2 de julio 2012 - 00:00

No confundirse: sube mercado por el alivio (no por más credulidad)

La cumbre europea evitó una catástrofe anunciada. No lo logró sin tensiones inéditas: el bloque latino desató una convulsión para prevenir lo que se perfilaba como un lunes negro. Las lapiceras de Italia y España, Mario Monti y Mariano Rajoy, se negaron a firmar cualquier documento que no contemplase sus problemas acuciantes de financiamiento. A diferencia de Yorgos Papandréu, el ex primer ministro griego, que en octubre suscribió todos los papeles y, de regreso a Atenas, planteó la discordia de un referendo, Monti y Rajoy sabotearon la reunión desde adentro. Tuvieron éxito. Defendían los mejores argumentos, pero la razón que importó -y esto es, a todas luces, lamentable- fue su determinación de provocar una histórica ruptura. Primero cedió el más duro, Finlandia. Luego la canciller alemana, Angela Merkel, arrió su negativa proverbial, un pabellón que ondeó leve e invicto en mil batallas. No tuvo más alternativa que rendir la plaza a las peticiones de los revoltosos.

«No hay vencedores y perdedores», consideró necesario aclarar Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo y presidente del eurogrupo, «todos tenemos la misma meta: la estabilidad del euro». ¿Cómo justificar entonces el tendal de heridos? Der Spiegel, sin sutilezas, tituló: «Cómo Italia y España derrotaron a Merkel en la cumbre». Por fortuna fue así. Se ahorró una catástrofe de proporciones. Basta ver la reacción de los mercados para darse cuenta. Y que nadie se confunda: la suba es de alivio, no de profunda credulidad. Para salvar al euro de una innecesaria golpiza no quedó otro remedio -y en el último mes se intentaron infinidad de atajos- que doblegar a Merkel así, en la arena pública. ¿Mérito de la desesperación de Monti y de Rajoy? (¿Qué los arrinconó sino su terquedad?) ¿Obra de la mano invisible de monsieur Hollande? (La canciller pudo haber abrochado con él un pacto más conveniente, un día antes de la cumbre, pero su costumbre es ningunearlo). Merkel no tiene a nadie más para culpar que a su torpeza. Debería reflexionar: ¿cómo es que Europa y el mundo no se derriten -sino todo lo contrario- cuando se comprueba que debió soltar el timón? Y no debería ofuscarse: también ella se salvó de la catástrofe.

«Afirmamos que es imperativo romper el círculo vicioso entre bancos y emisores soberanos». Así comienza, sin rodeos, la declaración de la cumbre. Haberlo pensado tres lunes atrás, cuando se lanzó el rescate a los bancos españoles. La iniciativa estaba sobre la mesa de discusión, por lo menos, desde abril. Era «imperativa» ya después de blanquearse el agujero patrimonial de Bankia. Y constituía la respuesta eficaz para cortar de cuajo el contagio de la crisis antes de que pasara a mayores. No obstante, Alemania la vetó. «Es deprimente», diría después George Osborne, secretario del Tesoro británico. Lo que siguió fue un descalabro. Se escribió: «La situación es la peor desde que se pactó la moneda común. Nunca España e Italia estuvieron tan maniatadas y a merced de la borrasca. El sistema bancario europeo está paralizado». España e Italia movieron cielo y tierra para que se conocieran sus tormentos. De los males bancarios no hay más registro que la actividad de la ventanilla de asistencia del BCE. Mientras en mayo las refinanciaciones a siete días orillaban los 39 mil millones de euros, la última cifra requerida (por 105 entidades) fue de 180 mil millones. ¿Qué hubiera pasado hoy si además renunciaba Mario Monti e Italia debía formar un nuevo Gobierno?

¿Qué resolvió la cumbre? La posibilidad de recapitalizar de manera directa los bancos de un país. Es la solución que hubiera necesitado Irlanda para no irse a pique detrás de su banca. La que se le negó también a España, pero que, aunque se habilite formalmente a fin de año, estará en condiciones de utilizar para esquivar el ahogo de un rescate convencional. Tres semanas atrás su mera enunciación hubiera dado una vuelta de página a las turbulencias. Ahora, después de ver flamear a España, a Italia y a la banca europea, se la examinará con lupa en busca de restricciones en la letra chica. Y no se la creerá del todo hasta que se aplique. Pero, que quede claro, la unión bancaria es un paso fundamental para que no se quiebre la unión monetaria. La región se compromete a montar una supervisión bancaria unificada que le permita al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE, todavía en proceso de aprobación) realizar aportes directos de capital. Los problemas de sus bancos ya no obligarán a España a atiborrarse de deudas. Liberada de esa mochila de tamaño incierto, las cuentas públicas españolas también se quitan de encima el fantasma de la insolvencia. Por supuesto, los mercados tendrán la última palabra. Tras cerrarle las puertas al financiamiento, deberán decidir si se las reabren, en qué magnitud y bajo qué condiciones. El rescate bancario actual sigue vigente, y España no podrá acogerse a la nueva modalidad antes de fin de año. O quizás hasta bien entrado 2013. ¿Qué ocurrirá en el intervalo? La reputación de España e Italia ha sido pisoteada en estas tres semanas como nunca antes. ¿Bastará con el anuncio para recuperar una textura libre de arrugas? Es la esperanza que manifestó Monti. La experiencia indica, en cambio, que la confianza se recobra de a poco. Se sabe que los fondos europeos de rescate (el FEEF y el MEDE) no poseen la munición necesaria para financiar a los dos países por mucho tiempo. Por eso ayudaría reactivar el programa de compra de bonos públicos del BCE -y hacerlo rápido-.

Conviene recordar que Alemania seguirá siendo el patrón de la eurozona, que la crisis también estaba encerrada bajo llave en marzo (como sostuvo Mario Draghi, titular del BCE). Berlín no renegará fácilmente de la oportunidad que le ofrece. Habrá que conservar el traje de agua a mano. En la medida que Merkel piense que Europa debe reformarse a fondo, y que no lo hará si no es bajo presión, aunque haya sol, lloverá igual. Nubes sobran: las cuentas públicas de España e Italia se han salido de cauce y bastaría que Merkel lo señale para convocar el próximo aguacero.

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