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Mintz encandiló una vez más al auditorio
El violinista ruso-israelí Shlomo Mintz ofreció, junto con la pinaista Béatrice Berrut, un excelente concierto para el ciclo Nuova Harmonia.
Parece estéril enfatizar la estatura artística de Shlomo Mintz, el violinista ruso-israelí. Baste decir que, cercano a cumplir los 54 años, Mintz (que tuvo por ejemplo el privilegio de llevar a Holanda el violín de Paganini, «Il Cannone», en 1997) es una leyenda del mundo musical; pese a ello conserva una frescura casi infantil en su rostro, y su actitud frente a la música y al público es siempre de una gran humildad.
A sala llena, el violinista se presentó acompañado de una muy joven pianista suiza, Béatrice Berrut, cuyo desempeño fue igualmente memorable, y que posiblemente esté entre los músicos más refinados y maduros que se hayan escuchado por aquí últimamente. Desde el comienzo, con la famosa y magistral «Sonata en La mayor» opus 57 de Beethoven, dedicada a Rodolphe Kreutzer (el virtuoso francés que la juzgó «ininteligible») se advirtió hasta en las más mínimas inflexiones una fusión asombrosa entre ambos músicos, condición necesaria para la interpretación de esta obra. Este trabajo de ensamble difícilmente superable puede pensarse como la mejor forma de revivir la originalidad del discurso de Beethoven y de ser consecuente con sus intenciones.
Por su parte la bella «Romanza» opus 11 de Antonin Dvorak fue vertida por el dúo con la delicadeza y policromía más exquisitas, pese al bombardeo constante de una tos destemplada que amenazaba con quebrar la concentración de los artistas. En la segunda parte, íntegramente dedicada a obras de Camille Saint-Saëns, se pudo escuchar la segunda de sus sonatas para piano (opus 102, contemporánea del concierto «Egipcio» escuchado no hace mucho en el Colón). La claridad de esta obra, en especial su «Scherzo» casi beethoveniano -con su ritmo de hemiolas- llegó a la audiencia sin escalas, dando paso a la fuerza mediterránea de la «Introducción y Rondó capriccioso» opus 28.
Mintz mostró en esta partitura tan transitada una gama espléndida de colores y recursos del manejo del arco, logrando desde el sonido más ríspido hasta el más límpido y seguido al milímetro por Berrut (igualmente creativa en la variedad de su toque). Con las variaciones sobre un tema de «El gallo de oro» de Rimsky-Korsakov culminó una noche que permitió gozar una vez más del arte de Mintz y descubrir a una pianista de una estatura artística descollante a la que Buenos Aires volverá seguramente a aplaudir muchas veces más.


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