¿Fraude electoral masivo o no? ¿Golpe de Estado de nuevo cuño o no? ¿Cómo interpretar estas extrañas elecciones, cuyos resultados eran anunciados por parte de la prensa vinculada a los servicios secretos y a las milicias incluso antes de que cerrasen las urnas? Dada la ausencia de observadores internacionales, dado que los interventores enviados por los rivales de Ahmadineyad fueron expulsados de los colegios a golpes y dado el clima de terror en el que estuvo sumido todo el proceso, es difícil pronunciarse con certeza. Pero, en cualquier caso, hay tres cosas claras.
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La primera es que estas elecciones eran, en muchos sentidos, democráticas sólo en apariencia. Mir Husein Musaví, el principal rival de Ahmadineyad, es también un hijo del sistema. Sobre el tema clave del «derecho» de Irán a la energía nuclear, mantiene posiciones similares. E, interrogado sobre las declaraciones negacionistas de su adversario, no dudó en decir: «Aunque haya habido un Holocausto en Alemania (nótese la sutileza del «aunque»), ¿qué tiene que ver con el pueblo oprimido de Palestina, víctima de un Holocausto en Gaza?». Con eso queda dicho todo.
Ingenuidad
Es decir, desgraciadamente el Gorbachov iraní todavía no está en pista. El hombre que se atreva a poner en marcha una auténtica «perestroika» sigue siendo inconcebible, e inconcebido, en una república islámica enrocada sobre sí misma, al menos por ahora. Y los observadores que glosaban «la alternativa» representada por un hombre como Musaví, que fue el primer ministro de Jomeini así como el omnipotente director del equivalente iraní de Pravda, pecaban de ingenuidad.
Lo mismo que aquellos que, en los tiempos de la triunfante Unión Soviética, disertaban sobre las imperceptibles luchas de clanes en el seno del aparato, maestro, también él, en la orquestación de su propia comedia. Eso es así y es un hecho.
Hay, sin embargo, otro hecho: el deseo de cambio de una fracción no despreciable, quizás mayoritaria, de la sociedad iraní. Esos electores encolerizados que vemos, desde el domingo, desafiar a las milicias paramilitares. Esas mujeres que, en Teherán, pero también en Isfahán, Zahedan o Chiraz reclaman la igualdad de derechos. Esos jóvenes, permanentemente conectados a la red y que convirtieron Facebook, Dailymotion o la página I love Iran, en el teatro de una guerrilla lúdica pero temible. Esos taxistas héroes de la libertad de expresión. Esos intelectuales, esos desocupados. Esos comerciantes que están rompiendo con el régimen que los arruina. En definitiva, una revuelta contra el fraude. Los blogueros y los artistas contra los sepulcros blanqueados del aparato militar-islámico. Como ese autor anónimo del SMS replicado en millones de teléfonos móviles que hace las delicias de los manifestantes: «¿Por qué Ahmadineyad se peina con la raya al medio? Para separar mejor los piojos machos de las hembras».
Toda esta gente votó por Mir Husein Musaví. Pero sin hacerse ilusiones. Porque no había nada mejor. Igual que los polacos de Solidaridad, en los últimos años del comunismo, autolimitaban su revolución a la espera de que el propio régimen se autodestruyese y se derrumbase.
Por último, la tercera certeza es que, de golpe y porrazo, la iniciativa pasa más que nunca a manos de las democracias. En efecto, una de dos. O ganan los partidarios de la realpolitik, nos inclinamos ante el presunto veredicto de las urnas y, de esta forma, bendecimos lo peor, como hizo aquel ministro de Exteriores francés que, en 1981, en el momento del golpe de Estado contra Solidaridad precisamente, lanzó su famoso «está claro que no vamos a hacer nada». O bien utilizamos los medios de los que disponemos y que son mucho más numerosos de lo que parece ante un país diplomáticamente aislado, ante un régimen cuya caída desean más o menos secretamente todos sus grandes vecinos y ante una economía exangüe y que ni siquiera es capaz de refinar su propio petróleo.
Peligro
Sólo así evitaríamos la doble catástrofe que consistiría, por una parte, en la intensificación de la represión o, quizás incluso, en un baño de sangre en Teherán, y, por la otra, en el irresistible reforzamiento de un Estado yihadista que, dotado de armamento nuclear del que jamás ocultó que sería inmediatamente puesto al servicio del imán oculto y su apocalíptico retorno, sería un terrible peligro para el mundo entero.
Resumiendo, de las tres certezas, examinadas en su conjunto, se sigue una clara obligación: ayudar y reforzar, con todas nuestras fuerzas, la revuelta de la sociedad civil iraní. Lo hicimos, antaño, con la Unión Soviética. Y, tras décadas de cobardía, terminamos entendiendo que, llegado a un determinado estadio de podredumbre, el totalitarismo sólo se alimentaba de nuestras propias debilidades.
Entonces supimos organizar las cadenas de solidaridad con los que llamábamos los disidentes, que terminaron por dar buena cuenta de todo el sistema. En Irán también hay disidentes. Son, incluso, como estamos descubriendo, infinitamente más numerosos y potentes que en los tiempos de la Unión Soviética. Tenemos que apoyarlos. Tenemos que animarlos. ¿Y la «mano tendida» de Barack Obama? Ojalá se la tienda también a esta juventud, orgullo de un pueblo del que han salido personajes como Avicenna, Saadi, Al-Ghazali y tantos otros. Esto es lo que nos jugamos.
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