6 de febrero 2017 - 22:11

Ni el fin del mundo ni el final de la odisea

Aunque el enigma que representa el nuevo presidente sigue sin descifrarse, el caos no puede buscarse en Wall St. La Bolsa, en récords.

Van dos semanas de la presidencia Trump, y su gestión es un volcán alocado que escupe bolas de fuego incesantes -declaraciones, tuits, decretos y disputas- como uno nunca imaginó que vería en la Casa Blanca. La indignación es enorme y es global. Y, sin embargo, la sensación de que son efectos especiales, de que asistimos a un truco bien montado de realidad virtual, es inescapable para un observador con la cabeza fría. La ingeniería del show se corrobora por omisión: hasta ahora Trump se cuidó de agredir a China. El aleteo de una mariposa en Hong Kong puede provocar una tormenta en Nueva York, se repetía cuando la Teoría del Caos estaba en boga. Pues bien, Trump es un elefante enfurecido en Washington, y, hasta el momento, no hay más catástrofe que una epidemia de preocupación -con su correlato de dolores de cabeza- dentro y fuera de los EE.UU. ¿Caos? No se lo busque en Wall Street. La Bolsa en récords anticipa bonanza. ¿Cuál es la moneda en el mundo con mejor desempeño desde que asumió el flamante presidente? Créase o no, el peso de México, el sparring favorito de Trump. No rige el caos en el bazar, como si el elefante fuera de papel. Sí, la confusión. El enigma Trump sigue sin descifrar. Se podrá decir que hay daño colateral, que el espectáculo dantesco no es gratis aunque parezca, que el activo intangible más valioso -la reputación de los EE.UU- se erosiona sin estridencia, pero sin pausa. Es verdad. Y también es cierto que van dos semanas, faltan 206 de mandato. Cuatro años que viviremos en peligro, a menos que Trump remede a Sansón.

El Trump rally continúa vigente. A los mercados no les gustó la decisión del presidente de rescindir de un plumazo las visas a los nacionales de siete países ni la indefensión de los pasajeros afectados al enterarse de la novedad tras bajar la escalerilla del avión en los aeropuertos de los EE.UU. La metáfora inquieta. Invertir en activos de riesgo es emprender un viaje azaroso de por sí. ¿Hasta qué punto el destino final dependerá de un mero capricho de Trump? El Dow Jones Industrial reculó por debajo de los 20 mil puntos. Pero el resquemor duró poco. El informe de empleo de enero -conocido el viernes- devolvió la confianza. La creación de puestos de trabajo fue muy robusta -227 mil posiciones netas contra las 175 mil esperadas- y, sin embargo, las presiones salariales todavía brillan por su ausencia. La Fed puede mirar de palco, sin intervenir en marzo. Y el rally se encendió de nuevo. Nótese la mudanza. En el corto plazo, la suerte de la Bolsa depende menos de Trump y más de los factores tradicionales. Hasta mediados de diciembre, el rally se llevaba puesto cualquier obstáculo. Las acciones treparon sin que el alza de las tasas cortas y largas, o el superdólar, les quitaran el sueño. Ya no es más así. La Fed importa de nuevo. La última pierna del Trump rally no sólo moderó la pendiente del ascenso. En perspectiva, sacó fuerzas de flaquezas. La debilidad del dólar y de las tasas de interés -una esperada corrección tras la sobrerreacción inicial- sirve de aliciente desde fines de diciembre. Pero es un camino que se agotará pronto. En esa disyuntiva, los mercados emergentes -el eslabón más frágil del ecosistema en la era Trump (si uno lo toma al pie de la letra)- sacaron provecho: subieron el 8% desde que comenzó el año. Ya se mencionó la proeza del peso mejicano. La deuda basura de la región achica spreads día tras día. Los diferenciales de tasas son los más bajos de los últimos nueve años. Nada mal cuando la principal amenaza que suponía Trump era la fuga de capitales. Por lo visto, su asunción no es el fin del mundo. Tampoco, claro está, el final de la odisea. En realidad, el viaje recién comienza.

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