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Novela fantástica bien adaptada al cine
Norman Briski es el anciano afecto a correr con su silla de ruedas en «Los chicos desaparecen», sencillo e interesante film del género fantástico basado en una novela de Gabriel Báñez.
Esta película ya tenía fecha de estreno, cuando se suicidó el escritor platense Gabriel Báñez, en cuya obra se basa. Dicen que murió en su mejor momento: su nueva novela, «La cisura de Rolando», gozaba premios e invitaciones, y la primera adaptación cinematográfica de una obra suya, esta que ahora vemos, le había gustado. Un detalle: la produjo la misma escuela donde él estudió, y de la que hubiera querido egresar, la de Artes de la UNL, que abandonó en tercer año sólo por razones laborales.
Es que antes de ser periodista, editor, y autor de textos como «El capitán Tresguerras fue a la guerra», «Hacer el odio», «El curandero del cuarto oscuro» y «El circo nunca muere», Báñez, cabe recordarlo, fue taxista, pintor de brocha gorda, oficial de pastas, soldador, artesano, trabajó en viveros y granjas de pollos; cuánto tiempo hay que dedicar a otras cosas, para tener el tiempo que uno realmente quiere. Curiosamente, de eso trata, en parte, «Los chicos desaparecen»: la conquista del tiempo que uno quiere.
El relato pertenece al género fantástico, único que puede aceptar una lógica distinta, otro concepto acerca de hechos que la policía intenta esclarecer, y de algo que creemos conocer. Digamos, un fantástico platense, esto es, con la calma sospechosamente inquietante de sus árboles de tilos, y sin el empleo del menor efecto especial novedoso, que inútilmente se hubiera llevado todo el presupuesto.
La cosa es que todas las tardes, rodeado de niños, un viejo relojero en silla de ruedas baja una rampa de la plaza a gran velocidad. Él quiere ir cada vez más rápido. Pero su anhelo parece tener una extraña consecuencia secundaria, ya anunciada en el título. ¿Existe alguna relación entre las aceleraciones de una silla de ruedas y las desapariciones de criaturas con sus piernas bien sanas? ¿El relojero actúa con premeditada maldad, o es de veras inocente? ¿Acaso se los lleva a algún lado? ¿Acaso él mismo querrá huir a algún lado? ¿Pero cómo piensa lograrlo? Y si es así, ¿cómo quedarían algunas teorías que hoy damos por consabidas e inapelables?
Marcos Rodríguez, lejano egresado de aquella escuela, y hoy docente en la misma, adapta hábilmente la novela, haciendo corta y comprensible cualquier especulación teórica, y dando clima cinematográfico al misterio. Norman Briski es el viejo sospechoso con cara de inocente criatura, y Lorenzo Quinteros el inspector con ganas de jubilarse. Entre ambos, y simplemente mostrando las rodillas, Umbra Colombo provoca en el personaje otra clase de reflexiones, no demasiado teóricas.
P.S.

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