11 de diciembre 2009 - 00:00

Oro podría no ser el mejor refugio contra la inflación

Londres - ¿Que hay caos económico? ¿Que el dólar se desmorona? ¿Que los bancos centrales emiten moneda como locos? Tal vez lo único verdaderamente sorprendente sobre el gran aumento del precio del oro en los últimos meses sea que tomó tanto tiempo en llegar. La semana pasada el oro tocó un máximo histórico de u$s 1.227,50. En setiembre todavía estaba en menos de u$s 1.000. Toda una victoria para los fanáticos del oro.

Esta semana la cotización del oro estuvo en baja y cayó a menos de u$s 1.200. Esto significa, en cambio, una victoria para quienes recelan del oro, quienes acostumbran a resaltar que el valor del metal no es sino un «recuerdo sentimental» de una era remota.

En realidad, si bien los inversores tienen motivos para temer a la inflación, quizá se estén dando cuenta de que es un error considerar al oro como la mejor forma de protegerse de un aumento general de los precios. Hay bastantes alternativas: las acciones, los inmuebles, el petróleo, los artículos lujosos o los fondos de capital de riesgo deben de ser formas igual de efectivas de escudarse. No es difícil comprender por qué los inversores se interesaron nuevamente por el oro. Los bancos centrales están aumentando la masa monetaria, la cantidad de dinero en circulación. Varios centenares de años de historia económica nos dicen que a la larga esto conducirá a la inflación. Puede que sea el año entrante, o el siguiente. No importa mucho: llegará tarde o temprano, y habrá que ajustar la propia cartera antes de que suceda.

Pero ¿el oro? Que sea o no sea una cobija contra la inflación depende de dónde uno quiera empezar a trazar el gráfico. En 2002, el oro cotizaba a menos de u$s 300. De haberlo comprado entonces, sin duda habría servido como protección contra las alzas de los precios y rendido copiosos beneficios también.

Los años noventa fueron una historia distinta. El oro comenzó esa década alrededor de los u$s 400 y la terminó por debajo de u$s 300. Mala suerte. En cuanto a los años 80, olvídelo: el oro perdió casi la mitad de su valor durante esa década. En realidad, el oro ha recorrido una trayectoria dispar. Aparte de unos pocos usos industriales, y en joyería, el oro es valioso tan sólo en la medida en que otros inversores lo juzgan valioso. Por sí mismo no vale necesariamente nada. Tampoco produce intereses o dividendos.

No hay muchas probabilidades de que los bancos centrales vuelvan a hacer sus monedas convertibles en oro. Sus gobiernos quebrarían. Puede que el metal tenga un papel más importante como activo de reserva. Pero el patrón oro no se volverá a imponer. Lo cierto es que, si bien el oro quizá sirva para protegerse contra la inflación, hay muchas alternativas. Aquí, cinco de las que uno debería considerar, sobre todo en vista de que el oro ya está próximo a su mayor precio de la historia. En primer lugar, las propiedades. El precio de los inmuebles no siempre discurre exactamente paralelo con la inflación. Y quizá convenga apartarse de los mercados donde no ha habido aún mucho retroceso que se diga de los precios exagerados de 2006 y 2007. Con todo, si aumenta la demanda de terrenos y obras y la oferta se mantiene estática, los precios van a subir.

Segundo, el petróleo. Solían llamarlo el oro negro y quizá deban volver a hacerlo. De hecho, ya dejó de ser tan sólo una cosa que ponemos en nuestros automóviles y que usamos para calentar las casas, y ha llegado a ser un activo en que invertir. ¿De qué otra manera explicar el hecho de que el petróleo haya subido a más de u$s 70 por barril mientras pasamos por la peor recesión mundial en más de sesenta años? El petróleo constituye ya una incuestionable alternativa al oro. La única diferencia es que se lo puede poner en el coche de uno para ir a algún sitio, por lo que es mucho más útil que algo que sirve para poco más que rellenos dentales y chucherías que colgarse del cuello. Tercero, las acciones. Una inflación moderada y persistente de alrededor de un 3% es buena para las grandes compañías que dominan los principales mercados de valores del mundo. Pueden subir los precios lentamente junto con todos los demás. Y suelen salirse con la suya al aumentar los salarios sólo un poco menos que la inflación, con lo que reducen el costo de la mano de obra también, sobre todo porque los sindicatos son mucho menos poderosos que antes. En esas circunstancias, a los accionistas debe de irles muy bien, y sus acciones se mantendrán más que al día con las alzas de los precios.

Cuarto, los bienes lujosos y coleccionables. Cuando la inflación se dispara, sólo los activos reales conservarán su valor, todo lo demás no es sino papel, y de utilidad menguante. No hay activos más reales que el arte histórico, las antigüedades valiosas, los coches clásicos o los vinos selectos. Sus precios deben de empezar a dispararse cuando los ultrarricos comprendan que son una de las pocas maneras de proteger la riqueza. Y, vamos, si la apuesta sale mal, puede uno colgarlos en la pared, o tomárselos.

Quinto, los fondos de capital de riesgo. Esta acaso no sea obvia. Pero una firma de adquisiciones apalancadas compra empresas de renombre y luego las recarga de montones de deuda mientras retiene una pequeña porción del patrimonio. La inflación de hecho borrará toda esa deuda. ¿Y el resultado? El patrimonio restante valdrá mucho más. Claro, ninguna de estas alternativas garantiza necesariamente éxito a largo plazo. La única manera real de contener la inflación una vez que empieza es subir las tasas de interés lo bastante para crear una profunda recesión, y ahogar así el alza de los precios. Es lo que los bancos centrales hicieron en las postrimerías de los años 70 y principios de los 80, y quizá vuelvan a hacerlo en torno a 2015 o 2020. Entonces tendremos que reconsiderar la estrategia: quizá sea conveniente olvidarse de las propiedades o las acciones. Para eso, sin embargo, falta mucho. Conforme vamos entrando en las etapas tempranas de una era inflacionaria, a esos cinco tipos de activos debe de irles tan bien como al oro o mejor.

Agencia Bloomberg

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