataje»-, el déficit de la ANSES más que se duplicó en junio, alcanzando la friolera de $ 1.460 MM cuando aún no se ha abonado el aumento de haberes dispuesto por la Ley de Movilidad Jubilatoria. El año cerrará con un abultado quebranto, que se proyecta mayor para el próximo.

El previsible resultado es la obvia consecuencia del otorgamiento masivo de jubilaciones sin los debidos aportes y del ruinoso financiamiento a tasa subsidiada (inferior a la inflación) de planes de estímulo y gasto estatal con que el Gobierno ha malversado los fondos jubilatorios. Mientras la porción de jubilados en zona de pobreza trepaba a un máximo histórico, la aplicación dispendiosa de los fondos de la ANSES se convertía en soporte de la vertiginosa carrera política de los señores Massa y Boudou.

Con inaudito desparpajo y no obstante la elocuencia de los números, el novel ministro declaró: «Hemos sido prudentes y cuidadosos en el uso de los recursos y en la efectividad del gasto».

El agujero fiscal ya se devoró los ahorros jubilatorios, y nos asisten serias sospechas sobre el estado real de los fideicomisos públicos y del fondo de garantía de los depósitos. Insaciable, el kirchnerismo va por más: ya sucumben los retiros militares y las cajas profesionales (el Gobierno bonaerense ha aprendido algunas enseñanzas de Guillermo Moreno). Si la situación aprieta y los DEG del FMI no llegan rápido, el encaje de los depósitos en dólares sería un próximo y apetecible bocado para las fauces del fisco.

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