“Monte” cierra valiosa trilogía de arte étnico

Edición Impresa

Ediciones Arte Etnico Argentino acaba de publicar «Monte», tercer y último libro de la serie que abarca «Un arte escondido, objetos del monte argentino» y «Teleras, memoria del monte quichua».

Esta hermosa y muy cuidada edición bilingüe de 258 páginas a cargo de Patricia Picolini, idea de Belén Carballo y Ricardo Paz, presenta los muebles fabricados manualmente por los carpinteros rurales de las áreas boscosas del Norte de la Argentina, especialmente el monte santiagueño en la primera mitad del siglo XX.

Belén Carballo, licenciada en psicología, ha llevado a cabo un amplio proyecto de desarrollo social y cultural en el monte santiagueño y ha participado en diversas publicaciones que abordan el arte y la cultura de comunidades nativas de nuestro país.

En su texto introductorio señala que «Monte es en el imaginario popular un lugar donde perderse o donde encontrarse con lo más primario y esencial, aquello que nos remite al misterio de lo instintivo, al origen. Arboles, maraña, espesura, el monte rodeaba las ciudades, un lugar misterioso, musical, pleno de fábulas y saberes».

Los muebles criollos que muestra este libro no son ejemplares para turismo, son los auténticos, originales, de uso cotidiano. Simples, despojados, a veces pintados con colores luminosos, representan la mesa en la que se prepara la comida, la cama en la que se duerme, la silla para tomar mate junto al fuego y la que se ofrece a quien llega de lejos.

Ricardo Paz, anticuario y especialista en arte étnico argentino, recorre desde los 80 el interior del país documentando piezas de las diversas culturas y comunidades nativas. Dedica sus esfuerzos a generar fuentes de trabajo para sus pobladores y a desarrollar estrategias de protección del ambiente amenazado por el desarraigo y el desmonte.

Relata que el rasgo común y distintivo de estos muebles es la simpleza, la solidez. Fueron los españoles quienes enseñaron las ventajas del mobiliario a los indios que a su vez, aportaron su conocimiento de las maderas: algarrobo, chañar, huiñaj, mistol, vinal, ancoche, cardón, quebracho.

Nombres sonoros para los que habitamos la urbe contaminada irremediablemente, ajenos y desapegados a lo nuestro.

Todo tiene su porqué, desde el tamaño pequeño de las casas en las que caben sólo los muebles básicos. La mesa, primer mueble de los hombres, debe tener la altura para trabajar sobre ella, fue pensada para ser usada de pie, para amasar, lavar, carnear y sentarse a comer. Más adelante aparecen las mesas para los distintos oficios y hasta las «mesas de santo» para orar.

Las sillas cuya altura promedio es de 42 cm., está dada por la altura de la gente y pensada para el reposo. Sillones, hamacas y la famosa «matera», baja, para arrimarla a un fuego y también para llevarla de viaje.

Ricardo Paz hace referencia a los cueros y al modo de trabajarlos que exige tanto conocimiento como habilidad, según el mueble para el que esté destinado. Con la expansión de las líneas ferroviarias se crean nuevos pueblos donde llegan cajones conteniendo alimentos, herramientas y objetos de uso cotidiano. Al desarmarlos se aprovechaban las tablas ya escuadradas y pulidas, selladas con leyendas en español, inglés y francés. Desde entonces aparecen en las estructuras de los muebles y son aprovechadas como ornamento.

Este libro no tiene solamente como objetivo mostrar el diseño sino el riquísimo hacer de estos muebles que acompañaron la vida en el monte, actualmente desprotegido, ya que hacia fines del siglo XX casi no quedaba nada de aquellos bosques del inicio. Invita a tomar conciencia ya que «pretende rescatar algunos vestigios de aquel saber arrasado, rendir homenaje a aquellos criollos que forjaron una identidad sin buscarla».

Recata a aquella gente que supo vivir en armonía con la naturaleza y no de ella, aún con la más agreste, con la aridez casi bíblica. Es un dramático alerta pero todavía hay gente que lucha, que no abandona el monte, algo queda de su cultura, quedan teleras y carpinteros que se organizan contra el abuso tratando de adaptarse a los inevitables cambios.

Además de los textos tan ilustrativos y comprometidos, algunos poéticos, el libro contiene importante documentación y excelentes fotografías de Andrés Barragán, Belén Carballo y Ricardo Paz, que eligió como acápite para el suyo un verso de Atahualpa Yupanqui: «Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás».

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