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Marcos Mayer: fabular sobre asesinatos con firma de autor
Marcos Mayer: «No es lo mismo el crimen de un plomero que el de un pintor, y mi desafío era encontrar eso».
Periodista: ¿Cómo surge la idea de escribir sobre «Artistas criminales»?
Marcos Mayer: Yo colaboraba en una revista de investigaciones y relatos policiales que se llamaba «Pistas», que dirigía Enrique Sdrech, y yo era el único que venia «del palo de la cultura», y no sabían qué hacer conmigo. Primero fue hablar de libros policiales, después de detectives, de autores, y nada terminaba de encajar. Y así surgió la idea de escribir sobre artistas que hubieran cometido crímenes, lo cual me permitió hacer una cosa más narrativa. Llegué a escribir tres o cuatro historias. Después la revista cerró, como suele ocurrir, pero eso me quedó como idea, y fue así como me puse a trabajar más en serio ya con la idea de llegar a un libro.
P.: ¿Cuál fue el primer caso que se le apareció, el que le impulsó a investigar?
M.M.: El que me hizo pensar mucho y me ayudó en la escritura de los otros fue Caravaggio. No fue de aquella primera tanda que escribí para la revista de hechos policiales. Caravaggio me pareció el más intenso en su producción artística y en su vida. Lo más provechoso para ver en su obra fue su fascinación por la carne. Me sorprendía que un tipo de la altura y la calidad de Caravaggio se ocupara de algún imbécil y le dedicara coplas, y lo fuera a buscar para agarrarlo a trompadas o desafiarlo a duelo. Esa actitud pendenciera de él está también en lo que pinta. Es interesante ver lo que ocurre con su vida después de que comete el primer homicidio registrado. El de Caravaggio no fue el primer texto que escribí, pero sí el primero donde empecé a encontrar lo que quería hacer con el libro.
P.: ¿Y que buscó hacer?
M.M.: Juntar un relato casi folletinesco, como puede ser el de los crímenes que elegí, con una manera de leer, de interpretar. No es lo mismo el crimen de un plomero que el de un pintor, y mi desafío era encontrar eso. Y la única manera que tengo de encontrar esa diferencia, y que ese asesinato pueda decir algo, es meter sistemas interpretativos en juego. Con Caravaggio tuve en claro lo que quería hacer. En las notas de «Pistas» eso no estaba, ahora se trataba de contar la historia y buscar algún vínculo, por eso tuve que repensarlos y reescribirlos.
P.: En el caso del criminal Charles Manson se mezclan en el clima de los años 60 el gurú, el rockero y el nazi.
M.M.: De hecho tiene grabada una esvástica en la frente. La historia lo va a señalar como un Rasputin de la costa californiana. El hecho de que quisiera ser músico, que tuviera discos grabados, que estuviera relacionado con The Beach Boys, muestra que tampoco era un estúpido. Ese texto me permitió hablar del rock que tiene un enorme vínculo con ese mundo de la sangre, el folletín y la transgresión, y hace de eso una especie de himno. No se me ocurre que un escritor se cambie el nombre para ponerse el de un criminal, pero sí hay un cantante que se llama Marilyn Manson, y el grupo británico Kasabian toma su nombre de la integrante embarazada del clan Manson, más la cosa satánica que hay en los Rolling Stones. Hay en el rock una actitud religiosa muy fuerte. Como historia del género, para cualquier rockero siempre lo mejor estuvo al principio, en los fundadores (aunque fuera el lado oscuro, infernal, de lo religioso, como en Manson), y después se entra en la creciente decadencia. Es algo que quiero seguir investigando.
P.: ¿Por qué va mezclando músicos, pintores, escritores, poetas y actores?
M.M.: Porque seleccioné todos aquellos casos que me parecieron interesantes por algo. Si no hubiera sido así no los habría escrito. Evité el suicidio, el plagio y claramente la pedofilia, porque ahí no puedo tomar distancia. Después de la aparición de libro siempre hay alguien que me tira temas. Me dijeron de tratar la pedofilia de Klaus Kinski. Hasta lo truculento llego, a lo sórdido ya no, no me interesa, es un terreno en el que me empantano. En el caso del plagio no tiene grandes casos, y no me voy a poner a escribir la biografía de Bucay.
P.: ¿Entre los escritores sobre quienes le interesó trabajar?
M.M.: Hay dos que me pudrieron mucho la cabeza, y que me obligaron a leer mucho antes de ponerme a escribir. Uno fue el filósofo Louis Althusser.Su libro «El porvenir es largo» donde cuenta como mató a su esposa Hèléne me puso tremendamente mal. El otro fue Issei Sagawa, el japonés que se comió a su compañera, en el sentido más literal de la palabra comer. Hay una novela, «La carta de Sagawa» de Juro Kara, que cuenta su relación con Sagawa, que quería que le escribiera el guión de la película donde reprodujera su acto de canibalismo, donde él iba a actuar; finalmente eso quedó en nada. Y Sagawwa contó su historia en el libro «En la niebla» que se transformó en best seller. Esos fueron los dos casos que me metieron más en la locura. En el caso del Marqués de Sade, antes de escribirlo le tenía un poco más de simpatía a través de los surrealista, Roland Barthes y demás. Más allá de las fascinación que tiene cierta zona intelectual francesa por lo que sea transgresión. Sastre, que no se robaría ni un clip en una oficina, celebra a Jean Genet, ladrón confeso. Hay investigaciones que me encantaron, como trabajar sobre Norman Mailer; me hizo volver a leerlo. Su mujer, la actriz mexicana Adele Morales, se salvó de milagro de que el «torero» Mailer la atravesara con un cuchillo. Después ella tuvo historias sentimentales con Jack Kerouac y con Philip Roth, entre otros. Ella cuenta lo sucedido en el libro «La última fiesta», que seguramente se lo escribió alguien porque está muy bien escrito. El colmo de la perversidad sería que se lo hubiera escrito el mismo Mailer, no me extrañaría. Ella hacia un unipersonal que incluía el episodio donde el la quiso matar, y su primer espectador fue Norman Mailer, y sólo le criticó algo banal y secundario.
P.: ¿Por qué volvió a contar la historia de Roscoe Arbunkle, el gordo de las películas cómicas de comienzos del cine?
M.M.: Porque es un historia a la vez divertida, patética y muy triste. Me gustaron muchos pequeños detalles que muestra de otro modo la historia de «Fatty» o el «Gordito». Se hizo exitoso en el mundo de las comedias porque era ambidiestro y podía tirar tortas con las dos manos, detalles casi borgianos. Que lo descubriera Mark Senet, el inventor de las slastick, el día que como plomero le fue a arreglar el baño y se sorprendió al ver que a pesar de sus 130 kilos se movía con soltura, con una agilidad increíble. La marca del azar jugando a favor, y luego en contra, con la historia de la muchacha que asesina, violándola con una botella de champagne. Es increíble que la chica que viola se llame Rape, Violación, de apellido. Por lo general es una de las historias que más me comentan los lectores. A mi me gustó, en algún punto, que todo fuera muy obvio, demasiado obvio, casi de ficción.
Entrevista de Máximo Soto


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