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Mecenas irreemplazable que enseñó a “no avergonzarse de la fortuna”

Pero nadie puede negar la excelencia de su gestión en la presidencia del Fondo de las Artes, cargo al que accedió en el año 1992. El presupuesto que un año antes ascendía a $ 2,5 millones, escaló en 1999 a $ 9,3 millones, debido a una mejor administración de los recursos, y al cobro de los derechos de autor. «El Fondo es un organismo descentralizado, se autofinancia y no le cuesta un solo centavo al Tesoro, además disfruta de superávit. El presupuesto de 2000 asciende a $ 6,4 millones y se generaron recursos por valor de $ 6,8 millones. La nueva previsión presupuestaria para 2001 también estima un gasto menor que los $ 6,8 millones de recursos», informó entonces a este diario Guillermo Alonso, mano derecha de Fortabat y hoy director del Museo de Bellas Artes. Los miembros del directorio trabajaron como ella, ad honorem, y remontaron una inercia crónica, signada en ocasiones por el clientelismo.
En el año 1998 se entregó el mayor subsidio a las artes: $ 400.000 para financiar un proyecto educativo a distancia en la Fundación Cultural Patagonia de Río Negro, con tecnología de avanzada. El monto de las becas entregadas en el año 2000 escaló a $ 1,5 millón, los subsidios a $ 950.000 ($ 500.000 para el interior y $ 450.000 para Buenos Aires) y $ 300.000 se otorgaron a los ganadores de premios y concursos.
Durante la gestión Fortabat, Clorindo Testa restauró la sede del Fondo de la calle Alsina, la Casa del Teatro ganó 44 habitaciones con un costo de $ 300.000 y se remodelaron varias salas del Centro Cultural Recoleta por un valor de $ 250.000. Las publicaciones cobraron impulso, a las versiones facsimilares del periódico Martín Fierro o el suplemento cultural del diario Crítica, se sumaron libros dedicados a la historia de nuestra arquitectura, el rescate del patrimonio y la tradición argentina, además de los catálogos de las más de 20 exposiciones anuales del organismo, en el país y también en el exterior, como la gira que organizó Fortabat a ARCO, la Feria de Arte madrileña.
«Se equivocan quienes atribuyen el éxito de su gestión a que podía sacar dinero de su bolsillo, Fortabat luchó contra la burocracia», aseguraban en su directorio. En esos años 90 trabajó para sancionar la ley de Libre Circulación del Arte (que no se cumple) con el fin de convertir a Buenos Aires en la sede latinoamericana del arte. Apoyó las fundaciones del Teatro Colón y el Teatro San Martín, la Alianza Francesa, el Mozarteum y los museos de Bellas Artes, Arte Decorativo y Arte Moderno, entre otras instituciones. En el extranjero llevó una vida glamorosa, como le comentó a su amiga Ruth Benzacar, liberada de prejuicio judeocristiano que engendra la riqueza. Así contribuyó al rescate de la ciudad de Venecia y con su amigo, David Rockefeller ocupó un lugar de privilegio en el Consejo de la Presidencia del Museo Metropolitan de Nueva York, donde financió una muestra de arte argentino que nunca se concretó.
En diciembre de 2003 estaba en una silla de ruedas luego de una operación en la cadera, cuando se enteró que al entonces secretario de Cultura Torcuato Di Tella le disgustaba la imagen de una mujer rica en el Fondo de las Artes (aunque él también es un hombre rico).
En un diálogo con este diario, Fortabat contó que su pasión coleccionista había despertado en la década del 70, agregó que había viajado a Viena tan sólo para ver una exposición de Gustav Klimt, uno de sus pintores favoritos. Y con la mayor naturalidad sacó de su cartera una pequeña estampa de la pintura «El beso» que llevaba consigo. Según el ranking de los 200 coleccionistas de arte más importantes del mundo de la revista Art News, Fortabat figuraba entre los pocos de pintura impresionista (sólo Nelly Arrieta la igualaba en la Argentina).
Pero los coleccionistas de arte se dividen en dos: los avaros y los generosos, y Fortabat eligió compartir sus tesoros con la sociedad y brindarles un destino público. Cuando se fundó ArteBA, hace más de 20 años, se convirtió en la compradora «oficial» de la Feria hasta que con el tiempo aparecieron otros coleccionistas. Fue en una de esas tardes de feria cuando le compró a Ruth Benzacar la «Difunta Correa» de Antonio Berni.
Museo
Así comenzó a gestarse el proyecto de fundar el Museo Colección Fortabat, que hoy, después de esquivar varias tormentas, se levanta en la manzana 1 del Dique 4 de Puerto Madero. La bancarrota argentina ya se anunciaba cuando en Loma Negra con una inoportuna y poderosa inversión encararon una reestructuración de la empresa. Cuando el país se derrumbó, a fines de 2001, los hornos de cemento se apagaron por primera vez. El Museo, entretanto, como una metáfora de la Argentina, se había inundado, el diseño del célebre arquitecto Rafael Viñoly hacía agua.
