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Mlynarzewicz, siempre en los “intersticios de lo cotidiano”
En la obra de Ariel Mlynarzewics, actos sencillos, rutinarios y privados son capturados, recreados, detenidos por la voluntad del artista.
«Algunas cosas han cambiado. El espacio me parecía, en parte, ajeno. El mundo externo estaba más lejos. En los últimos años, el taller de Ariel se oscureció. Cerró sus ventanas y se alejó de la luz intensa que invadía sus habitaciones. Como entrando en un proceso de introspección, el artista se encerró en sus pensamientos y su hábitat lo revelo bloqueando sus ventanas. Sin embargo, paradójicamente, esto no alejó la luz de sus trabajos, sino que pareciera que ellos hubieran adquirido una luz propia que emerge de la paleta iluminada por las percepciones del artista» comentó Wechsler.
«Siempre trabajé con los pequeños intersticios de lo cotidiano» confiesa Ariel Mlynarzewicz. Como en eco, en su principio vital creativo, resuenan las palabras del escritor austriaco Peter Handlke, «Pero solamente vivo de los intersticios». Y es que el diario transcurrir, con sus ceremonias rutinarias y sus espacios reiterados, puede ser un universo inagotable y fascinante para la creación. Así. Actos sencillos, rutinarios y privados como ducharse, lavarse los dientes o tomar mate, aparecen reflejados con colores vibrantes y un dibujo preciso. De modo que la realidad resulta capturada, recreada y detenida por la voluntad y la creatividad del artista.
En el contexto de una sociedad industrial y tras la invención de la fotografía, el género tradicional del retrato en tanto encargo con el ritual de las largas sesiones de pose y la captación del parecido, parecía destinado a extinguirse. Se mantiene vigente en el siglo XX y se transforma radicalmente gracias a las innovaciones propias de las vanguardias. La verdad como copia, el espejo, es desplazada por el hermetismo de la máscara. Los artistas no sólo experimentan con el retrato sino que también algunos lo convierten en el eje de su obra.
Una de las principales transformaciones es la ruptura con el compromiso entre el modelo y su imagen.
«Las máscaras africanas fueron el origen de muchos de los rasgos formales del primitivismo europeo del siglo XX, pero en un sentido más general la máscara era una potente metáfora de la identidad como algo mutante, que puede ser creada y recreada en cada ocasión», sostienen los críticos de arte Europeos para poder explicar los orígenes del expresionismo moderno como Francis Bacon o tal vez Lucian Freud (1922), conocido por su extraordinaria maestría en la representación de las figuras humanas.
Estas representaciones las vemos plasmadas en los trabajos de nuestro artista con esas ideas de secuencias y repetición pero siempre con el objetivo fundamental de retener en la pintura ese expresionismo básico de la gente y los momentos que él retrata. Como lo hizo Freud, Mlynarzewicz se muestra así mismo en algunas acciones cotidianas que reflejan la mera condición básica del ser humano. El espejo remite a la tendencia de los artistas modernos a imponer sobre los retratados su sensibilidad: el retrato es más un reflejo de su creador que la representación de su visión del modelo. El artista Basil Hallward en la novela de Oscar Wilde «El retrato de Dorian Gray» (1890) anticipa: «Todo retrato pintado con sentimiento es un retrato del artista, no del modelo».
Para concluir, Ariel Mlynarzewicz refleja la síntesis del momento. Desde su pintura materializa el valor de la familia representado las figuras en acciones básicas pero incluye en ellas una identidad singular propia. Mlynarzewicz posee una plasticidad barroca en su relato artístico. Su principal enfoque es el resultado de una sociedad que se crea desde la familia, es decir, ni más ni menos una «declaración a la vida». La exposición es muy recomendable.


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