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Más sosegado, el exilio de Miami cambia la cara

La Cuba en el destierro, como gustan llamarla en Florida, es una constelación de mitos cada vez menos radical en lo político, pero muy orgullosa de su herencia como un importante grupo de inmigrantes asimilado por Estados Unidos.
«Nosotros hicimos Miami», es una frase repetida entre los cubanos de este lado del Estrecho de la Florida. La dicen los ricos y los pobres, los pioneros de los «vuelos de la libertad» en 1960 o los que recién saltaron de una balsa en la Bahía de Biscayne.
Nada ejemplifica mejor la transformación de los anticastristas como el apoyo que en las pasadas elecciones presidenciales le dio a Barack Obama el presidente de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), Jorge Mas Santos.
Hace 27 años, el desaparecido Jorge Mas Canosa, padre de Mas Santos, fundó la FNCA para limpiar la reputación de terrorismo entre los exiliados militantes y sentar las bases del poder político cubano en Washington DC.
Mas Canosa logró su cometido, pero su apoyo a causas radicales, incluyendo al connotado agente anticastrista Luis Posada Carriles, nunca fue puesto en duda, lo que le permitió conservar el apoyo de los dirigentes de la línea dura en la ruta hacia la transformación.
Ahora su hijo, tras sobrevivir a divisiones y a las duras críticas de los otrora amigos de su padre, camina por el mismo sendero del pragmatismo en su lucha contra La Habana.
«La mayoría de los miembros de la Fundación es republicana, pero nuestro interés fundamental no es la política partidista sino ayudar a restaurar la libertad de nuestros hermanos y hermanas en la isla», expresó Mas Santos.
El dirigente en particular rechaza las medidas que restringen el contacto con Cuba adoptadas en 2004 por el presidente norteamericano, George W. Bush, en represalia por los arrestos y los juicios a opositores cubanos.
Mas Santos sostiene que esto resultó contraproducente para las fuerzas disidentes y, específicamente,, pidió al presidente electo Obama que restaure las facilidades para el envío de remesas familiares a Cuba y que levante las restricciones a los viajes a la isla limitados por Bush a sólo uno por exiliado, cada tres años.
Mas Santos está convencido de la importancia del contacto pueblo a pueblo entre Estados Unidos, incluyendo a los exiliados y los cubanos en la isla, pero no ha llegado a abogar por el fin del embargo comercial queimpuso el gobierno de John F. Kennedy en 1962.
Pero ni siquiera ese tema es tabú como antes. Una reciente encuesta reveló que hasta un 60 por ciento de los estadounidenses de origen cubano creen que es conveniente el levantamiento de la medida.
Como en toda Latinoamérica, la lucha por la subsistencia diaria en Cuba es la misma lucha de los exiliados o los inmigrantes en Estados Unidos que trabajan para llevar sustento a sus familias al otro lado del Río Bravo.
«Esto no es democracia», exclamó Orestes Díaz en una oficina de Western Union al oeste de Miami cuando le dijeron que debía pagar 40 dólares por el envío de 300 dólares a La Habana. También tuvo que firmar una declaración jurada de que el dinero no iba dirigido a ningún tipo de entidad gubernamental.
Instantes antes, otro cliente hondureño había pagado sólo 10 por enviar 700 a un familiar en Tegucigalpa.
Así, en medio del afán diario por el bienestar de las familias separadas, existe entre los cubanos de Estados Unidos un sentido de explotación de su tragedia que lo indigna y lo frustra por encima de los resentimientos políticos que, al cabo de medio siglo, al fin comienzan a verse lejanos.
Agencia ANSA


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