Las inversiones orientadas a la expansión de la capacidad productiva de un país son esenciales si se desea aumentar la disponibilidad de bienes y servicios, aumento que es indispensable si se desean promover políticas sociales orientadas a disminuir la pobreza y eliminar la exclusión social de amplios sectores de la población. El núcleo principal de la inversiones es siempre aquel financiado por el propio ahorro interno de cada país, pero esto no excluye la conveniencia de recibir aportes externos que fortalezcan el proceso nacional de inversión. Estos aportes externos son particularmente importantes cuando implican la transferencia de nuevas tecnologías en las diversas áreas de la producción, el transporte y la comercialización.
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El año pasado no fue bueno para las inversiones extranjeras en el escenario mundial. Diversos factores han influido aumentando el clima de incertidumbre. Comencemos por señalar las medidas proteccionistas del Gobierno de Trump, que implican restricciones comerciales para así aumentar la localización de las nuevas inversiones productivas en su propio territorio, medidas que además impulsan a la adopción simétrica de medidas similares en otras naciones industrializadas. También debemos mencionar la acelerada expansión de las empresas digitales, que por su naturaleza requieren para su expansión global menos inversiones que otras tradicionales actividades extractivas o industriales. También están influyendo las medidas tomadas por China para restringir la salida de capitales dedicados a inversiones productivas en el exterior.
La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) nos informa que las inversiones extranjeras directas en la región fueron 161.000 millones de dólares en 2017, pero atención que esta cifra es la menor desde 2014, año en el cual estas inversiones habían sido 203.000 millones de dólares, es decir un 26 por ciento mayores que en 2017. Es importante destacar que el mapa de las inversiones extranjeras muestran significativas diferencias entre las naciones latinoamericanas. Si prestamos atención únicamente a los países con mayor PBI, tenemos que la inversión extranjera anual en dólares por habitante fue la siguiente en el período 2016-2017: Chile 522. Brasil 352, Colombia 289, México 261, Perú 213. El país con menor inversión externa por habitante es Argentina, con 168 dólares, es decir la tercera parte de la inversión externa en Chile.
El crecimiento económico de una nación depende de la inversión total, de la cual la externa es siempre una fracción, la mayoría de las veces pequeña. Por esta razón es preocupante observar que nuestras inversiones totales son escasas, apenas 16,7 por ciento del PBI. Con esta escasa inversión es difícil tener una actividad productiva en expansión sostenida, ya que una fracción importante se dedica a cubrir la depreciación del stock previo de capital. Son muchos los países de América Latina con mayores inversiones que nosotros, por lo que no debe sorprender que vengan creciendo desde hace ya varios años mucho mas. Citemos a Colombia (25 %), Chile y México (22 %), Bolivia, Perú y Costa Rica (20%) y Uruguay (19 %).
Las inversiones externas orientadas a los sectores productivos son favorables al crecimiento económico de un país, pero su rol en la gran mayoría de los casos es complementario, nunca sustituto del esfuerzo inversor del propio país. La clave es siempre el ritmo de acumulación del ahorro nacional que se orienta, no hacia la fuga al exterior, sino a la mayor producción de bienes y servicios en su propio territorio. Claro que si el clima de inversiones es propicio y así se atrae a mas inversores externos, mejor aún.
Si queremos aumentar las inversiones financiadas por el ahorro nacional es imperioso reducir el déficit fiscal, ya que este déficit reduce el aporte de ahorro que realiza el sector privado (familias y empresas) a las inversiones. La tarea no es fácil y la experiencia internacional indica que siempre es más exitosa si está respaldada por un sólido apoyo político.
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