En mayo de 2002 este diario anunció que en medio de la crisis financiera, Fortabat, compradora frecuente de la casa Sothebys, había enviado a rematar a la sede neoyorquina 20 obras estimadas entre u$s 43 y u$s 61 millones, entre ellas unas pinturas de Gauguin, Degas, Miró, Matisse y Pisarro. En el diario The New York Times, Carol Voge presentó las pinturas con un sesgo novelesco. Hablaba sobre el huracán que azotó a la Argentina y decía que el propósito inicial de la empresaria había sido vender un Degas y un Gauguin en el remate del pasado noviembre, pero calculando el impacto negativo de los atentados del 11 de septiembre, decidió esperar, para salvar su imperio.
¿Alguien rompió en Sothebys la regla de oro de las casas de remates? ¿Osaron quebrar el pacto de silencio que resguarda la identidad de sus clientes? No. Cuando Fortabat decidió vender sus pinturas, no necesitaba pagar su tarjeta: debía brindar un gesto público a los bancos extranjeros con los que estaba endeudada su empresa. Ella tomó las riendas del negocio que había estado en manos de su nieto, vendió su avión, viajó algunas veces en naves de línea y, es posible conjeturar que aprobó que su amigo Alfred Taubman, dueño entonces de Sothebys, dejara «filtrar» su nombre.
En 2005, a sus 84 años y una vez superada la crisis, vendió Loma Negra; tres años más tarde, en 2008, inauguró por fin su Museo. El vernissage fue un momento festivo, pero estuvo signado por su singular estilo. Había resguardado el secreto sobre las caprichosas preferencias estéticas de una amante del arte que atesoró todo lo que le gustaba y, exigió que quienes trabajaron allí, firmaran un acuerdo de confidencialidad.
«Demoré mucho en hacer este museo, es la primera vez que vengo,» observó. «Hacer un museo es una cosa complicada si no se tiene demasiada ayuda», aclaró, y contó -en parte- sus diferencias con el arquitecto Rafael Viñoly. «La señora siempre termina peleada con el arquitecto», dijo sin vueltas.
Sobre el inmenso edificio (6.800 metros) y las salas de enormes dimensiones, observó: «Lo fui construyendo a medida que entró dinero», y agregó que todo, absolutamente todo, el montaje y la selección de las 270 obras (entre las alrededor de 4.000 que poseía dispersas en sus casas de Buenos Aires, Nueva York y Grecia), fue una labor personal. Hasta se quejó de un error del exhaustivo catálogo que no alcanzó a controlar. Cuando le preguntaron si además de la colección permanente iba a exhibir otras muestras, respondió: «¿Quieren que siga trabajando? Pido gancho. Ahora me voy a dedicar a un proyecto que tengo con lo que más me interesa: el prójimo».
Al hablar de «un lugar que va a ser popular» y de «las obras que tal vez pasen al dominio público», puso el acento en la falta de una ley de mecenazgo. No obstante, se dejó ganar por la alegría. Recordó que el arte le comenzó a gustar a los 11 años, cuando vio un cuadro prerrafaelita, evocó su amistad con Berni, «cuando me trepaba a las escaleras y él pintaba las galerías Pacífico», y con Andy Warhol, «de quien tengo además otros dos cuadros que me regaló, porque creo que estaba enamorado de mí»,
Una obra cumbre de Peter Brüeghel, «El censo en Belén», la bellísima escena de un paisaje nevado es la obra favorita de la coleccionista y el primer cuadro que recibe al espectador. Está bajo un cristal -como la «Piedad» de Miguel Angel o la Mona Lisa de Leonardo-, al igual que «Julieta y su niñera», la vedutta de Venecia de Turner que ostenta una luminosidad incomparable y un dramático rayo de sol que cruza la plaza San Marco. La fascinación argentina por el arte europeo está presente en la pintura de Alma Tatema, Anglada Camarasa, Dalí, Gustav Klimt o Rodin.
Entre los hits de la colección están dos arlequines de Pettoruti, «Domingo en la chacra» de Berni, unas flores de Chagall, y una estupenda pintura del chileno Matta. Lo cierto es que hoy, el público argentino acostumbrado a los guiones curatoriales con rigurosos criterios museísticos, tienen la oportunidad de conocer el criterio de una coleccionista liberada de todo prejuicio y encasillamiento. A diferencia del coleccionismo argentino que solía comprar arte en secreto, como si fuera un pecado, Fortabat salió de frente, y se convirtió en celebridad.


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