13 de noviembre 2013 - 00:00

Mensajes velados con una obsesión única: el Irán nuclear

Avigdor Lieberman
Avigdor Lieberman
La colonización judía en Cisjordania y Jerusalén orientales, para la mirada occidental, uno de los rasgos menos comprensibles de la política israelí hacia el problema nacional palestino. La construcción de veinticuatro mil viviendas en esos territorios anunciada ayer, y desactivada pocas horas después con aparente desprolijidad, no ampliaba la ocupación de territorios árabes, pero constituía una masiva consolidación de los avances ya realizados, capaz de reducir hasta el absurdo el espacio disponible para el nacimiento de un Estado palestino viable.

Estado, recordemos, reconocido ya por la amplia mayoría de la comunidad internacional, incluida la Argentina y su vecindario, que en su momento hablaron (con matices) de la necesidad de tomar como referencia las fronteras previas a la Guerra de 1967, esto es antes de la conquista de esos territorios. El Gobierno de Benjamín Netanyahu adjudicó entonces al mundo una conducta hipócrita por tratar de imponerle límites que no se corresponden con la actual realidad demográfica. Debería, con todo, admitir que esa realidad no es un producto espontáneo, sino una paciente construcción de su administración y de las que la precedieron.

Según Netanyahu, todo fue un malentendido y la marcha atrás, algo conveniente para no perder la oportunidad de convencer a la comunidad internacional de plantarse de modo más duro ante un Irán nuclear.

La excusa puede ser cierta o un modo de encubrir pujas entre halcones y palomas dentro de su Gobierno, capaces incluso de desairar su autoridad. Pero lo indudable es que detrás de los dos anuncios, el de la colonización y el de su desactivación, planea siempre la gran obsesión israelí: la República Islámica.

Era demasiado lo que se jugaba en una ampliación sin precedentes de los asentamientos.

Por un lado, implicaba un golpe mortal al diálogo en marcha con los palestinos, el que sólo se sostiene por la porfía de Barack Obama. Con "Hasmastán" (Gaza) aislada y el terrorismo palestino neutralizado, ¿cuál es el incentivo para que un Gobierno que apuesta a largo plazo a la expansión ceda territorios a cambio de una paz de la que, "de facto", ya disfruta?

Por el otro, aunque desactivado por el momento, el plan colonizador sigue vigente en los papeles, algo que supone un mensaje de autonomía del Estado judío hacia su protector norteamericano en momentos en que éste se afana en cerrar un pacto nuclear con los ayatolás. La "sorpresa" y el inusual pedido de explicaciones expresados por el Departamento de Estado expusieron tanto quién era el destinatario como lo extremo del paso, lo que llevó a la retractación final.

Se sabe que Israel está irritado con Obama por el diálogo con Irán. Pese a ello, y a los contactos que acaba de mantener el secretario de Estado John Kerry en Jerusalén, donde ese estado de ánimo le fue transmitido de modo prístino, el Grupo 5+1 (los miembros permanentes del Consejo de Seguridad más Alemania) pretende cerrar un entendimiento de principio con Irán en la ronda que empezará el miércoles 20. ¿Qué es exactamente lo que resiste Israel? Para el Estado judío, un Irán dotado de armas nucleares es una "amenaza existencial" que neutralizaría lo que ha sido en las últimas décadas su principal rasgo de superioridad militar en Medio Oriente. Lo que el Grupo 5+1 ofreció el fin de semana último fue un congelamiento temporal de las actividades de enriquecimiento de uranio de Irán a cambio de un alivio de las sanciones económicas que están desquiciando la economía de ese país, justo lo que busca el presidente Hasán Rohaní. El problema es que congelar no significa desactivar y que, así, la República Islámica mantendría intactas su capacidad técnica para avanzar hacia "la bomba" no bien su economía se restablezca y medie una simple orden política.

Las palabras de ayer de Netanyahu indican que su Gobierno parece resignado ya a la firma de algún acuerdo, pero que peleará con dureza para que éste sea lo menos concesivo posible.

Hasta ahora, Israel resistía cualquier entendimiento y se seguía reservando públicamente la posibilidad de lanzar un "ataque preventivo" contra las instalaciones atómicas iraníes, una amenaza que, debido a sus consecuencias, es más fácil de proferir que de concretar.

La búsqueda de minimizar los daños que parece abrirse camino desde ayer en los despachos de Jerusalén es compatible con otro movimiento: el despliegue en Washington del poderoso lobby proisraelí, con especial llegada en el Congreso, esto es el poder que, más allá del margen de maniobra que otorga al Ejecutivo para manejar los plazos, en definitiva tanto impone como elimina las sanciones económicas y comerciales. El pedido de ayer de la Casa Blanca al Capitolio para que no se convierta en un obstáculo a las negociaciones se parece mucho a un ruego tras dos rebeliones recientes: la que impidió un ataque militar a Siria y la que puso a Estados Unidos a la vera de una histórica cesación de pagos.

Los gestos, además, vienen con respaldo: el nacionalista duro Avigdor Lieberman volvió esta semana al gabinete, nada menos que a la Cancillería, tras liberarse de denuncias de corrupción. Otro mensaje a Obama y a Kerry: hace tres años fue Lieberman quien, para escándalo de muchos, dijo que el único acuerdo posible con los palestinos sería uno basado en un canje de territorios, lo que implicaría que Israel se desharía de localidades de población árabe para recibir, a cambio, grandes bloques de asentamientos judíos en Cisjordania y en Jerusalén. Exactamente lo que buscaban fortalecer las construcciones anunciadas ayer: un Estado cada vez más judío y menos diverso en términos demográficos. Un plan que, en el largo plazo, no desaparece.

Apenas un día antes de la jornada de furia de ayer, Kerry había prometido que un acuerdo con Irán no evitaría que su país siga "defendiendo a sus amigos y aliados en la región", esto es, Israel y las monarquías petroleras del Golfo.

Se sabe que las explicaciones son la medida exacta de las desconfianzas.

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