19 de octubre 2011 - 00:00

Merecen ser campeones

Esperanza negra. Nueva Zelanda ha demostrado a lo largo del certamen toda su jerarquía colectiva e individual. Sólo le queda un paso para festejar luego de 24 años.
Esperanza negra. Nueva Zelanda ha demostrado a lo largo del certamen toda su jerarquía colectiva e individual. Sólo le queda un paso para festejar luego de 24 años.
Ya llega a su fin Rugby World Cup. Se sabrá en horas quién es el nuevo campeón. ¿Podrá la diosa fortuna volver a torcer el destino -como viene haciendo hace un par de semanas- para que Francia se corone campeón del mundo? ¿O será que los planetas están finalmente alineados para que los de negro celebren su Mun-dial con un triunfo?

Tras cuarenta y tantos días en Aotearoa -Nueva Zelanda en idioma maorí- en un Mundial que por diferente a los anteriores no dejó de ser cautivante, y otros varios viajes previos, es fácil entender porqué son tan buenos los neozelandeses en esto del rugby.

Así como Alejandro Sabella sabe que tiene 40 millones de entrenadores que compiten con él para darle el mejor juego al seleccionado argentino (por lo visto, pareciera que muchos de esos hasta podrían hacerlo), en Nueva Zelanda los números son menores. Pero son cuatro los millones de entrenadores que harían un mejor trabajo que Graham Henry si tuvieran la oportunidad.

El entrenador de los All Blacks ya está en edad de retirarse. El sistema neozelandés permite que a los 65 años se pueda optar por el retiro. Una buena vida aguarda a quien trabajó para ganársela. El estado parece funcionar como debería en una buena sociedad y si bien durante el Mundial el país únicamente mostró su mejor cara, es una nación que genera envidia.

Sólo le falta ganar el Mundial para que sea el lugar ideal. No están lejos de lograrlo. Están a ochenta minutos de ser los mejores del mundo y tener el crédito que da la Webb Ellis Cup y les fuera esquivo desde junio de 1987 cuando David Kirk la levantó sobre sus hombros en un Eden Park que poco parece al actual. De hecho, nada queda de aquel estadio que sólo se llenó para la final hace 24 años.

Los cambios del principal estadio neozelandés podrían asemejarse a la renovación que sufrió el rugby en este cuarto de siglo. Aquel Mundial iniciático -tomado como prueba piloto y sin la certeza de que habría un segundo- marcó el inicio del camino que con el correr de los años determinó el pasaje del rugby amateur (marrón en muchos de los países de la entonces elite) al rugby abierto que permitía la convivencia del jugador profesional con el no rentado. Argentina optó por mantener el status quo, se mantuvo amateur y ese es un tema no resuelto aún en nuestro país.

El rugby profesional pasó a requerir del dinero para financiarse y entonces el valor del ticket pasó a tener un rol de importancia, como así el espectáculo televisivo. Se modificaron las reglas, se aceleró el deporte y de ser un juego con mucho de estático, se convirtió en un deporte para físicos ágiles y aptos. Si bien el concepto de que al rugby lo juega el alto y el bajo, el flaco y el gordo, a nivel internacional el componente graso en los cuerpos de los atletas es de medición casi diaria. ¡Nadie tiene pancita...!

Mucho menos los All Blacks, que están viviendo su semana más intensa de los últimos años. Cuando a Henry se lo consultó en la conferencia de prensa post partido con Argentina sobre cómo se sentía, dijo entre sonrisas que nunca había llegado a una semifinal.

Era cierto; su equipo quedó en cuartos de final en el Mundial pasado y requirió de todos sus contactos y su cintura política para no perder el cargo ante el hoy coach de Australia, Robbie Deans. El triunfo en semifinales contra los Wallabies entonces tuvo el condimento extra de mantener el dominio sobre quien muchos creen, o creían, el mejor entrenador del mundo.

Claro que es, para los entrenadores que hay en cada neozelandés, sencillo tener un plantel con Richie McCaw, Sonny Bill Williams, Keven Mealamu o los lesionados Dan Carter y Mils Muliaina. A la calidad individual se presupone una humildad real e incomparable. Sólo hay que darles un marco táctico para jugar y dejarlos que hagan lo que saben. El rugby en Nueva Zelanda es algo que viene casi innato. Se lo aprende de niño en los clubes; luego se pasa al rugby colegial donde el honor de jugar para la institución marca el destino, como por ejemplo que el Christchurch Boys produjo entre otros a tres aperturas All Blacks del 95 a la fecha: Andrew Mehrtens, Dan Carter y Colin Slade. Luego nuevamente a los clubes y los seleccionados provinciales con la esperanza de poder acceder al Súper Rugby y una real posibilidad de llegar a los All Blacks.

Cada ciudad y pueblito está empapelado con la bandera de los All Blacks. Si ganan serán héroes como nunca los hubo. Serán homenajeados con todos los honores y hasta se especula con que tanto Graham Henry como el icónico capitán Richie McCaw sean nombrados Caballeros. Así se unirán a Sir Colin Meads, Sir Wilson Whineray y Sir Brian Lochore como tres ex All Blacks que fueron honrados por servicios al rugby.

No ganar -aún cuando es difícil pensar en esa posibilidad- mostrará lo peor de un país. No podrán los kiwis aceptar la derrota y es de esperar que hayan manifestaciones callejeras. La ignominia que acompañará a estos All Blacks si sucediera es algo que preferiría ni contemplar.

El rugby en Nueva Zelandia es pasión. Como quizás suceda en otro país con cualquier deporte, ni siquiera Brasil y el fútbol. Y eso es mucho decir.

La audiencia televisiva de la semifinal fue del 48.7 de la población mayor a cinco años, pues aquí no se tiene en cuenta la cantidad de gente que disfrutó del partido en bares y pubs, en parques públicos o en Fan Zones previstas para el Mundial. Este número crecerá el próximo sábado.

Se merecen los All Blacks ser los campeones del mundo. Que bueno sería que lo fueran.

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