Noé, una “causa nacional” en la Bienal de Venecia

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Lúcido anticipador de la idea del caos remitida al mundo contemporáneo, Luis Felipe Noé representará a la Argentina en la 53 Bienal de Venecia, con la curaduría del crítico Fabián Lebenglik, quien señaló sobre la muestra: «La pintura de Noé está notoriamente generada desde un lugar y un tiempo, que a su vez están inscriptos en su producción y producen una suerte de interdependencia espacio, tiempo, obra. Noé es a esta altura algo así como una causa nacional en el debate internacional».
La angustia, la pasión por la existencia y el ritmo de una vitalidad en permanente transformación, son rasgos distintivos de la obra de Noé (1933), quien polemiza con la historia a través de formas barrocas, gamas de color encendido, y espacios de contienda visual. El devenir vital del artista, su abandono y recuperación de la pintura como forma de expresión, su encuentro con el caos y su profundización en él mismo, son algunos momentos en su producción
Autor de libros como «Antiestética», 1965, «La sociedad colonial avanzada», 1971, «Códice rompecabezas sobre recontrapoder en cajón desastre», 1974, Noé ha reiterado «Mi tema es el caos», y proclamó siempre la insoslayable necesidad de asumirlo. Entre 1959 y 1961, Noé buscó desarmar la oposición entre lo figurativo y lo abstracto, en una síntesis superadora: entonces, fue de los elementos al todo, en su tentativa de hallar una «unidad de atmósfera».
Hacia 1962, con su tesis del «cuadro dividido» abordó la dialéctica contraria, despedazando el todo en sus elementos, rumbo a una «multiplicidad de situaciones». Pero esta segunda etapa coincide con la formación del grupo de la Nueva Figuración, que comparte con Ernesto Deira, Rómulo Macció y Jorge de la Vega. En 1963, el Museo Nacional de Bellas Artes, dirigido por Jorge Romero Brest, organizó una muestra exclusiva y consagratoria para el arte de este grupo de osados jóvenes representantes de un arte poco convencional y agresivo con las tradiciones. Noé se lanza entonces a derribar límites para alcanzar la «visión quebrada». La alcanza, pero a costa de salir fuera de la pintura. Deja por ella de pintar durante nueve años (1966 74), hasta descubrir que las tensiones que se obsesiona en describir, las puede generar por medio de la vibración de la línea, la mancha, el color y el plano.
Volvió entonces a la pintura en 1975, y desde entonces no ha hecho sino ahondar los contenidos históricos, sociales y poéticos de su obra, el amparo (literal y metafórico) de una más clara voluntad y una mayor pasión americanas. Habiéndose alejado de la pintura en 1966, nueve años después Noé era nuevamente seducido por ella, a partir de su visión de los paisajes en El Tigre.
«La Naturaleza y sus mitos» es tan histórica como «Conquista y destrucción de la Naturaleza», que se ocupa de los orígenes de la América del siglo XV y el XVI. Y son históricas, también, las series «Esto no tiene nombre»; «Todo es verdad, nada es mentira»; y «Percepciones». Porque, en definitiva, el concepto de naturaleza es sinónimo de historia. Sólo con estos ojos han de leerse las propuestas de Noé quien, según sabemos, se afinca en París en 1976, sin distanciarse por ello de una Argentina sometida entonces a la noche y la niebla, una América donde reina el despotismo.
Ese no distanciamiento se plasma en sus obras de entonces y las posteriores: la tenaz vehemencia, que es emblemática en Noé, enciende monstruos y pesadillas, mientras proclama ensoñaciones
y deslumbramientos. Es el juego entre el testimonio (o constelación) y la revelación (o magia).
Fue en Nueva York donde abandonó la pintura y, después, toda forma de arte. Y fue en París donde se abandonó a la pintura reconquistada en Buenos Aires, que prosigue en la gran ciudad luz. Si Noé decidió dejar la pintura en Nueva York, no fue por estar distanciado de Buenos Aires sino de la pintura; y si desarrolló su nueva etapa en París, fue porque la ausencia de la Argentina y de América era tan sólo nominal, física.
Más aún, en los años de París retomó algunas de sus experiencias argentinas, como es el caso de las pinturas del derecho y del revés («Novela», «La difícil comunicación») y el de los pliegues («Estructura para un paisaje», «Dentro de un paisaje»). Se trata, en las dos instancias, de proponer elaboraciones metafóricas, alusiones concretadas.
Su obra atañe a la historia, a los hechos de hoy y los de ayer, a las circunstancias del artista y a las del mundo. Ya se trate de la primera destrucción de Buenos Aires, en que sigue a Ulrico Schmidl aunque a su manera, o de las luchas internas, como en «Carajo que se rinda su abuela!» y «La batalla nos une». También es la historia la razón de los jeroglíficos hallados por Noé en las cavernas de Buenos Aires. Por empezar, no son jeroglíficos en el sentido ordinario del término, ni hay cavernas en Buenos Aires. Pero la metáfora es transparente: se trata de misterios a descifrar. El artista desentraña en estas telas seductoras y mordaces, las historias de la migración interna (Tucumán) y externa (Paraguay), el porteñismo, la reserva ecológica, el dinero y el poder, la trivialidad y el drama político (el fusilamiento de Dorrego, del que se había ocupado en 1961, en su Serie Federal).
Así, en las cavernas de Buenos Aires, Noé pasa revista a su obra, y su obra pasa revista a Noé, a sus obsesiones, sus deleites, sus sarcasmos, su conciencia social y (anti) estética, sus utopías, un universo audaz y estupendo que él ha definido como «la aventura de la permanente revelación y la revelación de la permanente aventura».

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