9 de septiembre 2015 - 00:00

Moore vuelve por sus laureles

Moore vuelve por sus laureles
Lorrie Moore "Gracias por la compañía" (Bs.As., Seix Barral, 2015, 197 págs.)

Una divorciada de unos 40 años va con Nickie, su hija de 15 años, a una boda de campo. María, la brasileña que fue baby sitter de Nickie, se casa por segunda vez con un granjero de la zona. "María es una chica narrativa y su historia debía ser cautivadora. Estaba destinada a casarse, casarse y casarse". Animando la fiesta, poniendo música, está Ian, el granjero ex marido de María, que tiene en su camiseta la leyenda "gracias por la compañía". Cuando está todo listo para celebrar el casamiento irrumpe una banda de Hells Angels con sus Harleys dispuestos a parar la ceremonia a los tiros, pero se han equivocado de boda y se marchan en un menguante rugir de sus motos. La fiesta se reordena y llega la hora de bailar. La cuarentona se acerca al padre de Ian, "que tenía uno de esos embarazosos enamoramientos de suegro por la mujer que deja su hijo", y le dice "¡ven a bailar con alguien de tu edad!" y entonces "el sol vino para iluminar el lateral del establo".

"Gracias por la compañía" cierra el conjunto de 8 relatos donde Lorrie Moore vuelve, después de 16 años, al cuento, género que le dio fama consagratoria, luego de la decepcionante novela "Al pie de la escalera" (2009), contaminada hasta el hartazgo por la invasión estadounidense a Irak. En el cuento "Gracias por la compañía" están las fuerzas y debilidades de este libro. Moore juega con las palabras, suma sentidos. El cuento podría titularse "Gracias por invitarme" y se entendería mejor la intención. Ese título puesto en la tapa del libro hace pensar que las mujeres solas que pueblan el libro agradecen la compañía de un perro, de una mascota. Nada que ver. El libro se llama Bark, que puede ser traducido por "Ladrido" o por "Corteza", y esas dos palabras acumulan significados y dan sentido a los cuentos, los vuelven admirables. Una esposa acusa a su marido de ladrar a la gente. Un chico da dentelladas al acompañante de su madre. Hay ladridos, gruñidos, señales de advertencia, mordidas, y también anuncios de un acercamiento afectuoso, de llegar moviendo la cola. En los epígrafes iniciales una pareja se pelea por quedarse con un perro que es "un cruce entre algo grande y suave y un perro salchicha", saben que "la vida es muy rara, y termine como termine, siempre está llena de sueños", y se sigue adelante "dejando que su corteza crezca en torno a la alambrada como una sonrisa".

Moore denuncia la corteza protectora en que se enfunda la gente para sobrevivir. Observa sin contemplaciones, con espíritu forense, la vida de la clase media estadounidense. Trabaja a partir del gélido humor de Beckett, la precisión de Nabokov, buscando alejarse del territorio de Alice Munro, y sobre todo de las cosas que contaron sobre la misma especie humana John Updike y Joyce Carol Oates. Ha explicado que el humor que le interesa "tiene que ver con esa especie de teatralidad que surge entre las personas en ciertos momentos". Saber esto permite disfrutar a pleno estas historias, capturar el momento de la carcajada contenida, la ironía desopilante, el detalle kitsch dejado caer al pasar, el sarcasmo al sentimentalismo.

Se descubre que la dramática perfección en "Referencial", donde una divorciada que va a ver a su hijo a un hospicio llevando con ella a su amante, pasa chejovianamente por un par de mentitas, silencios y un detalle "sin importancia". En "Enemigo" un escritor va con su mujer a una cena para recaudar fondos para una revista cultural y suelta demasiado la lengua ante una lobista que resulta ser servicio de inteligencia y estuvo en el Pentágono cuando los atentados del 11 S y "se quemó viva, pero no murió. En "Pérdidas de papel" dos ex pacifistas hippies, Kit y Rafe, se separan luego de años y mutaciones ideológicas. Kit comprende que "una mujer tiene que elegir su infelicidad con cuidado. Es la única felicidad de la vida: elegir la mejor infelicidad. Un movimiento imprudente y se puede echarlo todo a perder". Lorrie Moore ha vuelto por sus laureles.

Máximo Soto

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